Arrancados del sueño (Madrid, 2004)

(Hace diez años, el 11 de marzo de 2004, este que soy hoy se despertó con una extraña sensación en el cuerpo, un mal presentimiento causado por las vocecillas alarmadas que llegaban lejanas desde la radio y la televisión aún entre sueños. Yo era un estudiante de periodismo en la Complutense de Madrid, donde a los pocos días -no recuerdo en qué asignatura- nos pidieron que escribiéramos un artículo sobre lo ocurrido ese día. He querido mantener ese texto tal cual lo escribí entonces, con sus defectos y falta de experiencia.)

“Yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”, de Joaquín Sabina.

Por encima de la política, han muerto 191 personas. El pasado 11 de marzo, cuando la ciudad de Madrid despertaba, el fanatismo hizo acto de presencia, como una guadaña que nos coge medio dormidos. De un sólo golpe, segó la vida de personas corrientes, que acudían a sus puestos de trabajo o a sus universidades. Faltaban tres días para las elecciones, pero ya no había programa electoral capaz de devolver la vida a 191 seres humanos.

Cuando las primeras imágenes aparecieron por televisión, los madrileños enmudecieron. Salidos del último sueño, en el paso en el que se mezcla la noche con el despertar, una sensación de irrealidad se apoderó de todos. En un intervalo de tres minutos, en tres estaciones diferentes, tres trenes de cercanías habían reventado por completo. El balance de víctimas y heridos era confuso. Las cifras bailaban. El crecimiento era exponencial y parecía no tener fin.

El centro de Madrid estaba herido. ¿De muerte? No, de muerte no. Porque Madrid, ya desde el primer minuto, renacía. La vida estaba allí, en los andenes, entre los hierros retorcidos, en la masacre que acaban de causar los terroristas. Los asistentes de los servicios de emergencias, los voluntarios, los propios heridos, los que por allí pasaban, aquellos que arrancaron bancos del andén para sacar a los supervivientes, los que donaron sangre hasta colmar las reservas… Por unas horas, la zona cero de nuestro pequeño Madrid se llenó de héroes sin un nombre y sin un rostro concreto.

Sin embargo, no fue sólo un atentado contra los españoles. Ciudadanos de trece nacionalidades viajaban en los malogrados trenes. En su mayoría se trataba de inmigrantes sudamericanos y europeos del Este. Madrileños de todo el mundo que habían venido a España buscando un sueño del que la irracionalidad de las bombas les despertó. No sólo llora nuestro país, llora medio mundo.

El silencio cayó sobre los ciudadanos como un manto pesado e inevitable. El hecho de que el terrorismo más fanático y sanguinario asesinara a 191 personas no es sólo un número. Detrás de cada una de estas víctimas había una historia, una familia, una experiencia vital que quedaba truncada. Jóvenes que no terminarían su carrera, personas que no conocerían al amor de su vida, que no podrían tener una familia o viajar a una ciudad lejana de la que tenían un póster colgado en su cuarto.

Incluso se cortaron vidas antes de nacer: Mari Carmen estaba embarazada de tres meses. Otros tenían aspiraciones a más corto plazo: Angélica quería terminar de leer A sangre fría, de Truman Capote. “Y a sangre fría es como la mataron”, reconocía su madre. La noche anterior, Osama le había dejado un mensaje a su novia en el móvil: “Eres mi vida”. Desde ir a ver una carrera de Fernando Alonso hasta salir a bailar con su pareja, todos tenían algún sueño. El jueves 11 de marzo, a 191 personas les arrancaron sus vidas y sus sueños.

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