Volver y no irse nunca

Cómplice, fraude, genio. Llega a España el último libro de Gay Talese, El motel del voyeur, en el que cuenta la historia de Gerald Foos, un tipo que compró un motel para espiar a sus clientes, siendo testigo de todo tipo de prácticas y perversiones. Y el libro, del que se dicen cosas muy buenas, no está exento de polémica. Los hechos, 1: hay quien sitúa a Talese con este reportaje en los límites de la ética periodística al conocer el secreto de Gerald Foos y callarlo durante años hasta contarlo ahora, silenciando sucesos que éste le contó como el presunto asesinato de una chica. Talese, cómplice. Los hechos, 2: una investigación de The Washington Post, sin embargo, cuestionó la veracidad de esa historia que Foos cuenta al periodista (la del homicidio). Esto, sumado a otra serie de inexactitudes e imprecisiones con fechas y acontecimientos, llevó al propio Talese a renegar en un principio de su libro y a corregir y modificar algunos pasajes. El periodista con el prestigio esculpido en mármol a base de trabajos antológicos veía su trabajo tambalearse. O es cómplice, o es un fraude. Los hechos, 3: a pesar de todo esto, hay un gran grupo de lectores y periodistas para los que Talese sigue siendo el puto amo. Con eso les basta. Lo cual no deja de ser inquietante también.

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Carvalho vive. Antes que cualquier otra ciudad, antes incluso que la mía propia, descubrí los bajos fondos de Londres con Sherlock Holmes y Barcelona con Andreu Martín y Manuel Vázquez-Montalbán. Los Mares del Sur me impactó de tal forma que, con dieciseis años, acabé escribiendo una novela negra sin saber que lo estaba haciendo. Carlos Zanon, el relevo generacional natural en la novela negra barcelonesa, tiene ahora la responsabilidad de volver a darle vida al detective Pepe Carvalho, el cínico personaje de Vázquez-Montalbán. En La Vanguardia analizan algunas de las claves del regreso.

Los detectives vivientes. No es la primera vez en la que un personaje de ficción sobrevive a la muerte de su creador. Es algo habitual, sobre todo, en sagas de novela policíaca de éxito. El último y más sonado ejemplo ha sido el de Benjamin Black, que retomó al personaje de Philip Marlowe de Raymond Chandler, asunto del que ya nos ocupamos en este blog hace un tiempo.

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Volver a Comala. Empezamos con los aniversarios, conmemoraciones, centenarios y demás que vendrán en 2017. En El Mundo, Raúl Rivero escribre de la polémica entre la familia de Juan Rulfo y las autoridades de Sayula, en el estado de Jalisco. Allí, el alcalde quiere crear una una “ruta turística cultural” por los espacios del autor de Pedro Páramo y El llano en llamas, algo que no convence a sus herederos: “Una de las pocas ventajas que deben tener los escritores que no pueden asistir a su centenario es la de no tener que ver la categoría de homenajes que le preparan. Rulfo estaría espantado de verse como figura central de una ruta turística por muchas veces que le pongan detrás la palabra cultural”, escribe Rivero.

USA. NYC. 1947. US writer, Carson McCULLERS.

Why do the always compare her to me? Así se quejaba Carson McCullers cada vez que algún crítico la comparaba con Harper Lee. Una queja a la que Suzanne Vega ha puesto música en un disco completo que ha dedicado a la escritora norteamericana. No sería necesario buscar una excusa para leerla, pero también en 2017 se cumple un siglo de su nacimiento y medio de su muerte y se avecina una reedición de sus principales títulos. Para escuchar, este audio del programa ‘Hoy empieza todo’ de Radio 3 dedicado a Carson McCullers y al disco de Suzanne Vega.

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“El dolor y la tristeza son algo espantosamente singular”, James Rhodes, Instrumental. A estas alturas de la película, poco puedo aportar sobre este libro y sobre su autor: Rhodes cuenta las secuelas psicológicas que le dejaron los abusos sexuales de los que fue víctima en su infancia. Habla de sus adicciones y sus intentos de suicidio, de cómo acabó internado en diferentes centros psiquiátricos. Pero, sobre todo, habla de cómo el amor por la música, su hijo y su pareja acabó salvándole la vida.  Convertido en un personaje muy mediático, el pianista británico está ayudando a dar visibilidad a las personas que sufrieron abusos sexuales  y, también, desempeña una gran labor divulgativa sobre la música clásica. Su libro está lleno de episodios oscuros en los que, al final, acaba alumbrando un rayo luminoso, un espíritu creativo sobre el que escribó en 2013 tomando como inicio una frase de Bukowski: “Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate”. Lo incluyo en este post porque tengo su lectura reciente y porque inicia en 2017 su gira en España en Murcia. Unid en el mismo titular “Jhames Rhodes” y “Murcia” y tendréis una noticia capaz de reventar el hype.

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Primeras opiniones sobre mi última novela, ‘Cállate, Schrödinger’ (ficción)

Como ya sabéis, desde hace algunas semanas se puede encontrar mi última novela, Cállate, Schrödinger, en librerías y también en plataformas digitales como Amazon. Estoy contento, en líneas generales la acogida ha sido buena. Sin embargo, hay algunas opiniones que me tienen desconcertado. Por ejemplo, mi abuela me comentó que ella creía que el momento clave que nadie había podido entender era el pasaje en el que Doña Constanza, la anciana casada con el empresario venezolano, era arrojada con su silla de ruedas por las escaleras por la loca de su sobrina, Carlota, un niñita mimada. Sin embargo, uno de mis compañeros de piso, lejos de hablarme de este suceso, confesaba –regodeándose en ello sin el más mínimo pudor– que su parte favorita era en la que el protagonista se lo montaba de forma apasionada con la amiguita de Carlota, que, en palabras de mi compañero, es de esas capaces de enseñarte en una sola noche más de lo que has aprendido en toda tu vida. Mi otro compañero de piso le quitó la palabra de la boca para trazar un pensamiento según el cual lo que había visto en la historia era un fiel retrato de las condiciones infrahumanas en las que muchas personas han de buscarse la vida para llegar a fin de mes, lo que le llevaba a la conclusión de que, por lo tanto, la existencia de un Dios omnipresente era incierta y con toda probabilidad improbable, repartiéndose este poder entre los políticos y los medios de comunicación. Una vieja conocida mía, de esos años locos del instituto, joven, señalada y prometedora actriz de compañías de teatro de segundo orden, me llamó para decirme que creía que la “fuerza dramática” que derrochan algunos personajes es tremenda, humana y enternecedora, destacando sobre todo el papel de Emilio, ese hombre abandonado por su mujer y que comienza a rehacer su vida con un nuevo trabajo en una gasolinera. Una profesora de literatura que en la universidad me dijo con toda sinceridad que estaba muy bien. Muy muy bien, y que siguiera así. Mi padre me devolvió el libro sin saber qué decir, teniendo en cuenta que hasta ese momento no había considerado que yo fuera capaz de hablar de drogas y depravación moral con tanto detalle, como si él también creyera que la mitad de las cosas que pasan en la novela me han sucedido a mí antes. De haber tenido a un célebre escritor como amigo, le habría preguntado su opinión, pero como todavía no tengo a figuras de la literatura actual entre los miembros de mi agenda, no pude preguntarles. Interesantes son también las opiniones de dos booktubers que sostienen, cada uno por su cuenta, interpretaciones sobre los universos paralelos y las referencias bíblicas en la escena de la sacristía y el capellán. El barbero que hay debajo de mi casa y donde suelo cortarme el pelo se vio reflejado en el personaje del barbero que aparece en mi libro y que es clave para entender de donde salió la navaja de afeitar con la que degollaron a Mr. Brown, que fue encontrado muerto en su estudio de ambientación británica. Un amigo de la infancia, con quien jugué durante muchos años al fútbol, dijo que el personaje del niño, adoptado por la familia de doña Constanza, tenía las mismas ocurrencias que teníamos nosotros de pequeños. Por ejemplo, lo del perro ahorcado. Una de mis primeras ex novias escribió un Whatsapp después de mucho tiempo para preguntarme si el deseo que sentían casi todos los protagonistas por la ex mujer de Emilio (emoticono carita sonriente) era un mensaje que yo lanzaba en una botella (emoticono carita sonriente con guiño) para decirle que todavía la quería y que la añoraba (emoticono carita sonriente con besito corazón). En cambio, a mi novia no le gustó para nada la novela. Se enfadó mucho por el simple hecho de que veía en la infidelidad de Julián con aquella extraña pelirroja de acento americano ­–y de la que nunca supo su nombre tras una fogosa noche de amor­– un reflejo de otra supuesta infidelidad mía, porque es de las que cree que las historias de los libros son las historias de los propios escritores. Así que esa noche tuve que dormir en el sofá.

En cuanto a mí, en fin, ya no sé ni lo que escribí y a esta hora aún no sé si acudiré a recoger el Premio Nobel o no.

¿Puedo ayudarle en algo?

Volvió a la tienda una semana después. Lo vio entrar con una actitud muy diferente. Su timidez se había transformado en incomodidad. A menudo se encontraba con ese tipo de clientes que, una vez allí, se mueven sin saber cómo comportarse. A éste aún lo recordaba. Era alto y fibroso, de brazos y piernas largas, una figura amplia que se movía, sin embargo, como un pajarillo que da sus primeros aleteos. Le resultó entrañable. Hombres así le traían a la memoria la frase que oyó en el curso de formación que recibió al obtener el puesto: “No vendemos lencería. Ni siquiera vendemos amor, no seáis cursis. Vendemos fantasías”, dijo la instructora.

– ¿Puedo ayudarle en algo? – le preguntó la primera vez que lo vio. Leer más “¿Puedo ayudarle en algo?”

A cara de perro (relato)

Recuerdo que aquella mañana no se habló de otra cosa en colegio que no fuera el perro ahorcado. Colgaba rígido de uno de los olivos que crecían en el descampado más allá de la verja del patio. Lo veíamos desde nuestra clase: veintidós cabezas de críos con las veintidós narices aplastadas contra el cristal, empañado por el aliento de nuestras bocas lanzando exclamaciones de asombro, preguntándonos quién podía haberle hecho eso al perro. Uno de nosotros, el primero, había señalado en la dirección del cadáver animal al subir la persiana aquel lunes. Después, la profesora tuvo que bajarla de nuevo como único remedio para sofocar el revuelo levantado. Aunque era demasiado tarde: entre los niños había quedado el murmullo, el susurro y la curiosidad. Nos temblaban las rodillas y tamborileábamos con el lápiz sobre la mesa, segundo a segundo, mientras avanzaba el reloj sobre la pizarra para llegar a la hora del recreo. Los cuatro de la pandilla –Francis, Ramón, Sebas y yo– nos mirábamos con la sensación de compartir ese hormigueo en el estómago que nada tenía que ver con las ganas de disfrutar de nuestro almuerzo. Luego las prisas, las carreras por los pasillos. Nos arremolinamos junto a la verja, agarrados a los barrotes y las caras encajadas entre ellos, dejando que por un día los balones de fútbol y las porterías descascarilladas languidecieran con nuestra falta de atención.

Las cuatro patas del galgo, inertes, señalaban al suelo y pendía de la cuerda mohosa como uno de aquellos peleles que hacíamos para la Noche de San Juan. Por mucho que intentara disuadirnos el profesor de guardia, por mucho que nos animara a no prestar atención al perro suspendido del árbol (los dos, perro y árbol, ennegrecidos y en los huesos) había un magnetismo singular para nosotros en ese viejo galgo sarnoso que habíamos visto rondar por allí las últimas semanas.

­– ¿Y se va a quedar mucho tiempo ahí? – preguntó Francis.

– Hasta que se lo coman los gusanos – le respondió Sebas.

– ¿Gusanos? ¿Qué estás diciendo?

– Que sí, que se lo comen los gusanos – intervino Ramón –. Con el calor le nacen bichos que se lo comen por dentro.

– ¿Y cuánto tardarán en comérselo?

– Creo que pocos días. Es como la comida cuando la dejas fuera del frigorífico.

– ¿Quién lo ha hecho? – siguió Francis.

– ¿Y qué más da? Es un perro, una mierda de perro… – acabó Sebas de forma abrupta con aquella conversación.

Soltó un escupitajo que fue más allá de la verja, trazó un arco casi perfecto y aterrizó sobre la arcilla del descampado, donde su saliva se fue secando hasta desaparecer como si nunca hubiera estado allí. Ése era Sebas, nuestro Sebas. Sebastián Luís Torregrosa.

Recuerdo aquella mañana, sí. Esa imagen me acompañó mucho tiempo, después de dejar el colegio y cuando la pandilla se había diluido y Sebas y yo dejamos de hablarnos. Pero tampoco olvidaré la cara que me puso él, cuando le hablé de eso el día que nos volvimos a encontrar tras años. Tendríais que haberlo visto ahora, con su traje y su coche oficial, con su cartera de secretario de Estado y aplazando en su agenda la entrevista que le había pedido un viejo amigo ahora convertido en periodista. Sí, teníais que haberlo escuchado: tan seguro de sí mismo, tan autosuficiente, con su rostro de mitin multitudinario, con la inflexión perfecta en cada una de las frases que registró mi grabadora… Y lo pálido que se quedó después, al recordarle el episodio del perro ahorcado.

– Claro que reconocí la cuerda – le dije –. Nunca olvidé su aspereza cerrando mis muñecas. ¿Recuerdas tú cómo te gustaba atarme con ella?

De vuelta en la calle, las paredes y muros me devolvían el gesto triunfador de Sebas, sonriendo en cada uno de los carteles de la inminente campaña electoral.

Leer en caso de ébola: no nos convirtamos en rinocerontes

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Desde que el hidalgo manchego amigo de Cervantes enloqueciera por la lectura compulsiva de historias de caballería el efecto infeccioso que tienen los libros quedó de manifiesto. Que se lo digan si no a Madame Bovary. Los males de la lectura se contagian, su alcance es vírico.

Pero hoy, a cuenta de la crisis provocada por el ébola todo lo que está sucediendo alrededor de este tema, me ha traído a la mente otras lecturas. Leer más “Leer en caso de ébola: no nos convirtamos en rinocerontes”

Casa tomada (por obras), relato

Todo era como en ese cuento. Ya sabéis, el de Cortázar. Primero llegaron los albañiles, y nos quedamos sin cocina ni baño.

“Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo”.

Después llegó el carpintero. Tardó poco en hacer lo suyo y hubo un resquicio para ser optimistas. Pero fue sólo un espejismo: el electricista puso la casa patas arriba.

“Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos”.

Luego, hubo que desmontar todos los muebles, camas, armarios, sofás: llegó la hora de pulir los suelos. El rumano que lo hace ha empezado hoy.

“Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras”.

Esta noche duermo sobre un colchón en el suelo, arrinconado junto a otros muebles, apilados de forma desordenada, en el salón. Mañana llegan los pintores.

“-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? – le pregunté inútilmente.
– No, nada.
Estábamos con lo puesto”.

(PD: Incluso he tenido que acudir a la biblioteca municipal para sacar estos fragmentos de Cortázar. No me atreví a aventurarme en el mar de pilas de cajas y paquetes en el que yo tengo el mío guardado junto a los demás mientras acaba la obra).

Volantazo (relato)

Su coche. Mi coche. Los dos coches. El claxon de su coche entrando por el parabrisas roto del mío. Mi cara de susto. Su frente ensangrentada, el miedo en sus ojos. Mi boca abierta que ya ha dejado de gritarle. Mis manos me duelen. Me sudan las palmas, sudor frío escurriendo por el volante salpicado de cristalitos. Sólo unas décimas de segundo antes yo le llamaba “pisahuevos” y él me señalaba con el dedo, apuntándome con el dedo. Ha sido como de repente. El dedo que me señala. Nadie me señala con el dedo. Y nos hemos quedado mirándonos, con el gesto enrabietado, echando mierda por la boca, salpicando de saliva un parabrisas que ahora ha desaparecido. Y entonces el crash. El sonido del metal aplastándose, casi al tiempo que nuestras bocas se quedaban abiertas para proferir el último insulto. La vocecilla de una radio sigue dando las noticias. No sé si en su coche. No sé si en el mío. Su cara de ogro no es tan diferente de la mía. Y pienso en cómo me reía de Araceli cuando me daba uno de aquellos ataques de ira al volante. Ella decía que era el Doctor Jeckyll y Mr. Hyde. Me viene a la cabeza mientras se me desinfla el Mr. Hyde y veo al otro, al imbécil que me señalaba con el dedo. Ahora se mira el dedo rasguñado, atónito. Sus ojos, como seguramente hacían los míos, saltan incrédulos por el salpicadero, por la guantera, por el asiento del copiloto. En el silencio estúpido y sin insultos, escuchamos el llanto que sale de algún lugar concreto entre los dos coche convertidos en un solo amasijo de hierro. Y entonces lo recuerdo: su coche, mi coche, el cruce y el niño de la bicicleta que desapareció cuando el otro y yo nos miramos. Así que cierro los ojos y mis manos aprietan el volante, tratando de dar un giro que ya nunca podré completar.