Pasiones literarias (el amor y las letras, I)

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A lo largo de esta semana, como ya viene ocurriendo durante los últimos días, se acerca la conmemoración casi bochornosa y cursi de San Valentín. Nos rodean impactos mediáticos de corazones, mensajes de amor y consignas que nos encaminan al consumo de productos aptos para nuestra pareja o para los dos. Ante semejante avalancha, me he propuesto darle un giro literario al tema y recordar aventuras amorosas con escritores y escritoras como protagonistas. Algunas son tiernas, otras encendidas, también las hay dramáticas y, claro, también algunas trágicas.

No va a ser esto un tratado sobre genios de las letras enamorados, sino un breve repaso de algunas de las historias más conocidas, o curiosas, o apasionadas, o aquéllas que más trascendencia han tenido desde el punto de vista literario.  Ni siquiera es exhaustiva, porque esta serie se quedará en apenas una docena (o algo así) de ejemplos, cuando no me cabe duda que casi todos los escritores, como seres humanos, tienen tendencias afectivas y experiencias sentimentales que podrían ser contadas. Dicho esto, y sin más preámbulos (como dicen los maestros de ceremonias) hagamos ese repaso.

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Si ha habido un encuentro entre dos grandes figuras de las letras españolas -en este caso del siglo XIX- es el de Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán: vivieron una estrecha relación amorosa que se fraguó a través de las correspondencia. Él era un mujeriego de 46 años y ella una mujer recién separada de 38 que reconocía que “tus cartas me vuelven tarumba”. El libro Miquiño mío. Cartas a Galdós recuperaba recientemente buena parte de esa correspondencia en la que las cuestiones literarias, periodísticas y políticas de la época se alternaban con pasajes de una fogosidad tempestuosa:

“Ven a tomar posesión de estos aposentos escultóricos. Aquí está una buitra esperando por su bobo, por su mochuelo (…) Hay en mí una vida tal afectiva y física, que puedo sin mentir que soy tuya toda: toda, me has reconquistado de muchas maneras y más que nada porque nunca me habías perdido; porque te quise ayer y te querré mañana”.

Pasajes igual de tórridos salen ahora a la luz en esta investigación, a cuyos lamentos, ataques de celos o quejidos de insatisfacción sólo añade más dramatismo el que no conozcamos los escritos de la otra parte, de Benito Pérez Galdós, que paralelamente mantuvo relaciones con Lorenza Cobián y Concha Ruth Morell. De esta forma, la relación con Emilia Pardo Bazán se enfrió, languideció y se apagó hasta que vuelve a encenderse con la relectura de estas cartas.

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Otra pasión epistolar que no le iba a la zaga en lo que a carga erótica se refiere es la de Federico García Lorca y Salvador Dalí. La relación entre estas dos figuras claves de la cultura española del siglo XX ha estado ahí siempre, se ha comentado mucho, pero sólo recientemente se ha admitido que entre el poeta y el pintor había algo más que una simple amistad. Como ocurriera con el ejemplo anterior, también un libro ha rescatado hace poco la correspondencia entre Lorca y Dalí, Querido Salvador, querido Lorquito, que recoge las cartas que se intercambiaron entre 1925 y 1936, un período a lo largo del cual su relación atravesó por diversas etapas.

Sin embargo, esta relación estuvo marcada por la continua insatisfacción a la que Salvador Dalí sometía al poeta granadino: “un amor erótico y trágico, por el hecho de no poderlo compartir”, así lo definió el pintor en 1986, que rechazaba a Federico permanentemente y que al mismo tiempo lo mantenía cerca de él:

“Tú eres una borrasca cristiana y necesitas de mi paganismo (…) Yo iré a buscarte para hacerte una cara de mar. Será invierno y encenderemos lumbre. Las pobres bestias estarán ateridas. Tú te acordarás que eres inventor y viviremos juntos con una máquina de retratar”.

A lo largo de esta correspondencia la palabra de García Lorca busca acercarse al surrealismo de Dalí, y éste intenta que sus cartas tengan la altura poética del granadino. Como dice Víctor Fernández, autor de esta edición de la correspondencia entre ambos, “la relación homosexual no gusta a algunos expertos, que niegan esa etapa lorquiana e incluso llegan a negar que Lorca aparece en los cuadros de Dalí”.

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Una pareja mejor avenida fueron Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, cuya relación dio lugar a uno de los poemarios más importantes de Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta recién casado, de 1916. En esta búsqueda de la poesía desnuda y el simbolismo con la que se aparta del modernismo, el poeta andaluz retrata la experiencia de su viaje a Estados Unidos para casarse con Zenobia Camprubí y el choque y descubrimiento de la cultura y las letras americanas. Él era un intelectual introspectivo y ausente, de aspiraciones elevadas, y ella una española formada en el Nuevo Mundo, una mujer adelantada a su tiempo: culta, sofisticada, reivindicativa y luchadora, tradujo al español a Tagore, dio clases en diferentes universidades y hasta creó escuelas donde no las había.

Fue algo más que una gran mujer tras un gran hombre, fue la otra mitad de un escritor que, en el exilio de Puerto Rico, recibiría la noticia de la concesión del Premio Nobel sólo tres días antes de que ella muriera. Agotado y deprimido, Juan Ramón Jiménez no acudió a recibir el premio a Estocolmo. Pero en su discurso de agradecimiento, leído en su ausencia, reconocía que Zenobia “era la verdadera ganadora de este premio”:

“Su compañía, su ayuda, su inspiración hicieron, durante cuarenta años, mi trabajo posible. Hoy, sin ella, estoy desolado e indefenso”.

A día de hoy, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí están enterrados en el cementerio de Moguer, desde cuyo puerto emprendió en 1916 el poeta su viaje al encuentro de su futura esposa.

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Y para cerrar este primer capítulo, dedicado por entero a pasiones escritas en castellano, hacemos un hueco para Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi. Allá por el año 1955 el joven Mario apenas tenía 20 años y 32 su tía política, Julia, una mujer mayor que él, de la que cae enamorado a pesar de la distancia inicial, con la que se casará y se instalará en París, y a la que posteriormente abandona por su prima Patricia. Aquella primera experiencia en brazos de la mujer madura acabaría convirtiéndose en uno de los dos ejes de La tía Julia y el escribidor, una de las novelas más importantes del escritor peruano. El Premio Nobel reconoce que “en ese tiempo remoto, yo era muy joven” cuando empezó aquella relación furtiva con su tía política boliviana, que tenía “una risa ronca y fuerte, directa y alegre”:

“… que abría de par en par su boca grande, de labios gruesos, y que le arrugaba los ojos. Me miraba con ironía y malicia, todavía no como a un hombre hecho y derecho, pero ya no como un mocoso”.

Sin embargo, no contenta con lo que el escritor había contado de ella en 1983 se desquitó con el libro Lo que Varguitas no contó. Julia Urquidi falleció en 2010 en Cochabamba, a los 84 años de edad.

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