“Así es como la pierdes”, Junot Díaz (Mondadori)

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Como lectura para este verano uno de los libros escogidos ha sido Así es como la pierdes, del dominicano afincado en Estados Unidos Junot Díaz. Escuchar este nombre me traía a la memoria la refrescante y positiva impresión que aún guardaba de La maravillosa vida breve de Óscar Wao, con la que en 2008 ganó el premio Pulitzer. La combinación friki y nerd con la narración caribeña llevada hasta los Estados Unidos era en ese libro un cóctel explosivo.

Con este precedente, uno se aventura en este volumen de relatos por los caminos que abrió en la novela precedene Junot Díaz: personajes desubicados, aprisionados entre dos mundos y dos culturas, que cargan sobre ellos el peso de la historia de un país mientras tratan de sobrevivir en otro, pero cuya descripción no está exenta de humor y ternura.

Fusiona la narración desbocada que llega desde el calor y la pasión caribeña con el castellano y el inglés, en algo que es más elaborado que reducir ese recurso al uso del “spanglish“: el dominicano ha creado un estilo, una voz propia sólida, segura de los pasos que da, reconocible y muy sugerente. Así es como la pierdes se lee rápido y fácil porque no se lee: se escucha. El lector le pone voz -y sobre todo acento- al narrador de cada historia.

El libro está compuesto por nueve relatos, aunque bien podríamos creer que estamos ante la lectura de una novela fraccionado: son narraciones casi episódicas que forman parte de un relato más grande que los integra a todos. Ese relato habla de hombres, de mujeres y de sus tormentosas relaciones muchas veces frustradas por ellos mismos o por sus infidelidades.

Sin embargo, no se queda ahí. No es una única idea la que sobrevuela el libro. Los relatos de Junot Díaz hablan del peso del recuerdo, y no desde el punto de vista del desengaño amoroso y cómo nos puede condicionar para siempre o por un tiempo. No es el peso de la mujer perdida lo único que extrañan sus personajes -sobre todo el casi omnipresente Yunior-, sino también el recuerdo de los padres, de las madres, de los hermanos e incluso de los hijos. No en vano, también en La maravillosa vida breve de Óscar Wao aparece esa idea de lo que en esa novela llama “fukú”: una enfermedad o maldición heredada, que se pasa generación tras generación.

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