“Democracia”, de Pablo Gutiérrez. Ed. Seix Barral.

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Democracia, de Pablo Gutiérrez (Seix Barral) se publicó en 2012, pero va a ser uno de los libros de 2013 y, con toda seguridad, de 2014 (ya veremos en 2015). De igual forma, podría haber sido el libro del año en 2011, en 2010, 2009 o 2008, momento en el que revienta la burbuja económico-financiera de la que parte su narración. Porque Democracia será el manual perfecto para entender dentro de unos años las otras consecuencias de la crisis y que no son ni económicas sociales: la repercusión humana, la individual, la íntima, la doméstica, la crisis poética y la creativa.

“El mundo de Marco revienta como en una novela de ciencia ficción”. Eso es lo que le ocurre al protagonista, pero no es una novela de ciencia ficción, sino la historia real de miles de personas que se quedan en la calle sin trabajo un buen día. “Lehman Brothers se desplomó delante de las narices del mundo atónito el mismo día que Marco fue despedido”. Leer más ““Democracia”, de Pablo Gutiérrez. Ed. Seix Barral.”

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Están matando a Holden Caulfield

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Sí, están matando a Holden Caulfield. Al mismo Holden Caulfield que desde la adolescencia es el amigo invisible de más de uno de nosotros. Aquel que se negaba a explicar de dónde venía, cómo se conocieron sus padres “y demás puñetas al estilo Dickens”, el que no quería que nadie contara nada porque “en el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo”.

El  Holden Caulfield que soñaba con dedicarse nada más que a ser el guardián entre el centeno o que se preguntaba en voz alta “¿te has hartado alguna vez de todo?”. En ese momento, en el que uno tiene la impresión de que se dirige a él mismo, único y secreto lector, al decir eso. Ahí se queda el primer regusto dulce de la huida. “Tengo un amigo en el Grenwich Village que nos dejaría un coche un par de semanas (…) Mañana por la mañana podríamos ir a Massachusetts, y a Vermont, y a todos esos sitios de por ahí”.

Lo encontré en un cajón de libros de saldo en una gran superficie, ¡a un euro! y (abusando de las frases hechas y vacías que tanto aborrecía Holden) “pasé de la sorpresa inicial a la indignación inmediata”. Ésa expresión tan socorrida, pero al mismo tiempo cierta en este caso.

Porque una cosa es encontrar un libro usado a un precio asequible en una librería de lance, desvalido, huérfano, con ánimo de seguir dando vida a sus páginas. Y otra es rescatarlo en un centro comercial, entre las ofertas de refrescos y aperitivos, sepultado en un montón de libros a granel, firmados por escritores mediocres, guías y manuales idiotas o publicaciones costeadas por ayuntamientos y diputaciones provinciales hace años. Títulos que forman ese subgénero editorial que es a los libros lo que los poblados chavolistas a las grandes ciudades.

Y allí, a un euro, en el hipermercado, estaba “El guardian entre el centeno”. No deja de tener, al mismo tiempo, mucho triste coincidencia. De su autor, el hosco y huidizo J. D. Salinger, apenas conservamos como una de sus pocas fotografías la que le robaron a la salida de un supermercado, asomándose iracundo por la venta del vehículo que lo espiaba.jd_salinger

Como si el sistema siguiera empeñado en encerrar al indomable Holden Caulfield. El mismo que dijo: “Voy a empezar a leer libros buenos. De verdad”.

(PS: como muchos personajes de ficción, Holden Caulfield también está en Twitter, en @HoldenCenteno. Dudo mucho que el verdadero Holden gastara su tiempo en las redes sociales, pero recomiendo no perderle la pista por esta vía).

No habléis de libros

Nunca deberíamos recomendar la lectura de ningún libro. Sé que estas palabras suenan raras en alguien que se propone escribir un blog sobre libros y escritores. Pero tengo mis motivos y matices.

Nadie debería decir nunca “te recomiendo este título” o “lee a tal o cual autor”, y quedarse tan tranquilo. Es decir, no deberíamos hacerlo de forma inconsciente o superficial. Un libro puede cambiarnos la vida, transformarla, sacudirla. Puede suponer una conmoción desconocida a pesar de que lo recomendemos con la más ligera de las intenciones, sin transcendencia ni pretensión alguna. Tenemos que ser conscientes de la carga que esto supone.

Recomendar un libro debería convertirnos en responsables de lo que puede traer consigo. Por lo que no bastaría con dar un consejo, unas palabras, sino que tendríamos que acompañarlo regalando también el libro, como gesto de que asumimos y compartimos la carga. Una forma de decir “seré yo el responsable de lo que pase dentro de ti mientras lo lees”.

De la misma forma, también está el miedo. Pensad en eso. El miedo que se despierta en los que regalan un libro como parte de su vida, un libro que ha sido importante para ellos. Temen la decepción, a secas, por el hecho de que ese libro que les marcó no cause impresión alguna en nuestro destinatario.

Luego, en el fondo, toda esa responsabilidad y ese miedo a la decepción se acaba superando. Siempre acabamos hablando de libros.