Oda a la caligrafía (con mala letra)

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Tengo mala letra y el dedo índice de mi mano derecha torcido de escribir mucho a mano. Soy periodista, y además aún mantengo la pretensión de ser escritor algún día. A estas alturas de la vida ya no hay Cuadernillo Rubio que me corrija. En mi infancia me hicieron rellenar muchos de ellos, me aburrí de dictados, me llevé alguna colleja y escuché sermones del tipo “tienes letra de médico”. Es por eso por lo que hoy, en este blog -que no sólo va de leer, sino también de escribir- me permitiré hacer una particular “oda” a la caligrafía.

1. Puede parecer contradictorio e hipócrita, ya lo apunta el certero Isaías Lafuente, “teclear en el ordenador esta encendida defensa de la caligrafía”. Pero es que una cosa no quita la otra: escribir en un teclado es el último paso de un proceso de abstracción caligráfica, no su omisión. Antes de eso, hay que aprender a escribir a mano, y de eso va el tema. Porque en Finlandia han decidido suprimir la enseñanza de la escritura manual a partir de 2016 y sustituirla por clases de mecanografía. Entre las razones, que los niños ya no están acostumbrados a la lectura de la letra seguida, sino en formato imprenta, o que la competencia en lo que se refiere a escritura tipográfica tiene en la actualidad más importancia que la manuscrita.

No voy a pisar terrenos que no me corresponden, como el científico, pero no hace falta ser neurólogo ni psicólogo infantil ni pedagogo para aseverar que la enseñanza de la escritura manuscrita va más allá de la adquisición de una técnica que los alumnos ponen en práctica. Desarrollan hábitos como la capacidad de concentración, la destreza manual, la comprensión lectora y, por supuesto, generan en sus mentes aún verdes y moldeables más conexiones neuronales que sin duda contribuirán a su desarrollo.

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Ya digo que no es mi competencia ésa, aunque haga estos apuntes. Así que hablaré la experiencia enriquecedora de la escritura manual, de lo que supone para el niño, y para ello nada mejor que tirar de Daniel Pennac y su hermoso libro Comme un roman. En él, para hablar del placer de la lectura, empieza por remontarse al aprendizaje de la escritura por parte del niño. Un aprendizaje en el que se empiezan uniendo puntos, que forman curvas; curvas que forman letras; letras que forman sílabas; sílabas que acaban por unirse en una palabra… Y un día, ante sus ojos, el niño se encuentra con la palabra “mamá”, como una revelación que el propio Pennac describe en uno de los párrafos más conmovedores que he leído. Porque esa “mamá” no es cualquier “mamá” es su mamá. Aquí lo transcribo:

“Ce cri de joie célèbre l’aboutissement du plus gigantesque voyage intellectuel qui se puisse concevoir, une sorte de premier pas sur la lune, le passage de l’arbitraire graphique le plus total à la signification la plus chargée d’émotion! Des petits ponts, des boucles, des ronds… etc… maman! C’est écrit là, devant ses yeux, mais c’est en luie que cela éclôt! Ce n’est pas une combinaison de syllabes, ce n’est pas un mot, c’est pas un concept, ce n’est pas une maman, c’est sa maman à lui, une transmutation magique…”

“La huella que deja esa escritura en el cerebro es mucho más marcada que la deja la escrita en el ordenador”, decía un especialista, Pablo Canosa, en La SER. “Hay que elegir entre una educación práctica o formar a una persona”. La historia de la escritura está llena de saltos y evoluciones: las tablillas de arcilla, las inscripciones en piedra, los jeroglíficos, los papiros, la imprenta de Gutenberg… La escritura caligráfica podría entenderse en ese contexto sólo como un paso más, pero no es así. No se trata de frenar el progreso, de anclarnos en el pasado, no. Sino de no privar a los niños de un aprendizaje humano para priorizar otro de carácter técnico.

Yo, por mi parte, reconozco que sólo soy capaz de sentarme a escribir mis ficciones a mano. He intentado hacerlo en ordenador, y no me sale. Por eso, disfruto y disfruto emborronando folios y cuadernos con mi mala letra y mi dedo torcido.cuaderno-rubio

2. Puestos a hablar de niños y de enseñanza, me gusta encontrarme con noticias como la publicación de una edición adaptada a los niños de El Quijote y preparada por Arturo Pérez-Reverte, uno de los escritores que más insistente ha sido en la necesidad de llevar al público joven a los clásicos de la literatura. Dice que no ha recortado la obra de Cervantes, sino que la ha adaptado. Incluso explica que algunas de las digresiones narrativas las ha enfocado como “hipervínculos”.

Bien, muy bien. Para mí este tipo de iniciativas son imprescindibles, porque las obras originales, que tantas y tantas veces se le han impuesto a niños y jóvenes, son de imposible lectura para ellos. Por su volumen, por su lenguaje y porque, además, requieren a veces un conocimiento básico de la época de ese libro que sólo es posible en cursos más avanzados.perezreverteguadalajara

Hace años leí adaptaciones juveniles de La isla del tesoro, Miguel Strogoff o Las aventuras de Sherlock Holmes, por ejemplo, libros a los que me volví a enfrentar de adulto y con los que me emocioné de nuevo, al mismo tiempo que asumía que esas versiones íntegras me hubieran desalentado en una lectura demasiado precoz.

Así, tal vez, las generaciones venideras traten mejor a El  Quijote que algunos políticos, tal y como arremetía el propio Pérez-Reverte en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Firmo donde haga falta, con mi mala letra, para que nunca falten de estos libros que tanto hacen por los futuros lectores.

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