El monstruo de Frankenstein y el efecto mariposa

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¿Puede afectar la erupción de un volcán en una remota isla de Indonesia a la cultura europea de comienzos del siglo XIX? La respuesta es sí. De igual forma que una mariposa que agita sus alas puede desatar una tormenta al otro extremo del planeta.

De hecho, el cuadro que ilustra este post es una buena muestra de esa reacción en cadena y lo que en él aparece reflejado también trajo como consecuencia el nacimiento de uno de los monstruos más conocidos de la historia de la Literatura. El primer monstruo de la era moderna, el monstruo de Frankenstein. De eso se van a cumplir dos siglos estos días.

Pero, como siempre, vayamos por partes.

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Tambora. El volcán. Corre el año 1815, llega el día 5 de abril y el volcán Tambora estalla: la explosión se escuchó a casi mil trescientos kilómetros de distancia. Como siempre en estos casos, tiro de la Historia mundial de los desastres, del periodista John Withington, para conocer algún detalle más. “El cielo se volvió negro y cayeron cenizas a mil trescientos kilómetros de allí”, dice este libro. Los días de más intensidad se alcanzan entre el 10 y el 11 de abril. El Tambora arrojó 1,7 millones de toneladas y piroclastos durante la erupción. Estas partículas llegaron a elevarse a cuarenta y cinco kilómetros de altura. 10.000 personas perdieron la vida (de forma directa) y la lava sepultó el reino de Tambora.

La nube de cenizas se extendería por todo el mundo, cubriendo los cielos de media Europa, donde la nube llegará a partir de mayo de 1815. Ése fue el que se conoció como Año Sin Verano. El año que causó estragos en las cosechas y hambrunas por medio continente. “En Hungría y Maryland cayeron precipitaciones de nieve de color marrón, y nieve roja en Italia”, leo en esta peculiar historia de los desastres. Incluso -insinúa Withington- la nube de cenizas pudo ser la causante del tiempo de mil demonios que llevó a Napoleón a la derrota en Waterloo.

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Villa_diodati  Villa Diodati. La leyenda. Una joven Mary Goodwin huye de Inglaterra en compañía del poeta Percey Shelley y su mujer. Con apenas dieciocho años Mary acabará casada con el poeta después de que la esposa de éste se suicidara. Así, llegamos a Cologny, Suiza, cerca del Lago Ginebra. Concretamente llegamos Villa Diodati. En esta lujosa villa habían decidido pasar sus vacaciones la nueva pareja,  invitada por su amigo Lord Byron. Decepcionados por las inclemencias que causaba la nube de ceniza, se recluyeron en el interior de la villa, donde unos a otros se retaron a escribir un relato de terror, incluyendo en este juego a John Polidori, médico personal de Lord Byron.

En el ambiente reinaba la oscuridad de la ceniza flotando en el cielo, el clima de reclusión, las historias de terror alemanas que habían leído y las discusiones que habían mantenido sobre los experimentos de Erasmus Darwin o Luigi Galvani que pretendían devolver la vida a los muertos con el uso de la electricidad.

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El monstruo humano. De aquella experiencia que tanto puede recordar a un ejercicio de taller literario, de ese juego para matar el aburrimiento, nacería el monstruo de Frankenstein, el moderno Prometeo. Un monstruo del que aún hoy se habla, una figura que sigue presente en el imaginario colectivo, con múltiples y variopintas adaptaciones y reinterpretaciones.

Así cuenta Mary Shelley cómo nació aquel personaje, una vez que ya “había pasado la hora de las brujas”:

“Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada, no me dormí, aunque tampoco puedo decir qué pensaba. Mi imaginación, espontáneamente, me poseía y me guiaba, dotando a las sucesivas imágenes que surgían en mi mente de una viveza muy superior a los habituales límites de la ensoñación. Vi -con los ojos cerrados, pero con la aguda visión mental-, vi al pálido estudiante de artes impías de rodillas junto al ser que había ensamblado. Vi el horrendo fantasma de un hombre tendido; y luego, por obra de algún ingenio poderoso, manifestar signos de vida, y agitarse con movimiento torpe y semivital.”

Al principio fue sólo un cuento y luego se acabó transformando en la novela que hoy conocemos todos, aunque ésta no vería la luz hasta el año 1818.

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La historia -ya se ha dicho y analizado por otros que saben más que yo, es una reelaboración del mito de Prometeo- que jugando a ser Dios crea un ser viviente a partir de arcilla. Es una alegoría pesadillesca sobre los peligros de la ciencia y las aberraciones que pueden cometerse en su nombre en la época inmediatamente posterior a la irrupción de la razón ilustrada y en los primeros compases de la Revolución Industrial.

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Pero, ¿qué tenía y tiene de especial esta criatura? Sobre todo que se trata del primer monstruo “humano”: “¡Despiadado creador! Me has dado sentimientos y pasiones, pero me has abandonado al desprecio y al asco de la humanidad”. Hasta ese momento la representación del mal se había materializado con este tipo de seres de aire diabólico y maléfico. Sin embargo, el monstruo de Frankenstein es el primer monstruo con conciencia y consciencia. “Y cuando me convencí de que era el monstruo que soy, me acometió un profundo sentimiento de pena y mortificación”.

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Señalaba sobre el monstruo de Frankenstein el crítico José María Guelbenzu que su existencia “no es un asunto de intriga, sino un dilema moral terrible”. Por eso se le considera el primer monstruo de la era moderna, una era marcada por los abismos de la psicología del individuo, y al que luego sucederían otros como el Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson (el monstruo oculto dentro de nosotros mismos) o el Drácula de Bram Stoker (el vampiro por el que nos dejamos seducir, que nos atrapa para hacernos suyos).

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El Año Sin Verano. El poema. No sólo salieron de aquella villa suiza historias de miedo al calor del particular reto entre Lord Byron y sus amigos. De aquellas semanas tenebrosas, en las que la lluvia y el cielo gris ceniza eran la tónica general,  también han dejado el poema “Oscuridad”, en el que Percey Shelley se asoma a los miedos góticos de esa oscuridad causada por el volcán:

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban diluyéndose en el espacio eterno,
sin rayos, sin senderos, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
la mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo
consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
de esta desolación; y todos los corazones
se helaron en una plegaria egoísta por luz;
y vivieron junto a hogueras – y los tronos,
los palacios de los reyes coronados – las chozas,
los hogares de todas las cosas que habitaban,
fueron quemadas en las fogatas; las ciudades se consumieron,
(…)
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
de los volcanes, y su antorcha montañosa:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques – pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose – y los crujientes troncos
se extinguieron con un estrépito –
y todo fue negro.

*

El cuadro. La luz. Pero aquel verano no todo fue hambruna, y monstruos, y oscuridad, y sentimientos trágicos. La ceniza suspendida en la atmósfera causó curiosos fenómenos lumínicos durante la puesta de sol que influyeron en algunos de los cuadros que realizó el pintor británico J. M. W. Turner, como el que encabeza el post.

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Hay estudios científicos realizados recientemente que han demostrado que las partículas que llegaron del volcán a Europa hicieron que el momento del atardecer se viera más rojo que de costumbre, y que esto además se aprecia en el uso de los tonos rojos y verdes de estos cuadros.

*

La mariposa y el aleteo. En una remota isla de Indonesia, conocida por su miel, sus caballos y su madera de sándalo, un volcán arrasa un reino desconocido. En el otro extremo del mundo, la ceniza que lanza ese volcán recluye en los salones de un lujosa villa a un grupo de amigos. Matan el aburrimiento contando historias de terror. De ahí saldrá el monstruo de Frankestein. De todo eso se cumplen doscientos años. La mariposa aún agita sus alas, y ese moderno Prometeo nos sigue conmoviendo.

Frankenstein

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