Pasiones literarias (el amor y las letras, II)

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Al otro lado del charco, en los Estados Unidos, entre sus figuras más representativas de la literatura, también hay algunas relaciones o romances dignos de mención.

Así es el caso de Francis Scott y Zelda Fitzgerald. Corrían los años 20, los Años del Jazz, los años de las fiestas locas en los que una generación de jóvenes estaban dispuestos a comerse el mundo. Los años, sí, de El gran Gatsby. Esta pareja lo tenía todo para ser feliz: eran jóvenes, eran apuestos, tenían talento y encanto. Hasta Hollywood puso sus ojos en ellos para que ambos interpretaran a Amory y Rosalind en la adaptación cinematográfica de A este lado del paraíso, la novela con la que Scott había regresado de la I Guerra Mundial bajo el brazo y vestido con aquel traje que conquistó a Zelda desde la primera vez que se vieron en Montgomery, Alabama. Ella, por su parte, se convierte pronto en la imagen más representativa de una chica flapper: pelo corto, vestidos por encima de la rodilla, cigarrillos, baile…

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Como gran parte de su generación -los que se lo podían permitir- cayeron rendidos al encanto del viejo mundo, pasando un largo período de tiempo entre París y la Riviera Francesa, una experiencia de la que también habría salir otra de las grandes obras de Fitgerald, Suave es la noche.  Nicole Diver, la protagonista femenina de esta novela, cuya “espalda bronceada parecía colgar del collar de perlas”, es un reflejo de Zelda.

Pero en 1929 llega el crack de Wall Street y apenas un año después Zelda sufre su primer ataque. Se acabó la fiesta para los Fitzgerald, llega la Gran Depresión: ella fue diagnosticada de esquizofrenia por el doctor Eugen Breuler en el sanatorio suizo al que se trasladó, mientras que Scott iniciaba un descenso hacia el alcoholismo y las deudas. Su relación va y viene, con una hija en común, a lo largo de las diferentes clínicas por las que pasa Zelda en Estados Unidos y por la agitada vida de Fitgerald en Hollywood como guionista a lo largo de los años 30.

En 1939 deciden darse una última oportunidad, una estancia en Cuba, que lejos de solucionar sus problemas se convertirá en último encuentro, marcado por el consumo excesivo de alcohol de Scott y una situación mental de Zelda que la llevan de nuevo a ser ingresada. Ése mismo año, Zelda se despediría de su amor con estas palabras:

“You are the finest, loveliest, tenderest, most beautiful person I have ever known, but even that is an understatement because the lengths that you went to there at the end would have tried anybody beyond endurance”.

En 1940, Francis Scott Fitzgerald falleció a los 44 años de edad de una ataque al corazón. Zelda sobreviría sólo seis años más.

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Otra relación que daría mucho que hablar en su época fue la de Henry Miller y Anïs Nin. Se habían conocido en 1931, según anotó Anïs Nin en sus célebres diarios, en mitad de la bohemia parisina de entreguerras: “Me resulta enigmático. Parece puro y fácilmente vulnerable. Pongo cuidado al hablar”, son algunas de sus primeras anotaciones. Él era un bruto, ella una delicada señorita de sensualidad deslumbrante. Él era un crápula, un escritor fracasado que trataba de abrirse camino en París y ella una mujer de buena posición casada con un banquero, amante de las artes y los creadores. Con ellos la palabra se hace carne porque en su relación hay tanto de una cosa como de la otra. Más anotaciones de Anaïs Nin:

“Henry tiene imaginación, una percepción animal de la vida, una capacidad extraordinaria de expresión, y el genio más auténtico que he conocido”.

A esto falta por añadir la presencia de June Mansfield, la esposa de Miller, una bailarina bisexual con la que se cierra este triángulo amoroso y pasional, puesto que en este viaje libertino tanto Henry como June se convertirán en rivales por el afecto de Anaïs. Lo suyo fue –utilizando una de esas expresiones tan novelesca­– un “torbellino de pasión”, así se desprende del famosísimo diario de ella y de algunas de las cartas que él le escribió:

“Soy insaciable. Te pediré que hagas lo imposible. No sé lo que es. Probablemente tú me lo dirás. Eres más rápida que yo. Me encanta tu coño, Anaïs, me vuelve loco. Y tu manera de pronunciar mi nombre. ¡Dios mío, parece irreal! Escucha, estoy muy ebrio. No soporto estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo pedírtelo? Puedo ¿Verdad?”

Pero, después de regresar a Estados Unidos y tras un tiempo de trabajo mano a mano, Henry Miller y Anïs Nin se separan cuando ella renuncia a abandonar a su marido, Hugo Guiler.

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Toca volver a las relaciones tormentosas, y en ahí están Ted Hughes y Sylvia Plath. Se conocieron un 26 de febrero de 1956. Una fiesta en Cambridge. Sonaba jazz. Y Sylvia Plath había tomado alguna copilla de más, lo que la hacía moverse por la sala como si flotara en el aire. Fue entonces cuando un chico en el que ya se había fijado antes se le acercó a ella y acabaron hablando de sus poemas. Era Ted Hughes, con quien se casaría cuatro meses más tarde.

Los dos poetas, los dos sofisticados, alternando en los ambientes intelectuales y literarios de prestigiosos colegios y universidades todo parecía encaminado hacia un matrimonio bien avenido y duradero. Nada más lejos de la realidad: en 1962 se separaron después de que Ted iniciara una relación con Assia Wewill. Sylvia se suicidaría introduciendo la cabeza en el horno de la casa a la que se había mudado con sus dos hijos en común con Hughes. “El no ser perfecta, me hiere” anotó en su diario de 1957.

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Y si ha habido un escritor norteamericano que deslumbró con su acompañante ése fue Arthur Miller con Marilyn Monroe. Ella era ya toda una estrella de Hollywood con dos matrimonios previos y él un autor teatral de éxito, intelectual y ganador de un Pulitzer con Muerte de un viajante. Su matrimonio duró apenas cinco años, de 1956 a 1961, y no estuvo exento de altibajos, con algún escarceo que otro por parte de la actriz con Yves Montand duran un rodaje.

Dicen que Joe DiMaggio fue el hombre que de verdad la quiso, pero que Arthur Miller era seguramente el que mejor pudo comprender la soledad y la angustia que se apoderaban de Marilyn y que acabarían llevándola a la muerte en 1962. Miller había escrito para su esposa el guión de Vidas rebeldes, dirigida por John Huston en 1961. “¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?”, dice Clark Gable en un momento de esa cinta.

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Una de las relaciones más entrañables, a mi entender, es la Raymond Chandler y Cissy Pascal. Pero como ya hablé de esta pareja en otro momento de este blog, sólo apunto el enlace a esa entrada: “Raymond Chandler, su mejor libro y el que nunca escribió”.

Hay otro genio de las letras estadounidenses que casi que merece un capítulo aparte. Me refiero a J. D. Salinger. En este caso, como ya se está hablando tanto últimamente después de la publicación de dos biografías sobre el autor de El guardián entre el centeno, creo que poco puedo añadir (además de la pereza que causa entrar en charcos donde ya se están metiendo otros). Así que sólo dejo un par de enlaces:

Eduardo Lago, en El País: “J. D. Salinger: todos los agujeros negros”.

Juan Bonilla, en El Mundo: “Retrato del cabrón”.

Entrada previa: “Pasiones literarias (amor y letras, I)

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1 comentario en “Pasiones literarias (el amor y las letras, II)”

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