“Yo fui Johnny Thunders”, Carlos Zanón (Serie Negra RBA)

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Francis, Mr. Frankie, tuvo una banda de rock, vivió la vida a tope y una vez (casi) fue Johnny Thunders. Pudo ser Loquillo cantando “Cuando fuimos los mejores”. Pero nunca podría haberlo hecho con “Feo, fuerte y formal”: Francis ya no es Mr. Frankie, no queda nada de ese chico enfundado en sus pantalones pitillo y chupa de cuero. Ahora, en pleno crash económico de comienzos del siglo XXI, Francis es un cuarentón obeso y a quien sus vicios le han costado la dentadura, los amigos, las novias, la música y, para colmo, está sin blanca, sin casa, sin trabajo y con un juicio pendiente de su ex mujer para que pague la pensión de sus dos hijos.

“Me aplaudieron. Me adularon. Me encaramé allá arriba, engreído, grande, invulnerable. Y allí los aplausos, el deseo es como una bomba que nadie ve cuándo estalla. Tarda meses o años en descubrir que la explosión ocurrió dentro de ti. Sin ruido. Y por eso mismo más devastadora.”

Francis, en realidad, es un bastardo y el protagonista casi absoluto de Yo fui Johnny Thunders, la última novela de Carlos Zanon. Si el imaginario del mundo del rock se ha encargado de encaramar a la gloria cierto tipo de anti héroe marcado por el malditismo, Francis sería su versión cobarde. Trata de enmendar su camino pero ya es demasiado tarde para alguien que sólo ha valido para meterse en líos. “¿Sabes por qué estoy vivo? Porque era un cagado”, admite el propio Mr. Frankie.

Con ese panorama es difícil pensar en Francis como un personaje capaz de despertar muchas simpatías en esta caída en la decadencia. De hecho, uno acaba el libro sin haberle cogido algo de cariño, ni tan siquiera mueve a la compasión. Al mismo tiempo, hay algo de carismático y autodestructivo en Francis que va a provocar que se desencadenen una serie de acontecimientos cuando, fracasado y arruinado, vuelve a su barrio, a la casa de su padre, donde afrontará el reencuentro con su hermanastra, sus viejos amigos y toda una amplia fauna de matones de barrio con los que entrará en contacto.

Este punto de partida sirve para que desfilen por las páginas de Yo fui Johnny Thunders personajes que no se andan con medias tintas.  No hay buenos ni malos. Sólo hay una una ley, la ley de la jungla de asfalto: instintos primarios, sobrevivir, pegar un palo, gozar en la cama, salvar el culo y, por resumirlo, joder a otros antes de que te jodan a ti. Es una historia oscura, pero no “negra” en un sentido editorial. El propio autor lo reconoce: “Hay una parte de la critica y de los periodistas que me encuadran dentro del género negro. Sin embargo no hay misterio, no hay nada que resolver, no hay policía“.

La novela de Zanon huele a barrio, a acera y callejón, huele a caña en el bar de abajo y sabe como una mala mañana de resaca después de una noche antológica. Suena a rock crudo grabado en casetes y a cierto estribillo melancólico y triste resbalando con sus letras en las frases de esta novela. Esa canción con la que inició el declive del tipo que una vez fue Johnny Thunders.

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