“Tuyo, Franz Kafka”. 90 años sin Kafka, I

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Voy a empezar por ese momento, un momento concreto: Franz Kafka ha muerto y su amigo y editor Max Brod lee una carta en la que el escritor checo le expresa su última voluntad:

“Queridísimo Max, mi último ruego: todo lo que se encuentre entre mis pertenencias (en las estanterías de libros, en el armario de la ropa, en el escritorio de la casa y el de la oficina, o dondequiera que haga algo que se haya podido ir a esconder, y tú lo descubras), ya sean diarios, manuscritos, cartas ajenas y propias, dibujos, etc., debe quemarse sin excepción y sin ser leído, saí como también todo lo escrito y dibujo que poseas tú o posean otros, a quienes tendrás que pedírselo en mi nombre. Las cartas que no te quieran entregar tendría por lo menos que comprometerse a quemarlas ellos mismos. Tuyo, Franza Kafka.”

Imaginad ese instante, ese preciso instante, en el que Max Brod pudo haber cumplido con la última voluntad de su amigo.

Mañana, 3 de junio, se cumplen noventa años de ese episodio: noventa años desde la muerte de Franz Kafka y del momento en el que la decisión de Max Brod (el de la foto de abajo) podría haber cambiado para siempre la Historia de la Literatura. Sin embargo, lejos de eso,  asumió la labor de ordenar, estudiar y dar forma a todo ese material, miles de páginas (para muchos críticos, intervino en esa labor más de lo que le correspondía) que se sumaron a las pocas obras que Kafka dejó publicadas en vida (La Condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, Un artista del hambre y los relatos de Un médico rural). Gracias a esa decisión contraria a lo que su amigo le dejó encargado y su trabajo para publicarlo, la obra y el mito de Franz Kafka ha ido creciendo con el paso de los años.

Max Brod

Sin Kafka, no existiría el término “kafkiano” y, sin esa palabra, tantas realidades de hoy en día no podrían ser nombrados. Se lo leía hace unos días a Enrique Murillo en una entrevista, en la que hablaba del tópico “kafkiano”: “[Antes de que leyéramos a Kafka] había ángulos de la realidad que eran un punto ciego para nuestra pupila. Al hacer comprensible lo incomprensible, la literatura torna el mundo ligeramente más soportable”.

Me atrevería a decir que Kafka es uno de los escritores más estudiados, debatidos, analizados e interpretado a día de hoy. Pero, de entre todos los autores que han seguido la estela del checo y que, en este caso, también han ayudado a darle la importancia que en su momento no se le daba, el más importante de ellos sea Borges, que llegó a calificarlo de “el fénix de las alabanzas retóricas”. El argentino estudió, editó y tradujo a Kafka con quien hay una más que evidente confluencia en ese mundo a veces cabalístico, a veces racional, a veces metafísico y, casi siempre, inaccesible, esquivo. “Yo he escrito también algunos cuentos en los cuales traté ambiciosa e inútilmente de ser Kafka”, reconoce Borges, que también dice preferir los relatos a las novelas del checo. Es en el caso de historias suyas como “La biblioteca de Babel” en la que intentó ser Kafka, sin conseguirlo, porque “Kafka fue tranquilo y hasta un poco secreto y yo elegí ser escandaloso”.

También es verdad que lo “kafkiano”, como lugar común, sigue pesando mucho en los estudios biográficos sobre su figura. De hecho, uno de los más recientes (y amplios), el del investigador alemán Reiner Stach, sostiene que nos equivocamos si vemos así a Kafka”: “El cliché de Kafka es más conocido que los libros de Kafka. Es su peor enemigo. Habla de miedo, de pesadilla. Pero en su obra hay una gran dimensión humorística poco reconocida”. Para Sach, el escritor checo era algo más que el tópico del “funcionario amargado”.

Esta imagen de la obra kafkiana bajo la lupa de la religión y el psicoanálisis fue en cierta forma propiciado por el mismo Max Brod. Así se lo reprocha también Vladimir Nabokov en su Curso de literatura europea. Lo hace en el capítulo dedicado a La metamorfosis: “Kafka fue ante todo un artista; y aunque se puede sostener que todo artista es en cierto modo un santo, no creo que puedan encontrarse implicaciones religiosas en el genio de Kafka”. Lo mismo señala sobre las aproximaciones entre su obra y la de Freud: “[Kafka] era extremadamente crítico en cuanto a las ideas freudianas. Consideraba el psicoanálisis un <<irremediable error>>”.

Otro escritor argentino nos ofrece una aproximación a Kafka más contemporánea. Es Rodrigo Fresán quien, en su reportaje “Kafkalandia” (incluido en esta antología de crónica periodística) traza un recorrido muy particular por las calles de Praga a través de la huella dejada por el autor de El proceso o El castillo, la forma en la que es recordado en la actualidad en su ciudad natal y la huella que dejaron tras él otros artistas. En esa estancia en Praga, el rostro de Kafka en las fotografías que se encuentra le delata algo más: Un rostro inequívocamente vanguardista, moderno, revolucionario, inmediatamente reconocible”. La crónica concluye con una pesadilla que el propio Fresán considera kafkiana y que entronca con la imagen inicial de este post:

“Aparecen una sucesión de imágenes desordenadas, paisajes de ciudad, nieve y sol, Big Macs, muñecas rusas, música esférica descendiendo de esos balcones sostenidos por titanes de piedra. De uno de esos balcones sale una columna de humo negro y blanco y, ahí dentro, Max Brod obedece la voluntad de su amigo de toda la vida recién muerto. Max Brod quema la obra de Franz Kafka y, con la última página hecha cenizas, Praga desaparece”.

Hay mucho de cierto en esta pesadilla.  Porque, de haberse cumplido esa última voluntad de Kafka, de haberla llevado a cabo Max Brod, estoy seguro que hoy no estaríamos recordando al escritor checo noventa años después de que su vida se apagara, habría desaparecido, como lo hubiera hecho Praga.

fahrenheit

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2 comentarios en ““Tuyo, Franz Kafka”. 90 años sin Kafka, I”

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