Eliodoro Puche (1885 – 1964). El hombre que pudo ser Max Estrella

eliodoropuche

Todos los pueblos tienen un poeta local. Por desgracia, los poetas locales no atraen al turismo con su afán lucrativo y, así, acaban sufriendo un lento proceso generacional de olvido y desconocimiento que los lleva a desaparecer. No todo puede ser Soria con Machado, Granada con García Lorca, u Orihuela con Miguel Hernández. Pero no es lo mismo un poeta local que un poeta de pueblo, y por eso hoy voy a hablar del mío, de mi pueblo, Lorca, para recordar a su poeta local, Eliodoro Puche, sin hache, de cuya muerte hoy se cumplen cincuenta años.

Vivió los años de la vanguardia de comienzos de siglos. Vivió la bohemia madrileña rodeado de aquellos personajes malditos que paseaban por los páginas de Valle Inclán. Vivió el sueño republicano y su descalabro. Vivió la cárcel y la represión de la dictadura. Y vivió después, casi olvidado, mudo, sepultado por el tiempo. Ése fue Eliodoro Puche, sin hache. El hombre que pudo ser Max Estrella.

Tuvo una vida interesante, compleja y también difícil. Su obra es extensa, de influencia simbolista y modernista en un principio, aunque en gran medida desconocida. Fue una de las figuras destacadas del ultraísmo y hasta Borges llegó a citarlo como ejemplo en un artículo que el escritor argentino dedicó a los autores españoles adscritos a este movimiento, en el que incluyó un poema de Eliodoro titulado “Epitalamio”.

Fue de los primeros en traducir al español a Verlaine, quien por su parte creó el término poète maudite, imagen para la que también bebería de Baudelaire. Conocida es su amistad con Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, a cuya memoria dedicó uno de sus poemas más hermosos. Emilio Carrere lo describía de esta forma tan gráfica atravesando el Madrid canalla y noctámbulo:

Puche cruza la Puerta del Sol

en pos de su nocturna cita

con las sirenas del alcohol.

“Se hartaba de luna y soledad, caminando sólo con su sombra; más siempre enriquecía su álbum de apuntes líricos”, escribió de él Rafael Cansinos-Asséns, uno de sus grandes amigos y referentes de vanguardia junto a Vicente Huidobro.

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En este mundo bohemio, Luís Antonio de Villena lo enclavaba junto a referentes como Armando Buscarini o Ramón Gómez de la Serna, además de otros “varios poetas curiosos y más curiosos personajes”. El periodista César González Ruano traza de él un retrato que nos da una idea de su vida madrileña hasta 1928:

“Tenía cuando yo lo conocí un aspecto siniestro y extraño. Iba vestido como un mendigo, pero sostenía en el rostro afilado un monóculo insolente. Era cliente fijo de las tabernas criminales, amigo de enterradores y mozas de la baja y casi aldeana prostitución (…) Puche tuvo en Madrid un proceso porque le pegó un tiro a un sereno de la calle Luna, donde vivía.”

Con descripciones de este tipo se asentó buena parte de la “leyenda negra” de este poeta maldito, que vivía en tugurios y pensiones de mala muerte, que no conocía el éxito a pesar de que se le reconocía el talento, que deambulaba entre redacciones y tabernas y a quien, como no podía ser de otra forma, los líos de faldas acompañaron desde su juventud.

Cuadro_que_representa_un_retrato_juvenil_del_poeta_Eliodoro_Puche._Posee_marco_dorado_de_poca.

De hecho, aunque se ha sostenido que Ramón Valle-Inclán se inspiró en la figura de Alejandro Sawa para crear al Max Estrella de Luces de Bohemia, el catedrático de la Universidad de Murcia Pedro Guerrero sostiene que es Eliodoro Puche quien está detrás de ese otro personaje valleinclanesco:

“Un familiar de don Ramón María del Valle-Inclán confesaría que Valle le adjudicó a Eliodoro Puche la inmortal personalidad literaria de Max Estrella en Luces de Bohemia. Fuese cierto o no, sin embargo no parece extraño, porque Eliodoro, con su buen escudero Prieto, que le guardaba su sombrero negro en las excursiones báquicas de la calle Toledo, sería uno de los personajes más formidablemente extraños y temidos de todos los cafés literarios.”

De estos casi veinte años de estancia madrileña hay un interesante trabajo realizado por uno de los mejores conocedores de Eliodoro Puche, José Luís Molina, en “La vida atormentada de Eliodoro Puche: amores, bohemia, cárcel y práctica poética”.

Eliodoro_Puche_-_En_su_juventud

Pero la bohemia sólo fue una parte de su vida. Con la muerte de su padre, un notable terrateniente de Lorca, Eliodoro pone punto y final a esta etapa. Estábamos en 1029: vuelve a su pueblo natal, para llevar una vida acomodada pero, al mismo tiempo, frustrante para un personaje literario como él. Sus simpatías radicales lo llevan a tomar partido por el bando republicano en la Guerra Civil y a desempeñar diferentes puestos administrativos e irrelevantes durante este tiempo.

Al final de la contienda, da con sus huesos en la cárcel. Esta experiencia acabaría llevándole a escribir algunos de sus mejores poemas, las Carceleras. Rompe aquí con la vanguardia poética, con las extravagancias formales, el decadentismo y los motivos paganos, para aproximarse a la poesía popular y cercana, más humana y cruda al mismo tiempo.

¡Qué cerca de la cárcel

está mi casa;

si no existieran muros

te vería, hermana!

Desde ese momento su obra se va apagando, al tiempo que también lo hace su voz por el cáncer de faringe que acabaría con él un día como hoy, el 13 de junio de 1964. En este último tramo de su vida no dejó de ser un bohemio, ahora en su pueblo, pero ganó la humanidad y el aplomo de los años, no exhento de la nostalgia de su juventud. Muere solo y en olvido, disculpen la insistencia. A su funeral apenas asisten quince personas. Únicamente el empeño de unos pocos ha impedido que este personaje apasionante haya desaparecido en la noche de los tiempos.

Aún es posible seguir el rastro de Eliodoro por las callejuelas antiguas de Lorca, pasar frente a la casa en la que nació, por la cárcel en la que escribió a su hermana o tomarse un chato de vino en la taberna donde el poeta ahogó sus frustraciones durante la vejez, con vino peleón de la España pobre. Desde 1995, un grupo local, la Asociación de Amigos de la Cultura, realiza por estas fechas la tradicional “Ruta de Eliodoro” que pasa por algunso de estos escenarios, al tiempo que también han hecho un esfuerzo importante para recuperar muchos de sus escritos y sus libros, como Cancionero, Libro de los elogios galantes y de los crepúsculos de otoño, Corazón de la noche, El marinero de amor, Motivos Líricos o Las alas en el aire.

Su rastro literario, en la actualidad, nos puede llevar incluso a Roberto Bolaño: en Los detectives salvajes, Eliodoro Puche aparece como uno de los numerosos autores citados en el Directorio de Vanguardias que Amado Salvatierra enumera en su lectura de la revista de vanguardia mexicana Actual:

“… Pedro Iglesias. Joaquín de Aroca. León Felipe. Eliodoro Puche. Prieto Romero. Correa Calderón. Fíjense, les dije, ya empezamos sólo con los apellidos, mala señal…”

También Juan Manuel de Prada lo incluyó en Las máscaras el héroe como un personaje más, y ocupa un apartado de Desgarrados y excéntricos, en el que De Prada repasaba la vida aquellos locos vanguardias.

Y si a estas alturas aún hay alguien que está leyendo esto y no sabía quién era Eliodoro Puche ni por qué esa insistencia en decir “sin hache”, tiene su explicación. Este detalle de ser Eliodoro Sin Hache algunos lo han atribuido a la ignorancia de su madre o al pueblerismo del propio Eliodoro. Pero no es ni una cosa ni la otra. Fue la madre de Eliodoro la que lo inscribió en el Registro Civil de esta forma para que los nombres de todos sus hijos -Eloy, Emilio, Estrella y Eliodoro- empezaran por E. Esta anécdota fue ficcionada en un crudo relato escrito por Dany Campos:

“– Oiga, Heliodoro se ha escrito toda la vida de Dios con hache, así que no me venga con jueguecitos de palabras –sentenció el funcionario mientras remataba el cigarro pegado a su labio inferior.

– Pero, ¿qué más le da? Si la hache no se oye –respondió Eliodoro intentando disimular el recochineo.”

Ayer, a su salud, me tomé una caña de cerveza en su taberna habitual de Las Escalericas, donde un gato callejero y bohemio vigilaba la entrada.

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