La piel de Estela (relato)

Y para colmo de todo lo que teníamos que soportar en aquella casa estaba la manía, maldita manía, que le había dado a Estela por andar tocando y sobando todo desde el día en el que ella nos dice que no siente nada con las manos. Bueno, primero creía que eran sólo las manos. Pero hizo experimentos con los pies, caminando sobre la moqueta, incluso vertiendo cubitos de hielo en el suelo, y pudo comprobar que tampoco sentía nada. Una vez nos hizo a todos los hombres rascarle con la barba en el hombro y nada, no sentía nada. Este último detalle, el de la barba rascándole el hombro, pareció además disgustarle el perderlo por motivos especiales que a mí se me escapan.

Luego le dio por las paredes: las de cal, las de gotelé, las de estuco, las que estaban sin pintar y hasta las que tenían aún fresca una nueva pintura acrílica en tono cereza que dejaban una superficie muy lisa. Todos elogiábamos la suavidad del acabado y ella se enfureció como una niña a la que se priva de un caramelo. Como si la culpa fuera nuestra. No se nos puede hacer reproche alguno, porque la estuvimos ayudando en su amplia labor de almacenaje de objetos con los que buscaba algún matiz, alguna sutileza que le permitiera activar un asomo de lo que un día pudo percibir a través de su piel: el calor de otra piel, la caricia de la suave tela de una de sus blusas blancas, sus pañuelos de seda anudados al cuello en primavera o esas apetitosas berenjenas que cultivaba con esmero en el huerto bajo nuestro atento espionaje. A ciegas, Estela distinguía por el peso entre un pañuelo de seda y una enorme berenjena morada, pero su tacto era el mismo, lo que le frustraba.

Almacenamos para ella retales de colchas para que las acariciara, velcro, muselinas, piedras de escayola, pizarras, cuarzos y hasta un rugoso cascote de hormigón que se desprendió de un edificio en obras. Cuando llegó el bebé, el suave tacto de sus mofletes de melocotón pasó para ella desapercibido y tuvimos que apartarlo de su vista antes de hacerla llorar. Trabajaba la arcilla para sus jarrones con seriedad pero sin pasión, porque no sabía disfrutar de la untuosidad del barro. Tratamos de educar su piel con más objetos, con pliegues de pergaminos y páginas de periódicos del siglo XIX.

Trajimos un exclusivo cojín de plumas de ganso que, aunque mullido, sólo pudo disfrutar para reposar la cabeza. Así, se quedó dormida, y nosotros con ella. A la mañana siguiente, nos había preparado unos guantes que llegaban hasta los hombros. Eran unos guantes gruesos y toscos, que desde entonces siempre  nos obliga a llevar puestos.

Tratamos de aplacar su arrebato acariciándole con la barba en el hombro. Pero ya no funciona desde que se ha vuelto insensible.

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Una historia de mi vida (relato)

Una letra. Por algo en apariencia tan trivial como una letra mi vida desde que llegué al mundo pudo haber sido muy diferente. Pude conocer a otros niños en la guardería, o pudieron colocarme en otra clase de primaria. Los que fueron mis amigos entonces habrían sido unos desconocidos, los otros, los de la clase de enfrente. Una letra, una estúpida letra, pudo evitarme conocer a la niña de las trenzas, la hija de los militares, la que se fue de la ciudad cuando cerraron el cuartel. Qué habría sido de mí sin aquellos sentimientos. Tal vez otro profesor de Educación Física habría hecho caso de mis mentiras para escaquearme de un partido de voleibol y hoy no tendría la cicatriz bajo la barbilla de aquel intento de atrapar la pelota. Por una letra, aquella profesora de Literatura no habría sido la mía, no habría conocido a esos escritores de los que no nos hablaban los libros de texto. Me habría orientado por otro camino. Mi vocación habría ido quizá hacia las matemáticas, o hacía la ingeniería, tal vez sería biólogo o administrativo. La mesa de mi estudio estaría atiborrada de planos, no de frases garabateadas. Una mesa en otro estudio, en otra casa, quién sabe si en otra ciudad. Por una simple letra no habría empezado aquella conversación que acabó en una cita. Después de quedar en evidencia que sabía más de ortografía que de secadoras, la chica de la tienda procedió a rellenar el albarán. “Entonces – dijo ella ­–, ¿tu apellido se escribe con B o con V?”. Yo le contesté que llevaba toda mi vida explicándolo: que en mi familia todos lo escriben con B. Pero que el día que a mí mi inscribieron en el registro civil había allí un bromista que lo anotó con V. Por una letra, por una letra manuscrita, podría haber sido otro, muy diferente al que soy, y esa chica no me estaría sonriendo mientras le cuento mi historia. Hoy se la vuelvo a repetir a la funcionaria del registro cuando le pido que tenga cuidado al inscribir el apellido de nuestro primer hijo.

“Así es como la pierdes”, Junot Díaz (Mondadori)

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Como lectura para este verano uno de los libros escogidos ha sido Así es como la pierdes, del dominicano afincado en Estados Unidos Junot Díaz. Escuchar este nombre me traía a la memoria la refrescante y positiva impresión que aún guardaba de La maravillosa vida breve de Óscar Wao, con la que en 2008 ganó el premio Pulitzer. La combinación friki y nerd con la narración caribeña llevada hasta los Estados Unidos era en ese libro un cóctel explosivo.

Con este precedente, uno se aventura en este volumen de relatos por los caminos que abrió en la novela precedene Junot Díaz: personajes desubicados, aprisionados entre dos mundos y dos culturas, que cargan sobre ellos el peso de la historia de un país mientras tratan de sobrevivir en otro, pero cuya descripción no está exenta de humor y ternura.

Fusiona la narración desbocada que llega desde el calor y la pasión caribeña con el castellano y el inglés, en algo que es más elaborado que reducir ese recurso al uso del “spanglish“: el dominicano ha creado un estilo, una voz propia sólida, segura de los pasos que da, reconocible y muy sugerente. Así es como la pierdes se lee rápido y fácil porque no se lee: se escucha. El lector le pone voz -y sobre todo acento- al narrador de cada historia.

El libro está compuesto por nueve relatos, aunque bien podríamos creer que estamos ante la lectura de una novela fraccionado: son narraciones casi episódicas que forman parte de un relato más grande que los integra a todos. Ese relato habla de hombres, de mujeres y de sus tormentosas relaciones muchas veces frustradas por ellos mismos o por sus infidelidades.

Sin embargo, no se queda ahí. No es una única idea la que sobrevuela el libro. Los relatos de Junot Díaz hablan del peso del recuerdo, y no desde el punto de vista del desengaño amoroso y cómo nos puede condicionar para siempre o por un tiempo. No es el peso de la mujer perdida lo único que extrañan sus personajes -sobre todo el casi omnipresente Yunior-, sino también el recuerdo de los padres, de las madres, de los hermanos e incluso de los hijos. No en vano, también en La maravillosa vida breve de Óscar Wao aparece esa idea de lo que en esa novela llama “fukú”: una enfermedad o maldición heredada, que se pasa generación tras generación.

“Después del terremoto”, Haruki Murakami. (Ed. Tusquets)

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Reconozco que, después de haber informado sobre los terremotos de Lorca de 2011, me llamaba la atención las posibilidades de llevar a la ficción, en un libro, las consecuencias de una catástrofe así. Por eso me acerqué a este libro. “Después del terremoto” está conformado por seis relatos escritos por Haruki Murakami tras el que asoló la ciudad de Kobe en el año 1995.

Pero no es un libro sobre el terremoto, ni sobre sus víctimas. La catástrofe es el ruido de fondo que escuchan a lo lejos los personajes que retrata y que se enfrentan a sus particulares terremotos, íntimos, pequeños, sin más trascendencia aparente. Sin embargo, son sacudidas igual de devastadoras y por esas grietas es por donde mejor se abren camino los escritos de Murakami.

Por lo demás, el terreno sacudido por el terremoto es el que ya conocemos de otros libros de Murakami: personajes insatisfechos por la amargura que les acompaña, sexualidad incompleta, y un misticismo amplio en las interpretaciones de sus finales abiertos.