¿Puedo ayudarle en algo?

Volvió a la tienda una semana después. Lo vio entrar con una actitud muy diferente. Su timidez se había transformado en incomodidad. A menudo se encontraba con ese tipo de clientes que, una vez allí, se mueven sin saber cómo comportarse. A éste aún lo recordaba. Era alto y fibroso, de brazos y piernas largas, una figura amplia que se movía, sin embargo, como un pajarillo que da sus primeros aleteos. Le resultó entrañable. Hombres así le traían a la memoria la frase que oyó en el curso de formación que recibió al obtener el puesto: “No vendemos lencería. Ni siquiera vendemos amor, no seáis cursis. Vendemos fantasías”, dijo la instructora.

– ¿Puedo ayudarle en algo? – le preguntó la primera vez que lo vio.

Respondió que buscaba un regalo.

– ¿Qué ha pensado? ¿Lleva una idea concreta?

No llevaba ninguna idea concreta. No tenía nada claro. Se encontraba desorientado. Perdido y confuso, sin saber si quería un sujetador o un body, un liguero o una combinación.

– Algo sexy, a lo mejor – atinó a decir, con las palabras temerosas atascadas en sus garganta.

Ella le sonrió, para calmar esos nervios, y lo ilustró para abrirle los ojos a un mundo de encajes, cintas y bordados. Sedas, gasas, transparencias. Un toque Chantilly por aquí o por allá. Microfibras, más actuales, menos clásicas, pero que se ajustaban mejor al cuerpo. Le explicó cómo funcionaban las tallas de los sujetadores. Cómo unos eran para realzar el pecho, o el escote, o para disimularlo. Le enseñó los diferentes catálogos, le acercó varias perchas con saltos de cama recién llegados, un amplio abanico de tangas brasileñas y una nueva línea de corsés.

Poco a poco él fue haciéndose dueño de la situación. No buscaba historiados corpiños de cabaret, ni colores chillones de película para adultos. Ella se hacía un dibujo mental de su destinataria: una mujer delgada, sin mucho pecho, tal vez pequeñita. Le gustaban las transparencias y las gasas, por la insistencia con las que él preguntaba.

Escogió un conjunto de sostén y culotte de la colección Belle Époque. Sencillo, pero bonito. Color marfil, con el sujetador sin relleno ni aros, muy elegante, casi transparente. El culotte, de un delicado encaje más delgado que el papel, lucía un ribete ondulado que realzaría las nalgas. A eso añadió unas medias con motivos florales.

Sus ojos brillaban con una ilusión casi adolescente, risueño. Parecía disfrutar mientras ella envolvía las prendas en un suave papel de seda y luego las metía en una bolsa de regalo culminada por un lazo de color rojo pasión. El hombre salió de allí a grandes zancadas, con el entusiasmo y la premura propios del que quiere ver la cara que pone la otra persona a la que ha comprado el regalo.

– ¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó cuando lo vio de nuevo, plantado en mitad de la tienda, con la misma bolsa colgando de un brazo pegado a su costado.

El tipo alzó la bolsa de papel que se había llevado una semana antes. El lazo estaba deshecho. Los cordones de su zapato izquierdo también.

– Quiero devolver esto.

– ¿Lo va a cambiar por otra talla?

– No.

– ¿Quiere llevarse otra cosa?

– No, quiero devolverlo – sentenció.

Lo dijo con el ceño fruncido, seco. Aún así, sus ojos caídos lo delataban. Le pareció el hombre más triste del mundo.

Ella sintió la necesidad de extender sus brazos hacia él. Se moría de ganas de arrodillarse y atar los cordones de su zapato. Le ajustaría la corbata suelta, el cuello de la camisa. Lo atraería hacia ella, lo estrecharía contra su pecho. Quería susurrarle palabras dulces, preguntarle qué había pasado. Puedes contármelo, le diría. No tengas miedo de llorar, cuéntamelo todo. Sus dedos se enredarían entre su pelo, desgreñado y áspero, para tratar de calmarlo. Él le abriría su corazón y así pondría fin a las noches de insomnio que delataban sus ojos rojos.

– Tiene que firmarme este ticket – le indicó después de registrar la devolución.

Firmó, sin decir nada. Ella le entregó el recibo y él lo arrugó al meterlo en el bolsillo de su pantalón. Sin mirar el papel, sin mirarla a ella, sin hablar. Parecía apresurado. Salió del establecimiento, tan callado como entró.

Guardó la bolsa todo el día bajo el mostrador. Albergaba una loca idea, algo descabellado. Pero aquel conjunto no era de su talla. Ni siquiera tuvo esa suerte. Nadie le había advertido en el curso de formación que las devoluciones y las fantasías dolerían así. Esperaba acostumbrarse pronto.

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