Breve e insuficiente historia de los grandes libros incompletos

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Dos de las novedades literarias de las que más se está hablando ahora mismo son publicaciones póstumas de dos grandes autores. Ya sabéis cuáles: Demonios familiares, de Ana María Matute, y ¡Alabardas, alabardas! ¡Espingardas, espingardas!, de José Saramago. En el caso de Matute, la novela está casi completa, sólo faltaba resolverla. Más precario es el estado de gestación del último libro de Saramago: apenas llevaba un par de capítulos que, para editarlos, se han completado con un escrito de Roberto Saviano y dibujos de Günter Grass.

Éste no es un texto sobre los libros póstumos (podríamos hablar del nuevo poemario de Bukowski, o del ¡tercer! libro publicado tras la muerte de Carlos Fuentes), sino sobre esos libros que sus autores no llegan a concluir antes de la muerte. Para muchos la edición de este tipo de textos son innecesarias: broches tardíos a una brillante bibliografía, frivolidades con las que se quiere seguir rentabilizando la figura de un escritor, o una falta de respeto a la voluntad del difunto, incluso una traición a su tarea de escritura que ha quedado interrumpida e imperfecta sin opciones de ser corregida y concluida. Claro: como todo el mundo que se ha sentado a escribir algo de ficción, sabemos que entre lo que uno empieza a escribir y lo que acaba resultando hay un océano narrativo que se elabora y reelabora una y otra vez, hasta tal punto que nunca se está seguro de haber acabado. Por eso hay mucho de injusto en la publicación apresurada de estos textos.

En mi caso, me ocurre con las obras póstumas e incompletas que me generan muchas dudas. ¿Será el libro que de verdad quería escribir? ¿Cómo habría cambiado de estar completo? ¿Quién lo habrá adulterado para su edición? ¿En qué sacrílegos cambios habrá incurrido ahora que el autor no está presente para defender su obra?

Pero también es verdad que, sin esa voluntad de recuperar escritos incompletos que la muerte de su autor ha dejado en el aire, nos habríamos perdido muchas y grandes obras. Hablaremos de Kakfa, por supuesto, porque su caso es el más célebre, pero antes citaré otros ejemplos. Leer más “Breve e insuficiente historia de los grandes libros incompletos”

Philip Marlowe y Benjamin Black: los viejos detectives nunca se jubilan

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El día en el que leí que John Banville/Benjamin Black iba a ser el encargado de “resucitar” a Philip Marlowe, sentí algo parecido al placer que despierta el gorgoteo de una buena botella de vino mientras se vierte sobre la copa. No sólo por el éxito que uno espera del libro, sino además por ese juego de identidades y autores que tanto gustan a los escritores y que está detrás de esta historia: Benjamin Black es la identidad creada por Banville y bajo la cual ha publicado varios libros de novela negra protagonizados por el doctor Quirke. Ahora, tras esa identidad supuesta, un escritor de prestigio asume la tarea de recrear el personaje creado hace décadas por Raymond Chandler

La rubia de ojos negros es el título de esa novela en la Marlowe vuelve a patearse las calles de Bay City. Este detective, ya icónico dentro del género y por el que tengo que reconocer que siento una predilección que ya ha quedado de manifiesto en este blog, no es el único que ha disfrutado de una “segunda vida” a través de otro autor. Es curioso que este tipo de “secuelas” se dan mucho en el género policíaco, aunque no es el único caso ni el más célebre. Hablemos de algunos de ellos. Leer más “Philip Marlowe y Benjamin Black: los viejos detectives nunca se jubilan”

Pasiones literarias (el amor y las letras, II)

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Al otro lado del charco, en los Estados Unidos, entre sus figuras más representativas de la literatura, también hay algunas relaciones o romances dignos de mención.

Así es el caso de Francis Scott y Zelda Fitzgerald. Corrían los años 20, los Años del Jazz, los años de las fiestas locas en los que una generación de jóvenes estaban dispuestos a comerse el mundo. Los años, sí, de El gran Gatsby. Esta pareja lo tenía todo para ser feliz: eran jóvenes, eran apuestos, tenían talento y encanto. Hasta Hollywood puso sus ojos en ellos para que ambos interpretaran a Amory y Rosalind en la adaptación cinematográfica de A este lado del paraíso, la novela con la que Scott había regresado de la I Guerra Mundial bajo el brazo y vestido con aquel traje que conquistó a Zelda desde la primera vez que se vieron en Montgomery, Alabama. Ella, por su parte, se convierte pronto en la imagen más representativa de una chica flapper: pelo corto, vestidos por encima de la rodilla, cigarrillos, baile… Leer más “Pasiones literarias (el amor y las letras, II)”

Raymond Chandler, su mejor libro y el que nunca escribió

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Fue el 27 de noviembre de 1953 y se cumplen 60 años: se publicaba El largo adiós, de Raymond Chandler. Esta novela está considerada la mejor de uno de los genios de la novela negra y en ella Philip Marlowe se convierte en una imagen icónica del antihéroe actual de las novelas de detectives. Pero, ¿en realidad el propio Raymond Chandler lo consideraba su mejor libro? No, en realidad no. Para Chandler, el mejor libro era el que nunca escribió a su mujer, Cissy.

Lo que hizo grande a Marlowe fue que, bajo su apariencia de tipo duro, había en él cierto sentimentalismo. Algo de eso había en su creador. Este maestro del género policíaco, de los retratos de bajos fondos, maleantes y mujeres peligrosas, escribió lo que desde mi punto de vista es uno de los lamentos de amor más hermosos. No fue en uno de sus libros, ni en uno de sus relatos publicados en revistas. Fue en una carta escrita a Leonard Rusell, director de The Sunday Times, a los pocos meses del fallecimiento de su esposa:

“He recibido mucha simpatía y amabilidad y muchas cartas, pero la suya es algo único en tanto habla de la belleza que se pierde antes de consolarme con la vida comparativamente inútil que sigue. Ella fue todo lo que usted dice y más. Fue el latido de mi corazón durante treinta años. Fue la música oída apenas en el borde del sonido. Mi gran pesar, ahora inútil, es no haber escrito nada realmente digno de su atención, ningún libro que pudiera dedicarle. Lo planeé. Lo pensé, pero nunca lo escribí. Quizá no podría haberlo escrito.”

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Esta carta se incluye en una delicia de libro publicado en 2004, El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Es una compilación de su correspondencia, interesante, indiscreta y en la que sus corresponsales son los destinatarios de sus reflexiones sobre el proceso creativo de sus novelas. Ninguna de las novelas que Chandler escribió fueron fáciles. De todas ellas se adivina un proceso de creación lento y trabajoso.

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Cuando publicó El largo adiós, Chandler tenía 65 años y, lejos de ser una excepción en su tumultuoso alumbramiento, es tal vez la más dolorosa de todas. Al tiempo que concluía su escritura, su esposa Cissy agonizaba. Él dormía en un sofá en la habitación de al lado para cuidar de ella y luchaba contra sus problemas de alcoholismo. Cissy murió un año después de la publicación y Chandler acabaría lamentando no haber escrito nada que realmente le gustara a la mujer que trató de aportar algo de equilibrio en su vida. Siempre me lo imaginé pensando en ella a solas en su casa de La Jolla, en California. Playback es su última novela (aún dejó otra inconclusa a su muerte), la que escribió tras El largo adiós. En ella, desliza párrafos me traen a la cabeza esa imagen:

“I put the drink down on the side table without touching it. Alcohol was no cure for this. Nothing was any cure for this but the hard inner heart that asked for nothing from no one.”

chandlerreburiedPero este “largo adiós” que comenzó con la muerte de Cissy Pascal en 1954 llegaría a su fin en 2011, cuando se cumplió con su última voluntad y sus cenizas -hasta entonces separadas de las de Chandler, fallecido en 1959- fueron trasladadas a la tumba de su marido. El acto se celebró el 14 de febrero, San Valentín.

A comienzos de 2013, un diario local de La Jolla informaba sobre la venta de la casa por 6 millones de dólares. Tal vez el fantasma de Raymond Chandler siga en ella, recordando a Cissy y el libro que siempre quiso escribirle.