Otra mancha de vino (relato)

Imagina el problema: la mancha de vino en el mantel que a Begoña le había bordado su madre. La forma redonda de la base de la copa marcada con toda claridad. El color, rojo vino, claro. Y la mirada de Begoña clavada en Agustín.

– Lo siento – se disculpó él.

Pero Begoña y yo sabíamos que no lo sentía, que en realidad le daba igual.

Elena, encantadora como siempre, trató de reconducir la conversación hacia otro punto lejano de aquel suceso. Con su simpatía trataba de apaciguar el estruendo de Agustín, sus risotadas, sus carcajadas con la boca abierta y llena de comida. La cena de las dos parejas era una buena idea, le sugerí yo a Begoña, para animar a su hermana y conocer a su nuevo chico. Elena, tan hermosa, tan capacitada, aún soltera a su edad. Que no tenía suerte con los hombres, se decía de ella en su familia, por lo bajo y cuando no estaba delante. Agustín podría ser un ejemplo de a qué se referían: chabacano, presuntuoso, hablando sin parar de vinos como si supiera algo del tema.

– A ver si te gusta éste tan especial que tenemos aquí reservado – le dijo Begoña sirviéndole de una de aquellas botellas.

Agustín se relamió, Elena se agarró a su brazo, acaramelada, y la cena continuó. Se extendió con pesadumbre en un tiempo que a Begoña y a mí se nos congelaba con cada comentario fuera de lugar o chiste estúpido que nuestro presunto cuñado nos regalaba, entre sorbo y sorbo de vino, poniéndose casi del mismo color que la mancha sobre el mantel. Aquel ánimo se le apagó a medida que degustaba el solomillo del segundo plato. Es más, se quedó callado. Su rostro se volvió blanquecino.

– Cariño, la verdad es que no me encuentro nada bien – le explicó Agustín a Elena.

Y aún sin esperar al postre, tuvieron que irse, esta vez con Agustín sosteniéndose del brazo de Elena, un tanto abochornada.

– ¿Era necesario que lo envenenaras a éste también? – le pregunté a Begoña, una vez ya solos.

– Parece que no sabía tanto de vino – me contestó –. Pero aún le quedan un par de horas.

– Algún día tendrás que dejar de hacerlo – insistí, meneando la cabeza mientras la veía recoger la mesa, aún con los platos y las copas, y aquella mancha de color vino sobre el mantel.

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