Albert Camus. En el principio, era el hombre

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Me siento, por fin, al cabo del día, a teclear unas apresuradas palabras sobre el centenario de Albert Camus, un escritor que admiro por hacer como eje central de su trabajo intelectual y artístico la lucha por la libertad del hombre y la búsqueda de la justicia (si es que acaso una cosa no lleva a lo otro) frente a los totalitarismos y las imposiciones ideológicas. Premio Nobel, Periodista, novelista, dramaturgo, ensayista… Un autor total que me atrapó con la lectura de libros como La peste, El extranjero o La caída. Aunque sus dos libros de cabecera para mí son Crónicas (1944-1953) y El primer hombre.

En el primero de ellos, está el intelectual comprometido, el periodista de la resistencia cuyos artículos nos remontan a las calurosas noches del verano del 44 en las que “París hace fuego con todas sus balas en las noches de agosto”. Se apuran los combates de la II Guerra Mundial pero el joven Camus sabe que en esa lucha se juega algo más que el resultado de una batalla:

“Conocemos muy bien este combate, estamos demasiado metidos en él con la carne y el corazón para no aceptar, sin amargura, esa terrible condición. Mas asimismo conocemos muy bien su envite, y su verdad, para rechazar el destino con el que debemos cargar nosotros solos”.

En sus crónicas y artículos traza un retrato del mundo que se abre para la sociedad francesa y europea al acabar esa sangría, y que contrasta con El primer hombre, el manuscrito rescatado tras su prematura muerte y en el que ficciona sus orígenes y los de sus padres, tratando de abrirse camino siempre fieles a sus pautas de dignidad en la Argelia francesa:

“Oh, sí, era así, la vida de aquel niño había sido así, la vida había sido así en la isla pobre del barrio, unida por la pura necesidad, en medio de una familia inválida e ignorante, con su sangre joven y fragorosa, un apetito de vida devorador, una inteligencia arisca y ávida, y siempre un delirio jubiloso cortado por las bruscas frenadas que le inflingía un mundo desconocido, dejándolo desconcerado pero rápidamente repuesto, tratando de comprender, de saber, de asimilar ese mundo que no conocía, y asimilándolo, sí, porque lo abordaba ávidamente, sint ratar de escurrirse en él, con buena voluntad pero sin bajeza y sin perder jamás una certeza tranquila, una seguridad, sí, puesto que era la seguridad de que conseguiría todo lo que quería y que nada, jamás, de este mundo y sólo de este mundo, le sería imposible, preparándose (y preparado también por la desnudez de su infancia) a encontrar su lugar en todas partes, orque no deseaba ningún lugar, sino sólo la alegría, los seres libres, la fuerza y todo lo que de bueno, de misterioso tiene la vida, y que no se compra ni se comprará jamás”.

Antes del intelectual, el novelista, el ensayista, ése era el primer hombre: el hombre libre, el hombre bueno, el niño que recordó a su madre y su maestro el día en el que le dieron el Premio Nobel… Antes de nada, antes de todo, era la humildad y sencillez de su origen la que pudo hacer posible su forma de entender la libertad, la justicia y la dignidad.

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