Por impulso

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¿Habéis entrado alguna vez en una librería y sentido la necesidad de comprar un libro, cualquier libro, empujados por una fuerza interior a la que no se puede dar nombre, un presentimiento, un impulso?

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Conrad, Greene, Le Carré… ¿y luego?

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Nunca he ocultado mi recelo hacia los e-books, pero ahora que me han regalado uno, tenía que estrenarlo con clase. Así que lo hice con una versión en inglés de Lord Jim, de Joseph Conrad. Es uno de esos libros y de esos narradores a los que uno vuelve cada cierto tiempo, como el que recurre a la compañía de viejos amigos. “Cuando tratamos de comprender la necesidad íntima de otro hombre, nos damos cuenta de cuán incomprensibles, cambiantes y brumosos son los seres que comparten con nosotros la visión de las estrellas y la calidez del sol”, escribe Joseph Conrad.

El nombre de este escritor ¿polaco? naturalizado inglés suele ir muchas veces asociado al de otros autores como Robert Louis Stevenson, Mark Twain o Jack London. Que sus obras transcurran en países lejanos o exóticos, a bordo de barcos o lanchas que remontan ríos por el corazón de África, nos lleva al error de creer que es un escritor “de aventuras”.

Pero, lo que en Stevenson es escapismo, en Joseph Conrad es todo un proceso de interiorización, en el que el personaje principal de sus historias se enfrenta a sus decisiones, al honor y las consecuencias morales de adoptarlas y llevarlas a término. Lo de menos es la resolución de la trama, sino cómo su Marlow, su Jim, su Nostromo o su Almayer se asoman a los abismos de su propia conciencia, a sus miedos íntimos y sus redenciones particulares. Y lo hacen en solos. A cada página de sus libros nos lo recuerda: “Es como si la soledad fuera una condición absoluta e insuperable de la existencia”.

No adelanto nada nuevo si admito a Graham Green como el heredero de esa vuelta de tuerca de la literatura de Joseph Conrad. Nuestro hombre en La Habana, El poder y la gloria, El tercer hombre o El factor humano son la evolución lógica del camino que abrió Conrad. En ellos también hay un salto: no son ajenos al tiempo en el que vive Graham Greene, tiempo de convulsiones y bloques fríos, de cambios en el tablero mundial y desbarajustes ideológicos. Es por esto por lo que las decisiones a las que me refería anteriormente en el caso de Conrad adquieren no sólo un compromiso con el honor del personaje: ahora tienen una responsabilidad, unas consecuencias que asumir, en un mundo de equilibrios delicados. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, al Pyle de El americano impasible.

El tecer salto lo dio John Le Carré. El espía que surgió del frío, El Topo, La chica del tambor o La Casa Rusia recogen el testigo de esta línea de escritores, casi hasta el día de hoy. Tanto que, a mi entender, siempre me ha parecido que El sastre de Panamá era una reelaboración de Nuestro hombre en La Habana. También como Greene, el exhuberante paisaje de Conrad deja paso a espacios más claustrofóbicos, anónimos y hasta rudimentriamente grises.

Sin embargo, aunque sus libros pensados para venderse al gran público siguen siendo mejor que cualquier patraña templarios y sociedades secretas, la fórmula parece agotada. En ello, coincido con lo que escribía Antonio Muñoz Molina en “El País” a finales de 2011: “Al cabo de los años empezamos a aburrirnos de una prosa que se volvía más espesa sin ganar en hondura y de unas tramas que adquirían la agotadora prolijidad de los best sellers de conspiraciones internacionales, con la añadidura de un mensaje político demasiado machacón como para no ser también burdo”. Como a muchos espías del juego de alianzas de la Guerra Fría, a Le Carré tampoco parece haberle sentado bien esta sociedad tan global y desenfocada.

Y de ahí mi preocupación. Porque, ¿quién vendrá después? No quiero hablar de “saga”, porque me resulta facilón, pero, ¿quién será el sucesor de estos tres genios que se han introducido como nadie en algunos de los rincones más recónditos del comportamiento humano? A día de hoy no he oído hablar de nadie que sea capaz de ello. Por eso, cada cierto tiempo, vuelvo a seguir la pista de Tuan Jim, de puerto en puerto; imagino La Habana de aquel triste vendedor de aspiradoras metido a espía; o me dejo embaucar por la presencia siempre inquietante del agente Smiley.

“Democracia”, de Pablo Gutiérrez. Ed. Seix Barral.

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Democracia, de Pablo Gutiérrez (Seix Barral) se publicó en 2012, pero va a ser uno de los libros de 2013 y, con toda seguridad, de 2014 (ya veremos en 2015). De igual forma, podría haber sido el libro del año en 2011, en 2010, 2009 o 2008, momento en el que revienta la burbuja económico-financiera de la que parte su narración. Porque Democracia será el manual perfecto para entender dentro de unos años las otras consecuencias de la crisis y que no son ni económicas sociales: la repercusión humana, la individual, la íntima, la doméstica, la crisis poética y la creativa.

“El mundo de Marco revienta como en una novela de ciencia ficción”. Eso es lo que le ocurre al protagonista, pero no es una novela de ciencia ficción, sino la historia real de miles de personas que se quedan en la calle sin trabajo un buen día. “Lehman Brothers se desplomó delante de las narices del mundo atónito el mismo día que Marco fue despedido”. Leer más ““Democracia”, de Pablo Gutiérrez. Ed. Seix Barral.”

Están matando a Holden Caulfield

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Sí, están matando a Holden Caulfield. Al mismo Holden Caulfield que desde la adolescencia es el amigo invisible de más de uno de nosotros. Aquel que se negaba a explicar de dónde venía, cómo se conocieron sus padres “y demás puñetas al estilo Dickens”, el que no quería que nadie contara nada porque “en el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”.

El  Holden Caulfield que soñaba con dedicarse nada más que a ser el guardián entre el centeno o que se preguntaba en voz alta “¿te has hartado alguna vez de todo?”. En ese momento, en el que uno tiene la impresión de que se dirige a él mismo, único y secreto lector, al decir eso. Ahí se queda el primer regusto dulce de la huida. “Tengo un amigo en el Grenwich Village que nos dejaría un coche un par de semanas (…) Mañana por la mañana podríamos ir a Massachusetts, y a Vermont, y a todos esos sitios de por ahí”.

Lo encontré en un cajón de libros de saldo en una gran superficie, ¡a un euro! y (abusando de las frases hechas y vacías que tanto aborrecía Holden) “pasé de la sorpresa inicial a la indignación inmediata”. Ésa expresión tan socorrida, pero al mismo tiempo cierta en este caso.

Porque una cosa es encontrar un libro usado a un precio asequible en una librería de lance, desvalido, huérfano, con ánimo de seguir dando vida a sus páginas. Y otra es rescatarlo en un centro comercial, entre las ofertas de refrescos y aperitivos, sepultado en un montón de libros a granel, firmados por escritores mediocres, guías y manuales idiotas o publicaciones costeadas por ayuntamientos y diputaciones provinciales hace años. Títulos que forman ese subgénero editorial que es a los libros lo que los poblados chavolistas a las grandes ciudades.

Y allí, a un euro, en el hipermercado, estaba “El guardian entre el centeno”. No deja de tener, al mismo tiempo, mucho triste coincidencia. De su autor, el hosco y huidizo J. D. Salinger, apenas conservamos como una de sus pocas fotografías la que le robaron a la salida de un supermercado, asomándose iracundo por la venta del vehículo que lo espiaba.jd_salinger

Como si el sistema siguiera empeñado en encerrar al indomable Holden Caulfield. El mismo que dijo: “Voy a empezar a leer libros buenos. De verdad”.

(PS: como muchos personajes de ficción, Holden Caulfield también está en Twitter, en @HoldenCenteno. Dudo mucho que el verdadero Holden gastara su tiempo en las redes sociales, pero recomiendo no perderle la pista por esta vía).

No habléis de libros

Nunca deberíamos recomendar la lectura de ningún libro. Sé que estas palabras suenan raras en alguien que se propone escribir un blog sobre libros y escritores. Pero tengo mis motivos y matices.

Nadie debería decir nunca “te recomiendo este título” o “lee a tal o cual autor”, y quedarse tan tranquilo. Es decir, no deberíamos hacerlo de forma inconsciente o superficial. Un libro puede cambiarnos la vida, transformarla, sacudirla. Puede suponer una conmoción desconocida a pesar de que lo recomendemos con la más ligera de las intenciones, sin transcendencia ni pretensión alguna. Tenemos que ser conscientes de la carga que esto supone.

Recomendar un libro debería convertirnos en responsables de lo que puede traer consigo. Por lo que no bastaría con dar un consejo, unas palabras, sino que tendríamos que acompañarlo regalando también el libro, como gesto de que asumimos y compartimos la carga. Una forma de decir “seré yo el responsable de lo que pase dentro de ti mientras lo lees”.

De la misma forma, también está el miedo. Pensad en eso. El miedo que se despierta en los que regalan un libro como parte de su vida, un libro que ha sido importante para ellos. Temen la decepción, a secas, por el hecho de que ese libro que les marcó no cause impresión alguna en nuestro destinatario.

Luego, en el fondo, toda esa responsabilidad y ese miedo a la decepción se acaba superando. Siempre acabamos hablando de libros.