Breve e insuficiente historia de los grandes libros incompletos

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Dos de las novedades literarias de las que más se está hablando ahora mismo son publicaciones póstumas de dos grandes autores. Ya sabéis cuáles: Demonios familiares, de Ana María Matute, y ¡Alabardas, alabardas! ¡Espingardas, espingardas!, de José Saramago. En el caso de Matute, la novela está casi completa, sólo faltaba resolverla. Más precario es el estado de gestación del último libro de Saramago: apenas llevaba un par de capítulos que, para editarlos, se han completado con un escrito de Roberto Saviano y dibujos de Günter Grass.

Éste no es un texto sobre los libros póstumos (podríamos hablar del nuevo poemario de Bukowski, o del ¡tercer! libro publicado tras la muerte de Carlos Fuentes), sino sobre esos libros que sus autores no llegan a concluir antes de la muerte. Para muchos la edición de este tipo de textos son innecesarias: broches tardíos a una brillante bibliografía, frivolidades con las que se quiere seguir rentabilizando la figura de un escritor, o una falta de respeto a la voluntad del difunto, incluso una traición a su tarea de escritura que ha quedado interrumpida e imperfecta sin opciones de ser corregida y concluida. Claro: como todo el mundo que se ha sentado a escribir algo de ficción, sabemos que entre lo que uno empieza a escribir y lo que acaba resultando hay un océano narrativo que se elabora y reelabora una y otra vez, hasta tal punto que nunca se está seguro de haber acabado. Por eso hay mucho de injusto en la publicación apresurada de estos textos.

En mi caso, me ocurre con las obras póstumas e incompletas que me generan muchas dudas. ¿Será el libro que de verdad quería escribir? ¿Cómo habría cambiado de estar completo? ¿Quién lo habrá adulterado para su edición? ¿En qué sacrílegos cambios habrá incurrido ahora que el autor no está presente para defender su obra?

Pero también es verdad que, sin esa voluntad de recuperar escritos incompletos que la muerte de su autor ha dejado en el aire, nos habríamos perdido muchas y grandes obras. Hablaremos de Kakfa, por supuesto, porque su caso es el más célebre, pero antes citaré otros ejemplos. Leer más “Breve e insuficiente historia de los grandes libros incompletos”

Leer en caso de ébola: no nos convirtamos en rinocerontes

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Desde que el hidalgo manchego amigo de Cervantes enloqueciera por la lectura compulsiva de historias de caballería el efecto infeccioso que tienen los libros quedó de manifiesto. Que se lo digan si no a Madame Bovary. Los males de la lectura se contagian, su alcance es vírico.

Pero hoy, a cuenta de la crisis provocada por el ébola todo lo que está sucediendo alrededor de este tema, me ha traído a la mente otras lecturas. Leer más “Leer en caso de ébola: no nos convirtamos en rinocerontes”

Albert Camus. En el principio, era el hombre

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Me siento, por fin, al cabo del día, a teclear unas apresuradas palabras sobre el centenario de Albert Camus, un escritor que admiro por hacer como eje central de su trabajo intelectual y artístico la lucha por la libertad del hombre y la búsqueda de la justicia (si es que acaso una cosa no lleva a lo otro) frente a los totalitarismos y las imposiciones ideológicas. Premio Nobel, Periodista, novelista, dramaturgo, ensayista… Un autor total que me atrapó con la lectura de libros como La peste, El extranjero o La caída. Aunque sus dos libros de cabecera para mí son Crónicas (1944-1953) y El primer hombre.

En el primero de ellos, está el intelectual comprometido, el periodista de la resistencia cuyos artículos nos remontan a las calurosas noches del verano del 44 en las que “París hace fuego con todas sus balas en las noches de agosto”. Se apuran los combates de la II Guerra Mundial pero el joven Camus sabe que en esa lucha se juega algo más que el resultado de una batalla:

“Conocemos muy bien este combate, estamos demasiado metidos en él con la carne y el corazón para no aceptar, sin amargura, esa terrible condición. Mas asimismo conocemos muy bien su envite, y su verdad, para rechazar el destino con el que debemos cargar nosotros solos”.

En sus crónicas y artículos traza un retrato del mundo que se abre para la sociedad francesa y europea al acabar esa sangría, y que contrasta con El primer hombre, el manuscrito rescatado tras su prematura muerte y en el que ficciona sus orígenes y los de sus padres, tratando de abrirse camino siempre fieles a sus pautas de dignidad en la Argelia francesa:

“Oh, sí, era así, la vida de aquel niño había sido así, la vida había sido así en la isla pobre del barrio, unida por la pura necesidad, en medio de una familia inválida e ignorante, con su sangre joven y fragorosa, un apetito de vida devorador, una inteligencia arisca y ávida, y siempre un delirio jubiloso cortado por las bruscas frenadas que le inflingía un mundo desconocido, dejándolo desconcerado pero rápidamente repuesto, tratando de comprender, de saber, de asimilar ese mundo que no conocía, y asimilándolo, sí, porque lo abordaba ávidamente, sint ratar de escurrirse en él, con buena voluntad pero sin bajeza y sin perder jamás una certeza tranquila, una seguridad, sí, puesto que era la seguridad de que conseguiría todo lo que quería y que nada, jamás, de este mundo y sólo de este mundo, le sería imposible, preparándose (y preparado también por la desnudez de su infancia) a encontrar su lugar en todas partes, orque no deseaba ningún lugar, sino sólo la alegría, los seres libres, la fuerza y todo lo que de bueno, de misterioso tiene la vida, y que no se compra ni se comprará jamás”.

Antes del intelectual, el novelista, el ensayista, ése era el primer hombre: el hombre libre, el hombre bueno, el niño que recordó a su madre y su maestro el día en el que le dieron el Premio Nobel… Antes de nada, antes de todo, era la humildad y sencillez de su origen la que pudo hacer posible su forma de entender la libertad, la justicia y la dignidad.