Libros que te dan la vida

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“Existe amor cuando pierdes la capacidad de hablar, cuando ni siquiera puedes respirar”

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Eso nos ha pasado a todos, a veces. Encadenas unos cuantos libros mediocres, o malos (para qué andarse por rodeos), lecturas que incluso llegan a acabar con el hábito y el gusto.

Pero hay que apartarse de la mesa de novedades de las librerías, desoir los cantos de sirena de los más comentados, los más valorados, los más leídos, los más prometedores…

Y así, acabas cumpliendo aquella promesa que le hiciste a un escritor muerto, y buscas su libros maltratados por el tiempo en los estantes de una biblioteca pública. Y de repente todo vuelve a tener sentido cuando te deja sin respiración, cuando te hace contener el aliento. Un buen libro te da la vida.

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“Ninguno de ellos podía saber, ninguno podía visualizar Ciudad de México y aquel primer año increíble, conduciendo hasta la costa para pasar el fin de semana cruzando Cuernavaca, ella con las piernas desnudas al sol, y los brazos, la sensación de mareo y sumisión que experimentaba con ella, como ante una foto prohibida, ante una subyugante obra de arte. Dos años en México ajenos al naufragio, él fortalecido por la devoción que ella le inspiraba. Aún podía ver su cuello inclinado hacia delante y la curva de su nuca. Aún  podía ver las finas trazas de hueso que recorrían su tersa espalda como perlas. Aún podía verse a sí mismo, el que era antes”.

La última noche, James Salter

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Todo es un largo día

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“No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños… hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Porque cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como tirar piedras al mar. Hemos tenido hijos, pensó; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mensurados, jamás sabremos lo ques derrochar nuestra vida…”

Años luz, James Salter, 1975 (Ed. Salamandra, 2013)

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Hay libros que son así. Tan así. Tan parecidos a ver una puesta de sol. Te quedas ahí, sin hacer nada, mirando. Sabes que no va a pasar nada fuera de lo normal, nada que no hayas visto antes, nada que no vuelva a ocurrir. Pero, al mismo tiempo, tienes la sensación de que es algo hermoso, único e intenso.

No había leído nada de James Salter. Como suele ocurrir, llegamos tarde a este tipo de autores, casi siempre después de su muerte. Seguiré saldando mi cuenta pendiente.