El libro no desaparecerá

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Seguiremos teniendo libros. El libro, como objeto, no desaparecerá. El cine ha pasado del celuloide al digital. La música, del vinilo al CD y ahora al MP3, MP4 y los que vendrán. A la televisión y la radio, las ondas se les han quedado pequeñas, y saltan a Internet, a la pantalla móvil, igual que ha hecho la prensa… Pero los libros… Siguen siendo hermosos por sí mismos y tienen dos cosas que les ayudarán a sobrevivir pase el tiempo que pase, avance lo que avance la Sociedad de la Información, o como quiera llamarse. En primer lugar, un componente humano y, después, un elemento tecnológico. Así siempre lo he visto yo, y esta mañana me ha sorprendido leer lo mismo en palabras (más certeras, más precisas, mejor explicado) de Eric Hobsbawn, en su libro Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX.

“El que ha sido tradicionalmente el principal medio de difusión de la literatura, el libro impreso, se mantendrá en su puesto sin graves dificultades, salvando sólo algunas excepciones como las grandes obras de referencia, los vocabularios, los diccionarios, etc.; en suma, los niños mimados de internet.”

En cuanto a lo humano:

“A la hora de leer, no hay nada más práctico y fácil que el pequeño libro de bolsillo, portátil y de impresión clara, inventado por Aldo Manucio en la Venecia del siglo XVI; mucho más fácil y práctico que la impresión de un ordenador, que a su vez es de lectura incomparablemente más cómoda que un texto que parpadea en la pantalla. (…) De hecho, ni tan siquiera el dispositivo de libros digitales se publicita apelando a una legibilidad superior, sino a que tiene mayor capacidad de almacenaje y nos evita pasar páginas.”

Y sobre el elemento tecnológico:

“El papel impreso es, hasta la fecha, más duradero que los medios tecnológicos más avanzados. La primera edición de Las desventuras del joven Werther todavía se puede leer hoy, pero no sucede necesariamente lo mismo con los textos informáticos de hace treinta años, ya sea porque –igual que las fotocopias y películas viejas– tienen una vida limitada o porque la tecnología queda atrasada con tanta celeridad que los últimos ordenadores no pueden, sencillamente, seguir leyendo aquel formato.”

Así que:

“El progreso triunfal de los ordenadores no acabará con el libro, igual que no lo consiguieron el cine, la radio, la televisión y otras innovaciones tecnológicas.”

No me cabe duda. El libro no desaparecerá.

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No habléis de libros

Nunca deberíamos recomendar la lectura de ningún libro. Sé que estas palabras suenan raras en alguien que se propone escribir un blog sobre libros y escritores. Pero tengo mis motivos y matices.

Nadie debería decir nunca “te recomiendo este título” o “lee a tal o cual autor”, y quedarse tan tranquilo. Es decir, no deberíamos hacerlo de forma inconsciente o superficial. Un libro puede cambiarnos la vida, transformarla, sacudirla. Puede suponer una conmoción desconocida a pesar de que lo recomendemos con la más ligera de las intenciones, sin transcendencia ni pretensión alguna. Tenemos que ser conscientes de la carga que esto supone.

Recomendar un libro debería convertirnos en responsables de lo que puede traer consigo. Por lo que no bastaría con dar un consejo, unas palabras, sino que tendríamos que acompañarlo regalando también el libro, como gesto de que asumimos y compartimos la carga. Una forma de decir “seré yo el responsable de lo que pase dentro de ti mientras lo lees”.

De la misma forma, también está el miedo. Pensad en eso. El miedo que se despierta en los que regalan un libro como parte de su vida, un libro que ha sido importante para ellos. Temen la decepción, a secas, por el hecho de que ese libro que les marcó no cause impresión alguna en nuestro destinatario.

Luego, en el fondo, toda esa responsabilidad y ese miedo a la decepción se acaba superando. Siempre acabamos hablando de libros.