La página marcada

¿Vosotros sois más de subrayar los libros o de marcar las páginas doblando una esquina? Confieso que unas veces subrayo y otras dejo la esquina doblada. Al cabo del tiempo, incluso de los años, abro el libro y me pregunto qué fue lo que atrajo de la frase o el pasaje marcado.

Porque, aunque dejamos la marca para no olvidar, cambiamos y somos otras personas. Son rastros que llegan hasta el presente como mensajes que dejó para nosotros uno que ya fuimos, una huella que dejamos para otro que seremos en el futuro. “los que fui los que soy los que seré / siempre soy varios en parejos rumbos”, subrayé en la manoseada antología de Mario Benedetti. Sí, también se puede subrayar un libro de poemas.

Algunos de esos pasajes me devuelven al momento de la lectura, al sentimiento que despertó.  Costó llegar, sin ir más lejos, hasta la lectura de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, que aguardó paciente tres intentos de lectura, hasta que finalmente me conquistó, dejando para encuentros posteriores reflexiones como ésta: “Tenía deseos de escribir; de llegar, por medio de la escritura y de las disciplinas que impone, a las conclusiones que pudieran derivarse de lo visto”.

También hay frases y pasajes que se graban tan fuerte que nos empujan a anotarlas a mano sobre cuartillas y guardarlas en el interior de ese libro. Al cabo de los años, la cuartilla se desprende al pasar las páginas, como en los cuentos de Cortázar: “Me dolía un poco no estar del todo en el juego, mirar a esa gente desde fuera, a lo entomólogo. Qué le iba a hacer, es una cosa que ocurre siempre en la vida, y casi he llegado a aprovechar esa aptitud para no comprometerme en nada”.

De igual forma, esos pasajes que nos aguardan lo hacen como una cápsulas del tiempo que estallan con efecto retardado con un sentido que entonces no entendimos. Los artículos de Camus recopilados sobre los últimos días de la ocupación nazi de París me llevó hasta sus Crónicas. A día de hoy, con un sistema político, económico, social e ideológico desmoronándose, algunos de los subrayados en tiempos benévolos consiguen poner el dedo en una llaga aún abierta: “Y cuando los hombres de nuestra generación se estremecían con las injusticias, se les convencía de que ya se les pasaría. Y así, paso a paso, la moral de la molicie y el desengaño se fue propagando”.

Pero la lectura a veces nos deja una huella tan honda que no necesita de marcas ni de subrayados. Somos capaces de localizar el punto exacto en el que dar con ellas. “Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza”, encuentro siempre a la primera en el último párrafo de Retrato del artista adolescente, de James Joyce.

Noches en blanco, madrugadas de insomnio, siestas de verano, viajes en tren, estación de Atocha, salas de espera, áreas de descanso, Feria del libro… “Y de este modo llegué a vivir y a tratar más realmente con estos sueños o estas sombras que con aquello que la realidad auténtica me ofrecía”, encuentro subrayado en un libro de Herman Hesse hace años.

Todo lo que subrayamos y marcamos se convierte en una verdadera “carta de navegación” de nuestra vida escrita en nuestras lecturas. Y así, como en otro subrayado en The Great Gatsby, “we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past”.

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Conrad, Greene, Le Carré… ¿y luego?

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Nunca he ocultado mi recelo hacia los e-books, pero ahora que me han regalado uno, tenía que estrenarlo con clase. Así que lo hice con una versión en inglés de Lord Jim, de Joseph Conrad. Es uno de esos libros y de esos narradores a los que uno vuelve cada cierto tiempo, como el que recurre a la compañía de viejos amigos. “Cuando tratamos de comprender la necesidad íntima de otro hombre, nos damos cuenta de cuán incomprensibles, cambiantes y brumosos son los seres que comparten con nosotros la visión de las estrellas y la calidez del sol”, escribe Joseph Conrad.

El nombre de este escritor ¿polaco? naturalizado inglés suele ir muchas veces asociado al de otros autores como Robert Louis Stevenson, Mark Twain o Jack London. Que sus obras transcurran en países lejanos o exóticos, a bordo de barcos o lanchas que remontan ríos por el corazón de África, nos lleva al error de creer que es un escritor “de aventuras”.

Pero, lo que en Stevenson es escapismo, en Joseph Conrad es todo un proceso de interiorización, en el que el personaje principal de sus historias se enfrenta a sus decisiones, al honor y las consecuencias morales de adoptarlas y llevarlas a término. Lo de menos es la resolución de la trama, sino cómo su Marlow, su Jim, su Nostromo o su Almayer se asoman a los abismos de su propia conciencia, a sus miedos íntimos y sus redenciones particulares. Y lo hacen en solos. A cada página de sus libros nos lo recuerda: “Es como si la soledad fuera una condición absoluta e insuperable de la existencia”.

No adelanto nada nuevo si admito a Graham Green como el heredero de esa vuelta de tuerca de la literatura de Joseph Conrad. Nuestro hombre en La Habana, El poder y la gloria, El tercer hombre o El factor humano son la evolución lógica del camino que abrió Conrad. En ellos también hay un salto: no son ajenos al tiempo en el que vive Graham Greene, tiempo de convulsiones y bloques fríos, de cambios en el tablero mundial y desbarajustes ideológicos. Es por esto por lo que las decisiones a las que me refería anteriormente en el caso de Conrad adquieren no sólo un compromiso con el honor del personaje: ahora tienen una responsabilidad, unas consecuencias que asumir, en un mundo de equilibrios delicados. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, al Pyle de El americano impasible.

El tecer salto lo dio John Le Carré. El espía que surgió del frío, El Topo, La chica del tambor o La Casa Rusia recogen el testigo de esta línea de escritores, casi hasta el día de hoy. Tanto que, a mi entender, siempre me ha parecido que El sastre de Panamá era una reelaboración de Nuestro hombre en La Habana. También como Greene, el exhuberante paisaje de Conrad deja paso a espacios más claustrofóbicos, anónimos y hasta rudimentriamente grises.

Sin embargo, aunque sus libros pensados para venderse al gran público siguen siendo mejor que cualquier patraña templarios y sociedades secretas, la fórmula parece agotada. En ello, coincido con lo que escribía Antonio Muñoz Molina en “El País” a finales de 2011: “Al cabo de los años empezamos a aburrirnos de una prosa que se volvía más espesa sin ganar en hondura y de unas tramas que adquirían la agotadora prolijidad de los best sellers de conspiraciones internacionales, con la añadidura de un mensaje político demasiado machacón como para no ser también burdo”. Como a muchos espías del juego de alianzas de la Guerra Fría, a Le Carré tampoco parece haberle sentado bien esta sociedad tan global y desenfocada.

Y de ahí mi preocupación. Porque, ¿quién vendrá después? No quiero hablar de “saga”, porque me resulta facilón, pero, ¿quién será el sucesor de estos tres genios que se han introducido como nadie en algunos de los rincones más recónditos del comportamiento humano? A día de hoy no he oído hablar de nadie que sea capaz de ello. Por eso, cada cierto tiempo, vuelvo a seguir la pista de Tuan Jim, de puerto en puerto; imagino La Habana de aquel triste vendedor de aspiradoras metido a espía; o me dejo embaucar por la presencia siempre inquietante del agente Smiley.