A cara de perro (relato)

Recuerdo que aquella mañana no se habló de otra cosa en colegio que no fuera el perro ahorcado. Colgaba rígido de uno de los olivos que crecían en el descampado más allá de la verja del patio. Lo veíamos desde nuestra clase: veintidós cabezas de críos con las veintidós narices aplastadas contra el cristal, empañado por el aliento de nuestras bocas lanzando exclamaciones de asombro, preguntándonos quién podía haberle hecho eso al perro. Uno de nosotros, el primero, había señalado en la dirección del cadáver animal al subir la persiana aquel lunes. Después, la profesora tuvo que bajarla de nuevo como único remedio para sofocar el revuelo levantado. Aunque era demasiado tarde: entre los niños había quedado el murmullo, el susurro y la curiosidad. Nos temblaban las rodillas y tamborileábamos con el lápiz sobre la mesa, segundo a segundo, mientras avanzaba el reloj sobre la pizarra para llegar a la hora del recreo. Los cuatro de la pandilla –Francis, Ramón, Sebas y yo– nos mirábamos con la sensación de compartir ese hormigueo en el estómago que nada tenía que ver con las ganas de disfrutar de nuestro almuerzo. Luego las prisas, las carreras por los pasillos. Nos arremolinamos junto a la verja, agarrados a los barrotes y las caras encajadas entre ellos, dejando que por un día los balones de fútbol y las porterías descascarilladas languidecieran con nuestra falta de atención.

Las cuatro patas del galgo, inertes, señalaban al suelo y pendía de la cuerda mohosa como uno de aquellos peleles que hacíamos para la Noche de San Juan. Por mucho que intentara disuadirnos el profesor de guardia, por mucho que nos animara a no prestar atención al perro suspendido del árbol (los dos, perro y árbol, ennegrecidos y en los huesos) había un magnetismo singular para nosotros en ese viejo galgo sarnoso que habíamos visto rondar por allí las últimas semanas.

­– ¿Y se va a quedar mucho tiempo ahí? – preguntó Francis.

– Hasta que se lo coman los gusanos – le respondió Sebas.

– ¿Gusanos? ¿Qué estás diciendo?

– Que sí, que se lo comen los gusanos – intervino Ramón –. Con el calor le nacen bichos que se lo comen por dentro.

– ¿Y cuánto tardarán en comérselo?

– Creo que pocos días. Es como la comida cuando la dejas fuera del frigorífico.

– ¿Quién lo ha hecho? – siguió Francis.

– ¿Y qué más da? Es un perro, una mierda de perro… – acabó Sebas de forma abrupta con aquella conversación.

Soltó un escupitajo que fue más allá de la verja, trazó un arco casi perfecto y aterrizó sobre la arcilla del descampado, donde su saliva se fue secando hasta desaparecer como si nunca hubiera estado allí. Ése era Sebas, nuestro Sebas. Sebastián Luís Torregrosa.

Recuerdo aquella mañana, sí. Esa imagen me acompañó mucho tiempo, después de dejar el colegio y cuando la pandilla se había diluido y Sebas y yo dejamos de hablarnos. Pero tampoco olvidaré la cara que me puso él, cuando le hablé de eso el día que nos volvimos a encontrar tras años. Tendríais que haberlo visto ahora, con su traje y su coche oficial, con su cartera de secretario de Estado y aplazando en su agenda la entrevista que le había pedido un viejo amigo ahora convertido en periodista. Sí, teníais que haberlo escuchado: tan seguro de sí mismo, tan autosuficiente, con su rostro de mitin multitudinario, con la inflexión perfecta en cada una de las frases que registró mi grabadora… Y lo pálido que se quedó después, al recordarle el episodio del perro ahorcado.

– Claro que reconocí la cuerda – le dije –. Nunca olvidé su aspereza cerrando mis muñecas. ¿Recuerdas tú cómo te gustaba atarme con ella?

De vuelta en la calle, las paredes y muros me devolvían el gesto triunfador de Sebas, sonriendo en cada uno de los carteles de la inminente campaña electoral.

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