Sobre escribir y pelear y vivir y escribir y pelear y vivir y…

“Me encaminaba hacia un descubrimiento amargo, hacia el día en que miraría a mi alrededor y sabría que había malgastado la mayor parte de mi vida de escritor escribiendo para otros. Por primera vez comprendí que en realidad sólo hay dos tipos de historias en el mundo: las que los demás quieren que cuentes y las que quieres contar tú. Y nadie va a dejarte así, sin más, contar las segundas. Tú tienes que pelear para ganarte ese privilegio, ese derecho.

(…)

Del mismo modo que en realidad nadie quiere que boxees, nadie quiere que escribas. Nadie quiere que hagas nada, pero si has de hacerlo, es mejor que te prepares para la pelea. Y la pelea no termina nunca.”

Del prólogo a El campeón ha vuelto, de J.R. Moehringer (Duomo Nefelibata, 2016)

*

En El campeón ha vuelto (Duomo), de J.R. Moehringer, es casi tan valioso por el prólogo como el reportaje que da título al libro. Ambos textos encierran, sin pretender aleccionar de nada, una enseñanza que puede parecer la misma pero que no lo es. Si el reportaje sobre Bob Satterfield escrito por Moehringer parece decirnos que hay que pelear, aunque no siempre se gane, el prólogo se articula a la inversa y el autor nos dice que no siempre se gana, pero hay que seguir peleando. Leer más “Sobre escribir y pelear y vivir y escribir y pelear y vivir y…”

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Todos juntos, tan bonitos, tan…

– En realidad no es septiembre, doctor. No es el final de las vacaciones, ni que se acabe el verano, ni siquiera volver al trabajo.

– ¿Entonces?

– Es la rentrée. Son las librerías. Los expositores de libros.

– ¿Los expositores de libros?

– Sí, los expositores de libros.

– Siga.

– Me detengo ante ellos, mis ojos se clavan en las portadas, en los lomos, en los nombres juguetones de novelas. Tan interesantes, tan… En los ensayos, los libros de actualidad, las biografías… Los toco con las puntas de los dedos, los hojeo, leo algún párrafo suelto. La primera frase, el índice. Se me eriza la piel. Todos juntos, tan bonitos, tan… Leer más “Todos juntos, tan bonitos, tan…”

La música del invierno

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“–¿Cómo es tu música?

Miré hacia el cielo, hacia esa masa ininterrumpida de nubes bajas que arrojaban grabados grises de lluvia sobre los negros campos y sobre los tallos de color canela, ahora blanqueados, que todavía quedaban en los maizales.

– No lo sé – contesté –. Como el invierno, quizá.”

Canciones de amor a quemarropa, Nickolas Butler (2014, Libros del Asteroide).

 

Supongo que este libro me ha gustado un poco más de lo normal porque ya estoy en ésa edad.

 

Padres e hijos

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He terminado de escribir un relato cortito y -así lo pretendía- con cierta profundidad.

Más allá de eso, no fue hasta después de acabado cuando me di cuenta de un detalle.

Era la primera vez en mi vida en la que escribía una conversación entre un padre y un hijo.

Y además desde el punto de vista del padre.

No es que quiera despertar grandes expectativas sobre ese relato, en realidad es poquita cosa.

Pero eso que nunca había hecho, sobre lo que no había escrito, ahora me parecía inevitable.

Creo que significa algo, no sé muy bien qué, pero algo importante.

Por qué seguir escribiendo, según Joan Didion

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En el último post dedicado a la lectura de El libro tachado, de Patricio Pron, hablaba de lo interesante que me había parecido como lector pero el duro golpe que de nuevo había recibido como aspirante a escritor, o algo así. ¿De qué sirve seguir escribiendo con todo lo que ya se escribe, con todo lo que se edita y con la cantidad de títulos que anualmente resultan vacíos y tienen tan poco que aportar?

La respuesta la encontré repasando un texto de Joan Didion, escrito en 1976, “Why I Write”. Leer más “Por qué seguir escribiendo, según Joan Didion”

Eliodoro Puche (1885 – 1964). El hombre que pudo ser Max Estrella

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Todos los pueblos tienen un poeta local. Por desgracia, los poetas locales no atraen al turismo con su afán lucrativo y, así, acaban sufriendo un lento proceso generacional de olvido y desconocimiento que los lleva a desaparecer. No todo puede ser Soria con Machado, Granada con García Lorca, u Orihuela con Miguel Hernández. Pero no es lo mismo un poeta local que un poeta de pueblo, y por eso hoy voy a hablar del mío, de mi pueblo, Lorca, para recordar a su poeta local, Eliodoro Puche, sin hache, de cuya muerte hoy se cumplen cincuenta años.

Vivió los años de la vanguardia de comienzos de siglos. Vivió la bohemia madrileña rodeado de aquellos personajes malditos que paseaban por los páginas de Valle Inclán. Vivió el sueño republicano y su descalabro. Vivió la cárcel y la represión de la dictadura. Y vivió después, casi olvidado, mudo, sepultado por el tiempo. Ése fue Eliodoro Puche, sin hache. El hombre que pudo ser Max Estrella. Leer más “Eliodoro Puche (1885 – 1964). El hombre que pudo ser Max Estrella”

Otra mancha de vino (relato)

Imagina el problema: la mancha de vino en el mantel que a Begoña le había bordado su madre. La forma redonda de la base de la copa marcada con toda claridad. El color, rojo vino, claro. Y la mirada de Begoña clavada en Agustín.

– Lo siento – se disculpó él.

Pero Begoña y yo sabíamos que no lo sentía, que en realidad le daba igual.

Elena, encantadora como siempre, trató de reconducir la conversación hacia otro punto lejano de aquel suceso. Con su simpatía trataba de apaciguar el estruendo de Agustín, sus risotadas, sus carcajadas con la boca abierta y llena de comida. La cena de las dos parejas era una buena idea, le sugerí yo a Begoña, para animar a su hermana y conocer a su nuevo chico. Elena, tan hermosa, tan capacitada, aún soltera a su edad. Que no tenía suerte con los hombres, se decía de ella en su familia, por lo bajo y cuando no estaba delante. Agustín podría ser un ejemplo de a qué se referían: chabacano, presuntuoso, hablando sin parar de vinos como si supiera algo del tema.

– A ver si te gusta éste tan especial que tenemos aquí reservado – le dijo Begoña sirviéndole de una de aquellas botellas.

Agustín se relamió, Elena se agarró a su brazo, acaramelada, y la cena continuó. Se extendió con pesadumbre en un tiempo que a Begoña y a mí se nos congelaba con cada comentario fuera de lugar o chiste estúpido que nuestro presunto cuñado nos regalaba, entre sorbo y sorbo de vino, poniéndose casi del mismo color que la mancha sobre el mantel. Aquel ánimo se le apagó a medida que degustaba el solomillo del segundo plato. Es más, se quedó callado. Su rostro se volvió blanquecino.

– Cariño, la verdad es que no me encuentro nada bien – le explicó Agustín a Elena.

Y aún sin esperar al postre, tuvieron que irse, esta vez con Agustín sosteniéndose del brazo de Elena, un tanto abochornada.

– ¿Era necesario que lo envenenaras a éste también? – le pregunté a Begoña, una vez ya solos.

– Parece que no sabía tanto de vino – me contestó –. Pero aún le quedan un par de horas.

– Algún día tendrás que dejar de hacerlo – insistí, meneando la cabeza mientras la veía recoger la mesa, aún con los platos y las copas, y aquella mancha de color vino sobre el mantel.