Pasiones literarias (el amor y las letras, y III)

Manet.balcony

La última entrada de la serie nos devuelve al viejo continente. Después de salir de España y llegar a Estados Unidos, el repaso a algunos de los momentos “amorosos” más conocidos de la literatura llega a su final con una serie de ejemplos que, para qué vamos a negarlo, son bastante difíciles de clasificar como relaciones convencionales.

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Precisamente, si hubo una pareja que nadaron contracorriente en la concepción tradicional de un matrimonio y una relación afectiva esos fueron Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Fueron dos de las grandes figuras de escritores y filósofos surgidos en Europa tras la II Guerra Mundial. Si con su pensamiento y sus ideas defendían una nueva sociedad,  su relación era un ejercicio de rigor de lucha contra los pilares más rígidos y conservadores que pretendían socavar de la política y la moral burguesa: nunca se casaron -a pesar de que compartieron media vida juntos-, siempre se trataron de usted, y ambos toleraron que el otro tuviera relaciones con otras personas, intercambiando incluso amantes, se cuenta.

Uno no puede imaginarse otro tipo de relación entre un filósofo que defendía la poligamia (hasta los últimos años de su vida, sus conocidos siempre lo vieron rodeado de “amigas”) y una escritora que se convirtió en toda una bandera del feminismo y de la liberación de la mujer, con obras tan emblemáticas en este sentido como El segundo sexo. De hecho, también es conocida la pasión que Beauvoir sintió por el escritor Nelson Algren (del que recientemente se ha reeditado en España El hombre del brazo de oro), hasta el punto de que se cuenta que él está enterrado con un anillo que le regaló Simone.

Sin embargo, hay quien también ha querido ver en esta pareja una relación más bien de conveniencia política, intelectual y literaria en la que, por mucho que quisiera hacerse un ejemplo de liberación de las ataduras convencionales, Sartre ejercía una presencia totalizadora sobre Beauvoir. Algo que sí parece asomar desde el primer encuentro de ambos, que Beauvoir cuenta en su libro Memorias de una joven formal:

“A partir de ahora la tomo entre manos”, me dijo Sartre cuando me hubo anunciado mi admisibilidad. Le gustaban las amistades femeninas. La primera vez que lo vi en la Sorbona llevaba un sombrero y conversaba con aire animado con una estudiante grandota que me pareció muy fea (… ) Cuando Herbaud le habló de mí quiso conocerme enseguida; y ahora estaba muy contento de poder acapararme: ahora a mí me parecía que todo el tiempo que no pasaba con él era tiempo perdido.

A pesarde todo, estuvieron tan unidos aquellos dos espíritus que asegura Beauvoir que, en su lecho de muerte, las últimas palabras del filósofo fueron “Je vous aime beaucoup, mon petite Castor”, mientras le agarraba de la muñeca. Tras la muerte de Sartre, ella aún quiso dormir junto al  cuerpo del filósofo durante unas horas en la cama del hospital en el que agonizó.

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Una sociedad muy especial constituyeron también Leopold y Virginia Woolf. Admito mi desconocimiento sobre la historia personal de Virginia Woolf, y más aún la de su esposo, más allá de los detalles básicos. Los dos formaban parte del Círculo Bloomsbury, un grupo de intelectuales británicos que no sólo estaba integrado por escritores, pintores y filósofos como Bertrand Rusell, E. M. Foster o Dora Carrington, sino incluso algún economista como Keynes o el propio Woolf.

Virginia Woolf no era Virginia Woolf, sino Adeline Virginia Stephen, y tomó el apellido de su marido después de casarse con él en 1912. Sin embargo, pronto llegarían los problemas para ella, las crisis mentales que la acompañaron durante buena parte de su vida. Es así como, en 1917, para buscarle algún tipo de distracción, Leonard instala para Virginia una imprenta manual en el salón de su casa. Publican pequeños panfletos y, con el tiempo, libros de la propia Virginia, de forma que acaban constituyendo una editorial que tomaría el nombre de la calle en la que viven, Hogarth Press.

Éste proyecto común crecería con Leonard a la cabeza y sobreviviría a la propia Virginia después de que decidiera quitarse la vida en 1941, llenándose de piedras los bolsillos de su abrigo y arrojándose al río Ouse. En España podemos encontrar recientemente editado uno de los tomos de las memorias de Leonard, La muerte de Virginia, en el que el primer capítulo está dedicado a los últimos meses de su esposa: la describe asolada por desequilibrios mentales, agotada por los esfuerzos por acabar su última novela y  asustada por la ominosa amenaza de la invasión nazi. Circunstancias que apuntan al trágico desenlace final, antes de cual dejó una carta de despedida para su esposo:

“Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez (…) Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé (…) Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo. V.”

Era el 28 de marzo de 1941 y el cuerpo de Virginia Woolf aún tardarían encontrarlo unas semanas. Durante unos años Leonard seguiría adelante enfrascado en el trabajo de la editorial que habían fundado juntos con aquella imprenta casi de juguete en su salón hogareño.

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A lo largo de este recorrido por amores vinculados al mundo literario hemos visto diferentes estratos sentimentales. Ahora le toca el turno a la relación entre Franz Kafka y Milena Jesenska. Ya sé que además de su correspondencia con Milena, también están las Cartas a Felice, sin embargo en mi opinión la de Milena Jesenska fue la relación más próxima a su forma de ver la literatura. Porque Kafka también estuvo enamorado, pero el amor por Milena -como no podía ser de otra forma- era kafkiano:

“Lejos de ti no puedo vivir sino entregado completamente a la angustia, más completamente que lo que ella quisiera, y lo hago sin que me obliguen, encantado.”

Milena, casada, tradujo al alemán varios cuentos de Kafka y fruto de esta relación profesional surge entre los dos una atracción que se materializa en la correspondencia, que también destila momentos de ternura:

“Hoy vi un plano de Viena, durante un instante me pareció incomprensible que hayan construido una ciudad tan grande cuando tú sólo necesitas una habitación. F.”

Las cartas del pobre Franz son una concentración de todos los rasgos  más significativos de su estilo: el tiempo parece detenerse en todas ellas con un ambiente opresivo en el que la debilidad mental del escritor checo se convierte también a veces en debilidad física. Cualquier pequeño detalle, cualquier pequeño elemento cotidiano -incluida su propia timidez y su retraimiento- es para Franz un obstáculo insalvable que lo aleja de Milena. Todo, para Kafka, se convierte en angustiosa espera:

“Desde hace dieciocho días no he hecho otra cosa que escribir cartas, leer cartas, sobre todo mirar por la ventana, tener una carta en la mano, dejarla, volverla a tomar, recibir algunas visitas y nada más.”

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“Ocurra lo que ocurra, ocurrirá cerca de ti”, le escribió Kafka. Pero se equivocó: esa relación epistolar dura apenas apenas dos años, en los que sólo tienen la oportunidad de mantener dos encuentros personales, en Viena y Gmund. Poco antes de la muerte de Kafka, acontecida en 1923, Milena le había escrito a Max Brod, amigo y editor del creador de La metamorfosis.

“Frank no tiene capacidad para vivir. Frank jamás podrá curarse. Es una persona obligada al ascetismo por su terrible lucidez, pureza e incapacidad de compromiso”.

Parece que con el final de su relación con Kafka acaba también su biografía, pero no. Milena Jesenska inicia una reconocida carrera periodística después de instalarse en Praga, donde se casa de nuevo tras separarse de su primer marido. Tampoco duraría mucho este segundo matrimonio, al tiempo que crecía su reputación como periodista. Tras la invasión de nazi del país checo, Milena se suma a la oposición clandestina. Fue detenida por la Gestapo en 1939 y la trasladaron al campo de concentración de Ravensbrück, donde murió, como millones de personas en aquel conflicto, en 1944.

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Y como esta enumeración de amores literarios es tan caprichosa como el que la escribe, y aprovechando hace unos días se cumplían treinta años de su fallecimiento y está previsto que 2014 se llene de acontecimientos conmemorativos del centenario de su nacimiento, cerraremos la serie con Julio Cortázar y Carol Dunlop, la fotógrafo estadounidense que sería su última mujer y su último amor. Coincidiendo con todo el material que se está publicando recientemente sobre el escritor argentino, Alfaguara se ha marcado un impresionante trabajo (muy de Cortázar, sin duda) para abordar su biografía en forma de dicicionario, Cortázar de la A a la Z. En él se da una panorámica de su vida, sus facetas y su creación en forma de diccionario. Por supuesto, Carol Dunlop merece un pasaje:

“Carol y yo nos casamos hace una semana. A lo mejor te parece extraño teniendo en cuenta que yo tengo el doble de la edad de Carol, pero después de casi cuatro años de vivir juntos y haber pasado por todas las pruebas que eso supone en muchos planos, estamos seguros de nuestro cariño y yo me siento muy feliz de normalizar una situación que algún día será útil para el destino de Carol.”

De aquella relación queda un juego convertido en libro, que así era como Cortázar entendía la literatura, Los autonautas de la cosmopista, en el que los dos, a bordo de su furgoneta Volkswagen, se embarcan en un viaje por carretera desde París hasta Marsella, con una serie de reglas y requisitos que deben cumplir en cada una de sus diferentes etapas. Una aventura, una expedición, un viaje de locos para dos enamorados que no sabían que aquella sería su última locura: los dos sufrían ya enfermedades terminales que habrían de poner fin a sus vidas, pero se lo ocultaban el uno al otro que lo sabían. El viaje duró del 23 de mayo al 26 de junio de 1982. Carol Dunlop moriría de leucemia ese mismo año. Cortázar acusó el golpe, tal y como refleja una carta de su traductora serbo-croata Silvia Monrós-Stojakovic:

“No tengo planes y sólo pienso en terminar el libro que hicimos juntos Carol y yo, y que tengo que completar yo solo ahora. Se lo debo, quiero que salga, en este momento es mi única manera de seguir junto a ella, hablándole y escuchándola (…) Silvia, no te escribiré más por hoy, me cuesta hacerlo, estoy tan solo y tan deshabitado.”

Julio Cortázar murió el 12 de febrero de 1984, a los 69 años de edad. Las últimas fuerzas de su vida las dedicó a Carol, las empleó en acabar un libro, en escribir, en terminar un juego… Algo que sólo estaba al alcance de Cortázar.

Y hasta aquí el repaso a algunos de los momentos románticos, pasionales, amorosos, eróticos, dramáticos o trágicos de la vida sentimental de algunas grandes figuras de la literatura universal. Como decía un poco más arriba, no ha sido esta una lista exhaustiva, ni lo pretendía. Ni tampoco ha habido un criterio ni rigor científico en la selección de los autores más allá del capricho (ay, tal vez sí sentmental) de quien lo ha escrito.

Pasiones literarias (el amor y las letras, I): Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán; Federico García Lorca y Salvador Dalí; Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí; y Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi.

Pasiones literarias (el amor y las letras, II): Francis Scott y Zelda Fitzgerald; Henry Miller y Anaïs Nin; Ted Hughes y Sylvia Plath; Arthur Miller y Marilyn Monroe; y Raymond Chandler y Cissy Pascal.

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