Libros llenos de vidas y destinos

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“Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustias por los que viven, también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el cielo de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan la respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano ya no es forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria ni la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les depara el futuro -la fama por su trabajo o soledad, la miseria y la desesperación, la muerte y la ejecución-, ellos vivirían como seres humanos y morirían como seres humanos, y lo mismo para aquellos que ya han muerto; y sólo en eso consiste la victoria y amarga eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo”.

Hoy me apetecía compartir un fragmento de esta monumental novela de Vasili Grossman, Vida y destino (me han hablado muy bien de El libro negro, también, y lo tengo anotado en la tarea de “pendientes”).

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De pequeño quería ser Jim Hawkins

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Descubro que hoy 2 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro Infantil. Tiro de memoria y me vienen a la mente títulos como Fray Perico y su Borrico, El Pirata Garrapata, Aniceto Vencecanguelos, Sopaboba o las aventuras de un tal  Borja que leí en EGB. Son de esas lecturas que por primera vez me acercaban al placer de pasar las páginas, de fijarme en las ilustraciones, sumergirme en unos personajes imaginados… Pero reconozco que si hubo un primer viaje literario fue el de La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson en una edición bastante especial. Hace unos años, de hecho, escribí algo sobre aquella primera lectura.

“Cuando el abuelo todavía conducía camiones, de vez en cuando traía cosas al niño. Una vez le trajo el primer libro que tuvo de La isla del tesoro. Se trataba de una edición enorme, de letra enorme, dibujos vistosos y papel de mala calidad. Era una de esas ediciones para jóvenes, que habría comprado en la tienda de alguna gasolinera, en la que sin duda paró a repostar durante su último viaje.

El libro en sí no era diferente del resto de ediciones juveniles, pero incluía una última parte que fascinó al niño y que lo fascinaría para el resto de su imaginación. Al final de todo, después de dejar al loro cantando la de los quince de hombres sobre la caja del muerto, al volver la página, el niño se encontró con un color diferente, con un marrón ajado, envejecido. Se abría ante él un espacio considerable repleto de ilustraciones de barcos, monedas, estandartes, mapas ya no sólo de la isla que daba nombre al título, sino también de la Isla de la Tortuga, célebre refugio de piratas. Además de la Hispaniola, había dibujos de otros barcos, majestuosos y bellos, sobre los que se aportaban diferentes precisiones: el número de cañones, el calibre de estos, la tripulación, la velocidad a la que sus velas le permitían navegar.

El simple hecho de pronunciar los nombres escritos con la misma tipografía que las anotaciones manuales de los mapas de la época, el paladear las letras de alguno de estos barcos en sus labios era una sensación idéntica la de paladear el salitre del mar, que salpica en la cara cuando el barco corta las olas con el viento a favor. Allá a lo lejos, el niño ya divisaba la isla a la que se dirigía, en la que encontrarías cofres repletos de monedas como las dibujadas en las páginas marrones, pesos, doblones, con las mismas enseñas y la misma fecha y lugar de acuñación. Imaginaba también su bandera, tan parecida a las que veía, entre asustado y fascinado, huesos sobre calaveras, esqueletos completos, más y más huesos en diferentes posiciones, que advertían desde muy lejos de las intenciones de la tripulación, caimanes, espadas cruzadas, cofres con doblones de oro, cuernos de la abundancia… Era infinita la combinación que se podía realizar con los mismos y diferentes elementos.

Además, todo se completaba con pequeñas ilustraciones de nudos marineros, de elementos náuticos, de tipos de velas, explicadas con un vocabulario desconocido que le maravillaba y contenía cierta dosis de exotismo, característico de la profesión marina. Todos estos nombres los olvidaría y nunca más lo iba a recordar, como si aquella parte de su infancia hubiera desaparecido. De aquellas páginas marrones que le fascinaron no recuerda ni nombres, ni representaciones más o menos exactas. Tan sólo el regusto del salitre que sentía y esa sensación de que por unos momentos, mientras pasaba aquellas hojas entre sus dedos, su barco zarpaba.”

Hay que desayunar bien

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“Nací en un planeta, no en un país. Sí, claro, también nací en un país, en una ciudad, en una comunidad, en una familia, en una maternidad, en una cama… Pero lo único importante, para mí y para todos los seres humanos, es el hecho de haber venido al mundo. ¡Al mundo! Nacer es venir al mundo, y no en tal o cual país, ni en tal o cual casa”

Los desorientados, Amin Maalouf.

“Después del terremoto”, Haruki Murakami. (Ed. Tusquets)

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Reconozco que, después de haber informado sobre los terremotos de Lorca de 2011, me llamaba la atención las posibilidades de llevar a la ficción, en un libro, las consecuencias de una catástrofe así. Por eso me acerqué a este libro. “Después del terremoto” está conformado por seis relatos escritos por Haruki Murakami tras el que asoló la ciudad de Kobe en el año 1995.

Pero no es un libro sobre el terremoto, ni sobre sus víctimas. La catástrofe es el ruido de fondo que escuchan a lo lejos los personajes que retrata y que se enfrentan a sus particulares terremotos, íntimos, pequeños, sin más trascendencia aparente. Sin embargo, son sacudidas igual de devastadoras y por esas grietas es por donde mejor se abren camino los escritos de Murakami.

Por lo demás, el terreno sacudido por el terremoto es el que ya conocemos de otros libros de Murakami: personajes insatisfechos por la amargura que les acompaña, sexualidad incompleta, y un misticismo amplio en las interpretaciones de sus finales abiertos.

La noche frente al día, y al revés

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Escribir de noche o escribir de día. Una dura elección.

Dejar que llegue la hora intempestiva, una vez que acabe el día, y encender la luz sobre el escritorio cuando la oscuridad afina las sensaciones y los sentidos. Poner algo de música (elegir entre Miles Davis o Chet Baker, recuperar a Art Blakey y sus mensajeros del jazz, o cualquiera de los discos de cabecera) y perder la noción del tiempo, despreciar la esterilidad creativa del sueño, en ese tramo de la noche en el que unos duermen y otros golfean, sintiéndose que el simple hecho de estar ahí ya forma parte de ser escritor. Aunque sea uno de los malos.

O esperar a que llegue el día y salir de la cama rumiando las frases que nos han hecho madrugar. Subir la persiana, que la luz se derrame sobre el escritorio, sobre los folios garabateados, los cuadernos, los libros… Que haya junto a todo eso una taza de café y que sea la música la sinfonía doméstica del patio de luces, con las vecinas tendiendo la ropa y ventilando las habitaciones, las radios encendidas desde el primer piso hasta el ático, la calma de esas horas que van desde que los niños salen al colegio hasta que vuelven.

Difícil elección, sí.

Y todo esto para decir que el otro día terminé de escribir un relato. Hacía casi siete años que no lo conseguía y espero que haya merecido la pena.

La página marcada

¿Vosotros sois más de subrayar los libros o de marcar las páginas doblando una esquina? Confieso que unas veces subrayo y otras dejo la esquina doblada. Al cabo del tiempo, incluso de los años, abro el libro y me pregunto qué fue lo que atrajo de la frase o el pasaje marcado.

Porque, aunque dejamos la marca para no olvidar, cambiamos y somos otras personas. Son rastros que llegan hasta el presente como mensajes que dejó para nosotros uno que ya fuimos, una huella que dejamos para otro que seremos en el futuro. “los que fui los que soy los que seré / siempre soy varios en parejos rumbos”, subrayé en la manoseada antología de Mario Benedetti. Sí, también se puede subrayar un libro de poemas.

Algunos de esos pasajes me devuelven al momento de la lectura, al sentimiento que despertó.  Costó llegar, sin ir más lejos, hasta la lectura de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, que aguardó paciente tres intentos de lectura, hasta que finalmente me conquistó, dejando para encuentros posteriores reflexiones como ésta: “Tenía deseos de escribir; de llegar, por medio de la escritura y de las disciplinas que impone, a las conclusiones que pudieran derivarse de lo visto”.

También hay frases y pasajes que se graban tan fuerte que nos empujan a anotarlas a mano sobre cuartillas y guardarlas en el interior de ese libro. Al cabo de los años, la cuartilla se desprende al pasar las páginas, como en los cuentos de Cortázar: “Me dolía un poco no estar del todo en el juego, mirar a esa gente desde fuera, a lo entomólogo. Qué le iba a hacer, es una cosa que ocurre siempre en la vida, y casi he llegado a aprovechar esa aptitud para no comprometerme en nada”.

De igual forma, esos pasajes que nos aguardan lo hacen como una cápsulas del tiempo que estallan con efecto retardado con un sentido que entonces no entendimos. Los artículos de Camus recopilados sobre los últimos días de la ocupación nazi de París me llevó hasta sus Crónicas. A día de hoy, con un sistema político, económico, social e ideológico desmoronándose, algunos de los subrayados en tiempos benévolos consiguen poner el dedo en una llaga aún abierta: “Y cuando los hombres de nuestra generación se estremecían con las injusticias, se les convencía de que ya se les pasaría. Y así, paso a paso, la moral de la molicie y el desengaño se fue propagando”.

Pero la lectura a veces nos deja una huella tan honda que no necesita de marcas ni de subrayados. Somos capaces de localizar el punto exacto en el que dar con ellas. “Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza”, encuentro siempre a la primera en el último párrafo de Retrato del artista adolescente, de James Joyce.

Noches en blanco, madrugadas de insomnio, siestas de verano, viajes en tren, estación de Atocha, salas de espera, áreas de descanso, Feria del libro… “Y de este modo llegué a vivir y a tratar más realmente con estos sueños o estas sombras que con aquello que la realidad auténtica me ofrecía”, encuentro subrayado en un libro de Herman Hesse hace años.

Todo lo que subrayamos y marcamos se convierte en una verdadera “carta de navegación” de nuestra vida escrita en nuestras lecturas. Y así, como en otro subrayado en The Great Gatsby, “we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past”.

“Intemperie”, de Jesús Carrasco (Ed. Seix Barral)

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“Él había ejercido la violencia tal y como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror. Él había levantado la espada en lugar de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables”.

Intemperie, Jesús Carrasco, Ed. Seix Barral, 2013.

Descarnada y cruel como el paisaje que describe, de personajes parcos en palabras y un narrador que apura su lenguaje con precisión: un gran libro.