Primeras opiniones sobre mi última novela, ‘Cállate, Schrödinger’ (ficción)

Como ya sabéis, desde hace algunas semanas se puede encontrar mi última novela, Cállate, Schrödinger, en librerías y también en plataformas digitales como Amazon. Estoy contento, en líneas generales la acogida ha sido buena. Sin embargo, hay algunas opiniones que me tienen desconcertado. Por ejemplo, mi abuela me comentó que ella creía que el momento clave que nadie había podido entender era el pasaje en el que Doña Constanza, la anciana casada con el empresario venezolano, era arrojada con su silla de ruedas por las escaleras por la loca de su sobrina, Carlota, un niñita mimada. Sin embargo, uno de mis compañeros de piso, lejos de hablarme de este suceso, confesaba –regodeándose en ello sin el más mínimo pudor– que su parte favorita era en la que el protagonista se lo montaba de forma apasionada con la amiguita de Carlota, que, en palabras de mi compañero, es de esas capaces de enseñarte en una sola noche más de lo que has aprendido en toda tu vida. Mi otro compañero de piso le quitó la palabra de la boca para trazar un pensamiento según el cual lo que había visto en la historia era un fiel retrato de las condiciones infrahumanas en las que muchas personas han de buscarse la vida para llegar a fin de mes, lo que le llevaba a la conclusión de que, por lo tanto, la existencia de un Dios omnipresente era incierta y con toda probabilidad improbable, repartiéndose este poder entre los políticos y los medios de comunicación. Una vieja conocida mía, de esos años locos del instituto, joven, señalada y prometedora actriz de compañías de teatro de segundo orden, me llamó para decirme que creía que la “fuerza dramática” que derrochan algunos personajes es tremenda, humana y enternecedora, destacando sobre todo el papel de Emilio, ese hombre abandonado por su mujer y que comienza a rehacer su vida con un nuevo trabajo en una gasolinera. Una profesora de literatura que en la universidad me dijo con toda sinceridad que estaba muy bien. Muy muy bien, y que siguiera así. Mi padre me devolvió el libro sin saber qué decir, teniendo en cuenta que hasta ese momento no había considerado que yo fuera capaz de hablar de drogas y depravación moral con tanto detalle, como si él también creyera que la mitad de las cosas que pasan en la novela me han sucedido a mí antes. De haber tenido a un célebre escritor como amigo, le habría preguntado su opinión, pero como todavía no tengo a figuras de la literatura actual entre los miembros de mi agenda, no pude preguntarles. Interesantes son también las opiniones de dos booktubers que sostienen, cada uno por su cuenta, interpretaciones sobre los universos paralelos y las referencias bíblicas en la escena de la sacristía y el capellán. El barbero que hay debajo de mi casa y donde suelo cortarme el pelo se vio reflejado en el personaje del barbero que aparece en mi libro y que es clave para entender de donde salió la navaja de afeitar con la que degollaron a Mr. Brown, que fue encontrado muerto en su estudio de ambientación británica. Un amigo de la infancia, con quien jugué durante muchos años al fútbol, dijo que el personaje del niño, adoptado por la familia de doña Constanza, tenía las mismas ocurrencias que teníamos nosotros de pequeños. Por ejemplo, lo del perro ahorcado. Una de mis primeras ex novias escribió un Whatsapp después de mucho tiempo para preguntarme si el deseo que sentían casi todos los protagonistas por la ex mujer de Emilio (emoticono carita sonriente) era un mensaje que yo lanzaba en una botella (emoticono carita sonriente con guiño) para decirle que todavía la quería y que la añoraba (emoticono carita sonriente con besito corazón). En cambio, a mi novia no le gustó para nada la novela. Se enfadó mucho por el simple hecho de que veía en la infidelidad de Julián con aquella extraña pelirroja de acento americano ­–y de la que nunca supo su nombre tras una fogosa noche de amor­– un reflejo de otra supuesta infidelidad mía, porque es de las que cree que las historias de los libros son las historias de los propios escritores. Así que esa noche tuve que dormir en el sofá.

En cuanto a mí, en fin, ya no sé ni lo que escribí y a esta hora aún no sé si acudiré a recoger el Premio Nobel o no.

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