El canto de las sirenas (relato)

A Coral le ponía triste el sonido de las ambulancias cuando hacíamos el amor. Se revolvía debajo de mi cuerpo, molesta, y me pedía que lo dejara. La raíz de su inquietud estaba en las sirenas  que pasaban por la calle. Sus pensamientos, en un súbito ejercicio de escapismo, se trasladaban al misterio que encerraba para ella esa repetitiva cantinela que atronaba al otro lado de la persiana de nuestro dormitorio. Era así que cualquier deseo se le apagaba, se diluía, y se ponía mustia ante mi consternación. Llegábamos entonces a sus reproches. Porque ella me echaba en cara que no pensara en aquellas personas que sufrían tan cerca de casa mientras yo sólo pensaba en el placer. Y ella, todavía desnuda sobre la cama, me enumeraba un caso diferente en casa ocasión. En esa ambulancia va un niño, me decía, se ha caído en el patio del colegio, se ha abierto una brecha en el cogote y está perdiendo mucha sangre. Sus padres están en el trabajo y no saben nada mientras que tú, me señalaba, estás obsesionado con follar. Otra sirena: un anciano, se imaginaba, tropezó en su casa, vive solo y lleva dos días tirado en el suelo al borde de la muerte. Lo encontró así la muchacha colombiana que contrataron sus hijos. Antes iba todas los días pero, con la crisis, sólo pueden permitirse dos días a la semana. El pobre, fabula Coral, lo ha pasado fatal todo este tiempo dando voces por si alguien le oía. Imagínate que fueras tú y te vieras en esa situación. A veces, cuando piensa en esas cosas se tapa con la sábana, con el mismo pudor ridículo con el que algunas mujeres se tapan hasta el pecho en el cine. Había un doble castigo: el de privarme de sexo y el de asaltar a cuchillo mi conciencia. Podría ser un señor de la edad de tu padre y el mío, insiste, fue a la consulta por un dolor de cabeza y en la sala de espera se desvaneció. Ahora lo trasladan con un accidente isquémico, a toda prisa, al hospital. ¿Sabes cuántas personas puedan andar debatiéndose entre la vida y la muerte en esas ambulancias?, me pregunta guiñando sus ojitos pequeños. Acto seguido me enumera supuestos como quemaduras, explosiones de gas, electrocuciones, sobredosis y, también, anginas de pecho, lipotimias, ictus, trombosis, ataques de ansiedad, traumatismos, hemorragias internas o casos extremos de hipertensión. Incrédulo, asisto a estas explicaciones, a las historias que se inventa, desde la más trágica (la vecina de tu madre, a la que su marido arrojó por las escaleras) hasta la más rocambolesca y surrealista (la picadura de una víbora que huyó del circo, se refugió en busca de calor en el motor de un turismo y acabó mordiendo al mecánico que lo revisaba). Desnudo también frente a Coral, la erección queda reducida a un guiñapo, un colgajo ridículo, aplastado por el peso de las historias que a ella le pasan por la cabeza. El sonido de las ambulancias acabó instalado entre nosotros dos con el doble filo pernicioso de sus remordimientos y mi frustración alejándonos cada vez más. No tardamos en separarnos. Ahora, visto con la distancia del tiempo, pienso que nunca debimos mudarnos a aquel piso tan cercano a la puerta de urgencias del hospital.

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