Leer en caso de ébola: no nos convirtamos en rinocerontes

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Desde que el hidalgo manchego amigo de Cervantes enloqueciera por la lectura compulsiva de historias de caballería el efecto infeccioso que tienen los libros quedó de manifiesto. Que se lo digan si no a Madame Bovary. Los males de la lectura se contagian, su alcance es vírico.

Pero hoy, a cuenta de la crisis provocada por el ébola todo lo que está sucediendo alrededor de este tema, me ha traído a la mente otras lecturas.

Sería fácil empezar por Daniel Defoe y su Diario del año de la peste sobre la plaga que asoló Londres entre 1664 y 1665. Pero el primero de todos en el que pensé fue Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Esa novela en la que la población de repente queda ciega, pero no una ceguera cualquiera, sino una ceguera “blanca”. Ante la expansión de ese “mal blanco” los pasajes de esta obra de carácter fabulador y ficticio hoy podrían ser transcripciones de situaciones reales:

“La ocurrencia había brotado de la cabeza del ministro mismo. Era, por cualquier lado que se la examinara, una idea feliz, incluso perfecta, tanto en lo referente a los aspectos meramente sanitarios del caso como a sus implicaciones sociales y a sus derivaciones políticas. Mientras no se aclarasen las causas o, para emplear un lenguaje adecuado, la etiología del mal blanco, como gracias a la inspiración de un asesor imaginativo la malsonante palabra ceguera sería designada, mientras no se encontrara para aquel mal tratamiento y cura, y quizá una vacuna que previniera la aparición de casos futuros, todas las personas que se quedaran ciegas, y también quienes con ellas hubieran tenido contacto físico o proximidad directa, serían recogidas y aisladas, para evitar así ulteriores contagios.”

El ser humano enfrentado en el tuétano de su existencia es el núcleo central de otro libro que no podía pasar por alto: La peste, de Albert Camus. La historia que pretende ser crónica de una epidemia de peste bubónica en la ciudad de Orán, “una ciudad como cualquier otra”, y en la que sus habitantes llegan a temer que “pronto no habrá más que locos entre estas cuatro paredes”. La separación dentro de la sociedad es para Camus el hecho más lamentable trae la epidemia:

“Así, durante semanas y semanas, los prisioneros de la peste se debatieron como pudieron. Y algunos de ellos, como Rambert, llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger. Pero, de hecho, se podía decir en ese momento, a mediados del mes de agosto, que la peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo. El más importante era la separación y el exilio, con lo que eso significa de miedo y rebeldía.”

La idea totalitaria de la peste, el sometimiento a su presencia ineludible que todo arrasa, la reafirmación del individuo y la defensa de su dignidad a pesar de todo, su realización humana. Todos estos elementos aparecen como rasgos comunes en estas obras tan diferentes entre sí a las que también me gustaría añadir otra muy peculiar, Rinoceronte, una obra teatral de Eugéne Ionesco en la que el mal que afecta a la ciudad convierte de forma repentina a sus habitantes en rinocerontes que campan a sus anchas causando destrozos por todas partes, una alegoría de la dictadura que llevó a Ionesco a dejar su Rumanía natal:

“Yo nunca afirmé que no era peligroso dejar correr a un rinoceronte por la ciudad. Dije simplemente que no había reflexionado sobre ese peligro. No me planteé la cuestión.”

No he podido evitar pensar en estas similitudes al asistir a un cúmulo de despropósitos y fallos en protocolos sanitarios y al espectáculo incendiario de las redes sociales, los whatsapp alarmantes y las opiniones de los expertos en todo y en nada que siempre proliferan. En sus Meditaciones, el emperador Marco Aurelio “escribe que la peste que asolaba Roma era menos dañina que la falsedad y la conducta malvada”, como relata John Withington en su Historia mundial de los desastres. Crónicas de guerras, terremotos, inundaciones y epidemias.

“Es propio de la facultad inteligente fijarse en cómo desaparece rápidamente todo, las propias personas en el universo, los recuerdos de esas personas en el tiempo (…) Recuerda que nadie deja atrás otra vida que esa que está viviendo y tampoco está viviendo otra que no sea la que deja atrás.”

Marco Aurelio escribió estas palabras y en el año 180 d.C. murió víctima de la peste antonina.

“Quieres que te diga lo que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”. Así dialogan al final de Ensayo de la ceguera el ciego protagonista y su mujer vidente.

Por favor, no nos quedemos ciegos, ni nos convirtamos en rinocerontes.

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