«En la orilla», Rafael Chirbes (Ed. Anagrama)

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Empieza la lectura de En la orilla, el último libro de Rafael Chirbes, y uno se pregunta «¿en la orilla de dónde? ¿al borde de qué?». Estar en la orilla es siempre quedarse al límite, a un paso de ir más allá o de permanecer donde estamos, arriesgarnos, renunciar o conformarnos. Es la orilla del marjal, entendido por el protagonista, Esteban, como un paisaje de su infancia, un paraíso perdido que los hombres han corrompido y transformado en un sumidero por el que se han vertido todos los deshechos de la sociedad. «El dinero no es nada. O, peor, el dinero es el que todo lo corrompe, lo estropea, un mal padre, padrastro, pero que -fíjate cómo son las cosas- tantas vida en apariencia incompatibles une». El marjal -es obvio-, como metáfora de la decadencia personal de Esteban, de su ruina, y también de los tiempos que corren. El marjal es lo poco que le queda cuando se ve obligado a cerrar su carpintería.

En la orilla es la confesión del fracaso de Esteban, de sus frustaciones (las propias y las heredadas), de su rutina pueblerina y su codicia contagiada. El propio Esteban narra ese hundimiento en lo económico, con el cierre de su carpintería en quiebra, y en lo personal, la derrota como hijo, como amante. No hay concesiones para el lector: el retrato de este pobre diablo (juez y parte, víctima y verdugo) es descarnado, a veces cruel y a veces patético. «Pensaba: soy propietario de mis carencias. Mi única propiedad es lo que me falta. Lo que no soy capaz de alcanzar, lo que he perdido, eso es lo que tengo, lo que es de verdad mío, ése el vacío que soy».

Con un realismo al que en momentos sólo se le puede aplicar la palabra brutal, Rafael Chirbes deja sin aliento al lector y describe los paisajes en decadencia que deja la ruina personal y colectiva transformándolos en algo casi similar a un escenario («localizaciones») post-apocalíptico. El estadillo económico, inmobiliario y financiero tiene un peso importante, aunque más como aglutinante de la narración que como hilo argumental. Es también el relato del declive de una generación que decide el futuro de miles de pueblos de España en una partida de dominó en el café principal: empresarios del pelotazo, comisionistas, concejales, directores de cajas de ahorro, intelectuales provincianos… Es el punto de colapso de una generación y un sistema promovido por ellos mismos en el que a la avaricia se le llamaba prosperidad económica.

La narración huele desde las primeras líneas a un libro clásico desde el momento de escribirse. Se respira el olor de grandes figuras de la literatura española del siglo XX de los que Chirbes es la evolución lógica. Uno puede pensar -dado el retrato «costumbrista» mediterráneo- en un Blasco Ibáñez actualizado. Pero también se siente el aliento de Juan Benet o Jesús Fernández Santos. Junto a su anterior libro, Crematorio, Rafael Chirbes ha hecho de este díptico un caleidoscópico en el que trasciende lo actual para convertir su narración en una obra maestra y perfecta, compacta, unitaria, sin aristas, tallada con la conciencia minuciosa y paciente de un huraño escultor.

«Rayuela» se lee mil veces

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Rayuela es un libro. Se puede leer una vez, y dos veces, según el manual de usuario. Pero en realidad se lee una y mil veces.

Rayuela se lee con la mirada perdida y los ojos puestos en el Pont Des Arts, por donde veremos a la Maga venir hacia nosotros.

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Rayuela es un juego. Cualquier escrito de Cortázar es un juego. Porque escribir es un juego y leer es jugar.

Rayuela es un artefacto hecho con piezas sueltas.

Rayuela es la magia del lenguaje. Es la voz de Cortázar y el capítulo 7. «Los cíclopes se miran».

Rayuela es un collage: recortes de periódico, fragmentos de libros encontrados, pintadas en los muros, carteles en las paredes, retazos de fotografías, notas que se escapan de un tocadiscos en cualquier buhardilla del Barrio Latino, el martilleo continuo y chispeante de una máquina de escribir.

Rayuela es París.

Rayuela es jazz.

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Rayuela son las películas en blanco y negro de la nouvelle vague.

Rayuela es un encuentro casual. Aunque todos sabemos que «un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas».

Rayuela es una pintura prehistórica en la que Cortázar dibujó ideas que veríamos convertidas en realidad en el siglo XXI. El link o hipervínculo, el 2.0, la interactividad, el muro de Facebook y el atropellado timeline de Twitter. Rayuela es una cuenta en Instagram.

Rayuela es una paja mental, sí, vale.

Rayuela es un torrente narrativo, una fuerza caótica y avasalladora que mantiene embrujado al lector para siempre.

Rayuela es tener pendiente otra lectura más.

Joyce vs. Joyce

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A propósito de Joyce, he llegado a la conclusión de que el final de Ulises y «Los muertos» es prácticamente un espejo el uno del otro. Es algo tan evidente que seguro que alguien (algún especialista en Joyce, alguno de esos investigadores literarios que tanta envidia me dan) ya habrá caído en la cuenta y habrá hablado de esto, desarrollando extensos artículos, ponencias o, incluso, tesis doctorales. Pero como a esta conclusión he llegado yo sólo con mis lecturas, me apetece hablar del tema.

«Los muertos» fue publicado como uno de los relatos que componen Dublineses en 1914. Ulises vería la luz en 1922, aunque su escritura se extendió a lo largo de varios años, de 1914 a 1921. Ese es el tiempo que separa la habitación de los Conroy de la de los Bloom. Las dos mujeres, Gretta y Molly, durmiendo plácidamente en la calidez de la habitación matrimonial. Los dos hombres observándolas en silencio mientras, de repente, asumen los triviales que son para sus esposas. «Qué pobre papel he jugado en tu vida», se queja amargamente Gabriel al inicio de su soliloquio.

Lo que en la habitación de los Conroy es una calidez acomodada y burguesa, delicada, en la de los Bloom es vulgar y hasta chabacano. Pero en la habitación de los Conroy asistimos al fatalista monólogo de Gabriel, tras oir la historia de Michael Furey contada por Greta, en el que por la ventana ve la nieve caer «tenuemente por todo el universo, y tenuemente caer, como el descenso de un último ocaso, sobre todos los vivos y los muertos».

Mientras tanto, el monólogo de Molly Bloom pasa de lo más mundano a la de pasión desbocada, la nostalgia y añoranza de los años luminosos de Gibraltar en los que se dejaba arrebatar por los primeros amores a los que en todo momento decía «sí mi flor de la montaña». Porque «me pidió si quería decir sí mi flor de la montaña y primero le rodeé con mis brazos sí y le atraje encima de mí para que él pudiera sentir los pechos todos perfume sí  y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí».

Entre ambos, ocho años.  Y ahí sigue Leopold Bloom, en el mismo punto en el que lo dejó Gabriel Conroy, comprendiendo que «cada cual que entra se imagina ser el primero en entrar siendo así que siempre es el último término de una serie precedente aunque el primer término de otra sucesiva, siendo así que no es el primero ni el último ni solo ni único en una serie que se origina en y se repite hasta el infinito».

Son las cosas que se le vienen a uno a la cabeza en el Bloom’s Day. Algún 16 de junio me gustaría estar en Dublín.

«La vida interior de las plantas de interior», Patricio Pron (Mondadori)

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Hola, quiero ser escritor y tengo un blog. Pero Patricio Pron acaba de echar por tierra mis pretensiones. La vida interior de las plantas de interior es, entre otras cosas, un ejercicio de demolición de las mediocres aspiraciones de cualquier escritorzuelo. Como un boxeador ágil, de pies ligeros, que golpea con una fuerza inusitada para su presunta agilidad.

Vocaciones que no se manifiestan sino en los pasos nocturnos de un escritor desvelado en el piso de encima. La rivalidad entre dos eternos aspirantes a escritores a quienes su vida acaba atrapando. La frustración del miembro de un jurado de un certamen literario de provincias. Son sólo algunas de las historias que conforman este volumen de relatos, entre los que hay que otros divertimentos como la vida del perro de Picasso o el origen de la gran mancha de basura sobre el Atlántico.

Sin embargo, en sus relatos no hay afectación, ni fatalismo. Todo lo contrario. No duda Patricio Pron en reirse de sí mismo, en no tomarse del todo en serio. Como si supiera que su trabajo fuera a acabar en esa misma mancha de basura. «Digamos que todas las historias son arrastradas por corrientes subterráneas y nada comprensibles a manchas que se encuentran en el mar y que son, vistas desde arriba, el repositorio de todo lo que alguien alguna vez en alguna ocasión ha pensado».

Y, al cabo de la lectura, semanas después, sigue dando vueltas en mi cabeza la misma frase: «antes de ese libro yo no sabía que se podía escribir de esa manera».

De pequeño quería ser Jim Hawkins

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Descubro que hoy 2 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro Infantil. Tiro de memoria y me vienen a la mente títulos como Fray Perico y su Borrico, El Pirata Garrapata, Aniceto Vencecanguelos, Sopaboba o las aventuras de un tal  Borja que leí en EGB. Son de esas lecturas que por primera vez me acercaban al placer de pasar las páginas, de fijarme en las ilustraciones, sumergirme en unos personajes imaginados… Pero reconozco que si hubo un primer viaje literario fue el de La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson en una edición bastante especial. Hace unos años, de hecho, escribí algo sobre aquella primera lectura.

«Cuando el abuelo todavía conducía camiones, de vez en cuando traía cosas al niño. Una vez le trajo el primer libro que tuvo de La isla del tesoro. Se trataba de una edición enorme, de letra enorme, dibujos vistosos y papel de mala calidad. Era una de esas ediciones para jóvenes, que habría comprado en la tienda de alguna gasolinera, en la que sin duda paró a repostar durante su último viaje.

El libro en sí no era diferente del resto de ediciones juveniles, pero incluía una última parte que fascinó al niño y que lo fascinaría para el resto de su imaginación. Al final de todo, después de dejar al loro cantando la de los quince de hombres sobre la caja del muerto, al volver la página, el niño se encontró con un color diferente, con un marrón ajado, envejecido. Se abría ante él un espacio considerable repleto de ilustraciones de barcos, monedas, estandartes, mapas ya no sólo de la isla que daba nombre al título, sino también de la Isla de la Tortuga, célebre refugio de piratas. Además de la Hispaniola, había dibujos de otros barcos, majestuosos y bellos, sobre los que se aportaban diferentes precisiones: el número de cañones, el calibre de estos, la tripulación, la velocidad a la que sus velas le permitían navegar.

El simple hecho de pronunciar los nombres escritos con la misma tipografía que las anotaciones manuales de los mapas de la época, el paladear las letras de alguno de estos barcos en sus labios era una sensación idéntica la de paladear el salitre del mar, que salpica en la cara cuando el barco corta las olas con el viento a favor. Allá a lo lejos, el niño ya divisaba la isla a la que se dirigía, en la que encontrarías cofres repletos de monedas como las dibujadas en las páginas marrones, pesos, doblones, con las mismas enseñas y la misma fecha y lugar de acuñación. Imaginaba también su bandera, tan parecida a las que veía, entre asustado y fascinado, huesos sobre calaveras, esqueletos completos, más y más huesos en diferentes posiciones, que advertían desde muy lejos de las intenciones de la tripulación, caimanes, espadas cruzadas, cofres con doblones de oro, cuernos de la abundancia… Era infinita la combinación que se podía realizar con los mismos y diferentes elementos.

Además, todo se completaba con pequeñas ilustraciones de nudos marineros, de elementos náuticos, de tipos de velas, explicadas con un vocabulario desconocido que le maravillaba y contenía cierta dosis de exotismo, característico de la profesión marina. Todos estos nombres los olvidaría y nunca más lo iba a recordar, como si aquella parte de su infancia hubiera desaparecido. De aquellas páginas marrones que le fascinaron no recuerda ni nombres, ni representaciones más o menos exactas. Tan sólo el regusto del salitre que sentía y esa sensación de que por unos momentos, mientras pasaba aquellas hojas entre sus dedos, su barco zarpaba.»

Hay que desayunar bien

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«Nací en un planeta, no en un país. Sí, claro, también nací en un país, en una ciudad, en una comunidad, en una familia, en una maternidad, en una cama… Pero lo único importante, para mí y para todos los seres humanos, es el hecho de haber venido al mundo. ¡Al mundo! Nacer es venir al mundo, y no en tal o cual país, ni en tal o cual casa»

Los desorientados, Amin Maalouf.

La noche frente al día, y al revés

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Escribir de noche o escribir de día. Una dura elección.

Dejar que llegue la hora intempestiva, una vez que acabe el día, y encender la luz sobre el escritorio cuando la oscuridad afina las sensaciones y los sentidos. Poner algo de música (elegir entre Miles Davis o Chet Baker, recuperar a Art Blakey y sus mensajeros del jazz, o cualquiera de los discos de cabecera) y perder la noción del tiempo, despreciar la esterilidad creativa del sueño, en ese tramo de la noche en el que unos duermen y otros golfean, sintiéndose que el simple hecho de estar ahí ya forma parte de ser escritor. Aunque sea uno de los malos.

O esperar a que llegue el día y salir de la cama rumiando las frases que nos han hecho madrugar. Subir la persiana, que la luz se derrame sobre el escritorio, sobre los folios garabateados, los cuadernos, los libros… Que haya junto a todo eso una taza de café y que sea la música la sinfonía doméstica del patio de luces, con las vecinas tendiendo la ropa y ventilando las habitaciones, las radios encendidas desde el primer piso hasta el ático, la calma de esas horas que van desde que los niños salen al colegio hasta que vuelven.

Difícil elección, sí.

Y todo esto para decir que el otro día terminé de escribir un relato. Hacía casi siete años que no lo conseguía y espero que haya merecido la pena.

La página marcada

¿Vosotros sois más de subrayar los libros o de marcar las páginas doblando una esquina? Confieso que unas veces subrayo y otras dejo la esquina doblada. Al cabo del tiempo, incluso de los años, abro el libro y me pregunto qué fue lo que atrajo de la frase o el pasaje marcado.

Porque, aunque dejamos la marca para no olvidar, cambiamos y somos otras personas. Son rastros que llegan hasta el presente como mensajes que dejó para nosotros uno que ya fuimos, una huella que dejamos para otro que seremos en el futuro. “los que fui los que soy los que seré / siempre soy varios en parejos rumbos”, subrayé en la manoseada antología de Mario Benedetti. Sí, también se puede subrayar un libro de poemas.

Algunos de esos pasajes me devuelven al momento de la lectura, al sentimiento que despertó.  Costó llegar, sin ir más lejos, hasta la lectura de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, que aguardó paciente tres intentos de lectura, hasta que finalmente me conquistó, dejando para encuentros posteriores reflexiones como ésta: “Tenía deseos de escribir; de llegar, por medio de la escritura y de las disciplinas que impone, a las conclusiones que pudieran derivarse de lo visto”.

También hay frases y pasajes que se graban tan fuerte que nos empujan a anotarlas a mano sobre cuartillas y guardarlas en el interior de ese libro. Al cabo de los años, la cuartilla se desprende al pasar las páginas, como en los cuentos de Cortázar: “Me dolía un poco no estar del todo en el juego, mirar a esa gente desde fuera, a lo entomólogo. Qué le iba a hacer, es una cosa que ocurre siempre en la vida, y casi he llegado a aprovechar esa aptitud para no comprometerme en nada”.

De igual forma, esos pasajes que nos aguardan lo hacen como una cápsulas del tiempo que estallan con efecto retardado con un sentido que entonces no entendimos. Los artículos de Camus recopilados sobre los últimos días de la ocupación nazi de París me llevó hasta sus Crónicas. A día de hoy, con un sistema político, económico, social e ideológico desmoronándose, algunos de los subrayados en tiempos benévolos consiguen poner el dedo en una llaga aún abierta: “Y cuando los hombres de nuestra generación se estremecían con las injusticias, se les convencía de que ya se les pasaría. Y así, paso a paso, la moral de la molicie y el desengaño se fue propagando”.

Pero la lectura a veces nos deja una huella tan honda que no necesita de marcas ni de subrayados. Somos capaces de localizar el punto exacto en el que dar con ellas. “Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza”, encuentro siempre a la primera en el último párrafo de Retrato del artista adolescente, de James Joyce.

Noches en blanco, madrugadas de insomnio, siestas de verano, viajes en tren, estación de Atocha, salas de espera, áreas de descanso, Feria del libro… “Y de este modo llegué a vivir y a tratar más realmente con estos sueños o estas sombras que con aquello que la realidad auténtica me ofrecía”, encuentro subrayado en un libro de Herman Hesse hace años.

Todo lo que subrayamos y marcamos se convierte en una verdadera “carta de navegación” de nuestra vida escrita en nuestras lecturas. Y así, como en otro subrayado en The Great Gatsby, “we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past”.

Conrad, Greene, Le Carré… ¿y luego?

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Nunca he ocultado mi recelo hacia los e-books, pero ahora que me han regalado uno, tenía que estrenarlo con clase. Así que lo hice con una versión en inglés de Lord Jim, de Joseph Conrad. Es uno de esos libros y de esos narradores a los que uno vuelve cada cierto tiempo, como el que recurre a la compañía de viejos amigos. «Cuando tratamos de comprender la necesidad íntima de otro hombre, nos damos cuenta de cuán incomprensibles, cambiantes y brumosos son los seres que comparten con nosotros la visión de las estrellas y la calidez del sol», escribe Joseph Conrad.

El nombre de este escritor ¿polaco? naturalizado inglés suele ir muchas veces asociado al de otros autores como Robert Louis Stevenson, Mark Twain o Jack London. Que sus obras transcurran en países lejanos o exóticos, a bordo de barcos o lanchas que remontan ríos por el corazón de África, nos lleva al error de creer que es un escritor «de aventuras».

Pero, lo que en Stevenson es escapismo, en Joseph Conrad es todo un proceso de interiorización, en el que el personaje principal de sus historias se enfrenta a sus decisiones, al honor y las consecuencias morales de adoptarlas y llevarlas a término. Lo de menos es la resolución de la trama, sino cómo su Marlow, su Jim, su Nostromo o su Almayer se asoman a los abismos de su propia conciencia, a sus miedos íntimos y sus redenciones particulares. Y lo hacen en solos. A cada página de sus libros nos lo recuerda: «Es como si la soledad fuera una condición absoluta e insuperable de la existencia».

No adelanto nada nuevo si admito a Graham Green como el heredero de esa vuelta de tuerca de la literatura de Joseph Conrad. Nuestro hombre en La Habana, El poder y la gloria, El tercer hombre o El factor humano son la evolución lógica del camino que abrió Conrad. En ellos también hay un salto: no son ajenos al tiempo en el que vive Graham Greene, tiempo de convulsiones y bloques fríos, de cambios en el tablero mundial y desbarajustes ideológicos. Es por esto por lo que las decisiones a las que me refería anteriormente en el caso de Conrad adquieren no sólo un compromiso con el honor del personaje: ahora tienen una responsabilidad, unas consecuencias que asumir, en un mundo de equilibrios delicados. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, al Pyle de El americano impasible.

El tecer salto lo dio John Le Carré. El espía que surgió del frío, El Topo, La chica del tambor o La Casa Rusia recogen el testigo de esta línea de escritores, casi hasta el día de hoy. Tanto que, a mi entender, siempre me ha parecido que El sastre de Panamá era una reelaboración de Nuestro hombre en La Habana. También como Greene, el exhuberante paisaje de Conrad deja paso a espacios más claustrofóbicos, anónimos y hasta rudimentriamente grises.

Sin embargo, aunque sus libros pensados para venderse al gran público siguen siendo mejor que cualquier patraña templarios y sociedades secretas, la fórmula parece agotada. En ello, coincido con lo que escribía Antonio Muñoz Molina en «El País» a finales de 2011: «Al cabo de los años empezamos a aburrirnos de una prosa que se volvía más espesa sin ganar en hondura y de unas tramas que adquirían la agotadora prolijidad de los best sellers de conspiraciones internacionales, con la añadidura de un mensaje político demasiado machacón como para no ser también burdo». Como a muchos espías del juego de alianzas de la Guerra Fría, a Le Carré tampoco parece haberle sentado bien esta sociedad tan global y desenfocada.

Y de ahí mi preocupación. Porque, ¿quién vendrá después? No quiero hablar de «saga», porque me resulta facilón, pero, ¿quién será el sucesor de estos tres genios que se han introducido como nadie en algunos de los rincones más recónditos del comportamiento humano? A día de hoy no he oído hablar de nadie que sea capaz de ello. Por eso, cada cierto tiempo, vuelvo a seguir la pista de Tuan Jim, de puerto en puerto; imagino La Habana de aquel triste vendedor de aspiradoras metido a espía; o me dejo embaucar por la presencia siempre inquietante del agente Smiley.

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