Lo.Li.Ta

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Lolita cumple 60 años, ya lo sabéis, y por eso me apetecía escribir sobre el impacto que me causó su lectura. Todos sabemos ya de lo que va ese libro, o podemos imaginarlo si acaso no lo habéis leído. Pero no quiero ir por ahí.

Ponte en mi lugar. Ni siquiera había cumplido los 18 años y tenía todos los defectos de esa edad. Quería leerme el mundo, llenarme los ojos de vida, llegar donde no había ido nadie a mi alrededor y esa pose descreída e indolente que sólo se atempera con el tiempo. Las mismas tonterías que todo el mundo tiene en la cabeza cuando ni siquiera tiene carnet de conducir.

Y a esa edad llegó Lolita y ese tipo con aire de europeo intelectual y apátrida, loco por cazar mariposas, Vladimir Nabokov. Gracias a él aprendimos a paladear todas y cada una de las sílabas del nombre de la mujer amada. “La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes”. Lo.Li.Ta. Gracia a él también aprendimos cómo puede disfrutar un escritor retorciendo los destinos de sus personajes, enloqueciéndolos o enfretándoles a destinos en los que lo trágico y lo absurdo serían lo mismo. Leer más “Lo.Li.Ta”

Breve e insuficiente historia de los grandes libros incompletos

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Dos de las novedades literarias de las que más se está hablando ahora mismo son publicaciones póstumas de dos grandes autores. Ya sabéis cuáles: Demonios familiares, de Ana María Matute, y ¡Alabardas, alabardas! ¡Espingardas, espingardas!, de José Saramago. En el caso de Matute, la novela está casi completa, sólo faltaba resolverla. Más precario es el estado de gestación del último libro de Saramago: apenas llevaba un par de capítulos que, para editarlos, se han completado con un escrito de Roberto Saviano y dibujos de Günter Grass.

Éste no es un texto sobre los libros póstumos (podríamos hablar del nuevo poemario de Bukowski, o del ¡tercer! libro publicado tras la muerte de Carlos Fuentes), sino sobre esos libros que sus autores no llegan a concluir antes de la muerte. Para muchos la edición de este tipo de textos son innecesarias: broches tardíos a una brillante bibliografía, frivolidades con las que se quiere seguir rentabilizando la figura de un escritor, o una falta de respeto a la voluntad del difunto, incluso una traición a su tarea de escritura que ha quedado interrumpida e imperfecta sin opciones de ser corregida y concluida. Claro: como todo el mundo que se ha sentado a escribir algo de ficción, sabemos que entre lo que uno empieza a escribir y lo que acaba resultando hay un océano narrativo que se elabora y reelabora una y otra vez, hasta tal punto que nunca se está seguro de haber acabado. Por eso hay mucho de injusto en la publicación apresurada de estos textos.

En mi caso, me ocurre con las obras póstumas e incompletas que me generan muchas dudas. ¿Será el libro que de verdad quería escribir? ¿Cómo habría cambiado de estar completo? ¿Quién lo habrá adulterado para su edición? ¿En qué sacrílegos cambios habrá incurrido ahora que el autor no está presente para defender su obra?

Pero también es verdad que, sin esa voluntad de recuperar escritos incompletos que la muerte de su autor ha dejado en el aire, nos habríamos perdido muchas y grandes obras. Hablaremos de Kakfa, por supuesto, porque su caso es el más célebre, pero antes citaré otros ejemplos. Leer más “Breve e insuficiente historia de los grandes libros incompletos”

“Tuyo, Franz Kafka”. 90 años sin Kafka, I

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Voy a empezar por ese momento, un momento concreto: Franz Kafka ha muerto y su amigo y editor Max Brod lee una carta en la que el escritor checo le expresa su última voluntad:

“Queridísimo Max, mi último ruego: todo lo que se encuentre entre mis pertenencias (en las estanterías de libros, en el armario de la ropa, en el escritorio de la casa y el de la oficina, o dondequiera que haga algo que se haya podido ir a esconder, y tú lo descubras), ya sean diarios, manuscritos, cartas ajenas y propias, dibujos, etc., debe quemarse sin excepción y sin ser leído, saí como también todo lo escrito y dibujo que poseas tú o posean otros, a quienes tendrás que pedírselo en mi nombre. Las cartas que no te quieran entregar tendría por lo menos que comprometerse a quemarlas ellos mismos. Tuyo, Franza Kafka.”

Imaginad ese instante, ese preciso instante, en el que Max Brod pudo haber cumplido con la última voluntad de su amigo. Leer más ““Tuyo, Franz Kafka”. 90 años sin Kafka, I”

“Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee”, Eduardo Lago (Malpaso)

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Me gusta Nabokov y me gusta cuando una historia “empieza y termina con un libro, aunque al final, el libro es lo de menos”. Así que me acerqué a la lectura de Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, de Eduardo Lago, con el temblor de rodillas de niño de pantalón corto.

Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee es una novela nabokiana hasta el extremo. A lo largo de la peripecia de Stanley Marlowe, el escritor fantasma que debe enfrentarse a la reescritura de El original de Laura -la obra que Nabokov dejó inacaba a su muerte-, uno tiene la sensación de moverse por terrenos ya conocidos, pero vistos a través de los ojos de otro escritor. Lo que no deja de ser un salto mortal del propio autor ruso (o autor del mundo, dada su trayectoria vital).

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