“Todo lo que una tarde murió con las bicicletas”, Llucia Ramis (Libros del Asteroide)

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“Esto no es una biografía”. Ése es el primer aviso antes de entrar en la lectura de Todo lo que una tarde murió con las bicicletas. No está mal saberlo porque, como escribe José Carlos Llop en el prólogo al libro de Llucia Ramis, se sumerge en su pasado “con un arpón entre los dientes, arranca cabelleras, reabre heridas, destripa muñecas, descubre tesoros (y restos de naufragio) y hace esgrima con las sombras”.

Pero, sobre todo, el libro es un ejercicio de nostalgia casi machadiana. Empecemos por Machado.

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“Este cielo azul y este sol de la infancia”: siempre me parecieron unos versos tristes y conmovedores. Los encontraron en los bolsillos de Antonio Machado después de morir, en Colliure. En sus últimos momentos de vida, el poeta sevillano recordó su infancia, esa etapa que siempre tiene un color y una luz especial. No es gratuito que esos versos se cuelen en la novela. “La nostalgia es ese mal extraño que nos hace dolorosamente felices”, escribe Llucia Ramis. “Una especie de alegría triste por las cosas que ya no podrán arrebatarnos”. Todo su libro es un ejercicio de nostalgia, de dolorosa y alegremente triste nostalgia. Como los versos de Machado.

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“¡Dime para qué cojones sirve todo lo que he hecho!”: la nostalgia nos atrapa -casi siempre- en momentos de debilidad o crisis, no cuando somos felices. La protagonista se enfrenta a una de esas etapas: sin trabajo, sin pareja, sin recursos para vivir por su cuenta, se ve obliga a volver a casa de sus padres. Es una treinteañera que se pregunta de qué le ha valido hacerlo todo bien, forma parte de esa generación que dicen que es la más prepara de nuestro país y la que menos oportunidades tiene. De repente se ve como “una parodia provinciana de Brigitte Jones” en Mallorca, en la casa familiar. Una vuelta al pasado, a los momentos vividos y desordenados. La nostalgia nos hace suyos.

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“Yo quería ser arqueóloga, como Indiana Jones, o restauradora”: ése es el oficio que quería ser la narradora de niña. La explicación es sencilla: es “la persona que intenta recuperar lo que el tiempo intentó destruir”. Intenta entonces restaurar el orden de las piezas en las que parece haberse descompuesto la narración en un principio: cambios de escenario, de ciudad, de país, personajes que no se terminan de ubicar hasta que se entra en esa tarea de recomposición a la que la ha empujado la nostalgia. Aunque admite también que en su labor no hay nada de “autoengaño poético”, que descubrir la historia de sus antepasados no tiene más razón de ser que la de buscar un punto de partida sobre el que recomponer su vida.

Así va tomando forma el desordenado álbum de fotos familiar, de una familia con sus manías y sus momentos tiernos, pero también sus rencores cotidianos y sus historias aparentemente intrascendentes que acaban por dar forma al caracter de un adulto como es la protagonista.

Ahí está el cielo azul y el sol de la infancia.

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De la misma editorial, Libros del Asteroide, me he hecho con Coral Glynn, de Peter Cameron, de quien estoy leyendo unas críticas excelentes. Ya contaré.

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