Proust y los cupcakes

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Podemos coincidir en que Proust, en su día, era un snob. Hoy, seguramente, lo llamaríamos hipster. Su magdalena mojada en el té sería un cupcake acompañando un café en un Starbucks. Sin embargo, reconozco que hubo un tiempo en el que sufrí una fiebre por Proust y En busca del tiempo perdido. Para mí, no había más. Toda la literatura estaba allí, toda la literatura era un ejercicio continuo de inmersión en los caprichos de la memoria y el tiempo pasado. Por eso tengo un párrafo de Patrick Modiano subrayado en su Trilogía de la ocupación:

“¿Se toma por Marcel Proust, Schlemilovitch? ¡Eso es algo grave! ¿No pensará malgastar su juventud copiando En busca del tiempo perdido?”.

La fiebre, claro, pasó. Descubrí que había otra literatura que tenía nuevas voces, que exploraba nuevos mundos, que abría nuevos universos. Sin embargo, de vez en cuando se sigue agradeciendo ese tipo de libros capaces de estremecerte como la magdalena que un día Proust mojó en una taza de té.

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