Ser o no ser escritor

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Era crío cuando descubrí lo que se podía hacer juntando palabras y con un poco de imaginación. Desde ese momento tan precoz de la vida, tengo consciencia de que quiero escribir. Ha pasado el tiempo y sigo sin atreverme a considerarme escritor. Cuando me preguntan, sólo digo que no soy escritor, que yo escribo. Y, si me insisten, hasta me pongo colorado.

Los que acudimos a talleres de escritura nos vemos entonces reconfortados al poder compartir (esta vez sin pudor) esa manía con otras personas. En Murcia, sin ir más lejos, los Talleres de Escritura Creativa de la Biblioteca Regional cumplen diez años (una década, que se dice pronto, eh) y lo han celebrado con dos jornadas muy especiales. La primera de ellas con una mesa redonda en la que se abordó dilema de estos talleres: “¿Se puede aprender a escribir ficción?”. Partiendo de esa premisa, se llegó también el eterno “¿el escritor, hace o se hace?”.

Lola López Mondéjar, la impulsora de estos talleres, trató de aportar algunas respuestas junto a Mercedes Abad, Eloy Tizón, Eduardo Jordá o Rubén Castillo.Para Lola estos talleres de escritura son necesarios no sólo porque se aprende a escribir, sino “sobre todo, porque se aprende a leer. Formamos lectores críticos. Es importante porque lo primero que tiene que hacer un escritor es leerse”. Pero hay cosas que no se aprenden. Y eso es lo que diferencia a los escritores de los autores:  “Ser autor no se aprende. El autor tiene una obra y un estilo. Es algo difícil de conseguir, pero que todos los lectores podrían reconocer”.

En su caso, la vocación y la pasión por la literatura y cualquier manifestación artística ha contribuido a enriquecer estos talleres en los que ha conseguido que se implique gente, entre otros muchos, como Clara Obligado, Eloy Tizón, Hipólito García Navarro o Félix Romeo (para el que muchos de los participantes tuvieron palabras de recuerdo y admiración).

El propio Eloy Tizón, profesor en la escuela de escritura Hotel Kafka, señalaba que “los talleres crean un caldo de cultivo y una energía contagiosa. Hay en ellos un elemento apasionante. Escribir es una acto solitario. Pero es muy provechoso poner estas inquietudes en común”. Por eso, para él, a pesar de que “cuando uno escribe tiene todo el derecho de ser egoista”, al enseñarlo “nos tenemos que poner en el lugar del otro”. “Todos tenemos intuiciones sobre lo que queremos escribir”, decía también, y en estos talleres encontramos una vía para dar forma a esas intuiciones.

Mercedes Abad, de la Escuela de Escritura Ateneu Barcelonès, llegaba dispuesta a desmontar lo que llamó “el viejo prejuicio de que no se puede enseñar a escribir”: “¿Por qué van a ser distintos los escritores a los músicos, los pintores o los bailarines, que tienen sus escuelas?”, disparaba nada más empezar. Pero también reconocía que en los talleres se pueden aprender un primer grupo de habilidades técnicas para la escritura. Las que forman parte del segundo grupo, las “habilidades irracionales”, como la imaginación, no se puede enseñar. “O tienes una visión del mundo o no la tienes”, precisaba.

Hablaba de visión del mundo Eduardo Jordá, otro habitual de este tipo de talleres, y comparaba la visión que tiene él, la que tenían sus abuelos y la que tienen las generaciones actuales. Cree que cada vez es más necesario pasar por escuelas de escritores porque se ha perdido el arte de la narración, como lo tenía su abuela. “Hay que tener en cuenta que si escribes, lo primero que tienes que hacer es captar la atención del otro, y eso ha desaparecido”, se lamentaba. A pesar de lo contundente que puede resultar este mensaje, hacía gala de una gran energía: “La palabra más importante en un taller es entusiasmo”. Un entusiasmo con el que él hablaba de su trabajo como profesor en talleres de escritura: “En mis clases, he tenido conserjes y catedráticos, pero allí no son conserjes ni catedráticos. Son lectores y escritores”.

Emotiva fue la intervención de Ruben Castillo, quien defendió los talleres de escritura a pesar de los críticos que siempre recuerdan que “Cervantes no fue a ningún taller, ni de ningún taller ha salido ningún Cervantes”: “También hay muchas universidades de Medicina de las que no ha salido ningún Ramón y Cajal, ¿cerramos esas universidades?”, se preguntaba. “El talento no es democrático, pero el trabajo y la ilusión, sí – decía -. Y una persona, un profesor, que sienta amor por la literatura puede inyectarlo”. Y animaba a los asistentes no cesar en su empeño de escribir porque “escribas lo que escribas, siempre le gusta a alguien” (risas, risas flojas, guiño, codazo).

Para redondear este décimo aniversario de los Talleres de Escritura Creativa, la siguiente jornada estuvo dedicada a tres talleres impartidos por Mercedes Abada, Eduardo Jordá y Eloy Tizón. El broche final fue una nueva mesa redonda en la que algunos de los alumnos que han pasado por los talleres contaban su experiencia y cómo, en algunos casos, han acabado publicando libros, en solitario o colectivos.

Está claro que cuando escucho a gente así, aún me sonroja más llamarme escritor. Pero vuelvo a casa, me siento frente al escritorio, y escribo. Por ahora, sólo escribo.

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