Joyce vs. Joyce

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A propósito de Joyce, he llegado a la conclusión de que el final de Ulises y “Los muertos” es prácticamente un espejo el uno del otro. Es algo tan evidente que seguro que alguien (algún especialista en Joyce, alguno de esos investigadores literarios que tanta envidia me dan) ya habrá caído en la cuenta y habrá hablado de esto, desarrollando extensos artículos, ponencias o, incluso, tesis doctorales. Pero como a esta conclusión he llegado yo sólo con mis lecturas, me apetece hablar del tema.

“Los muertos” fue publicado como uno de los relatos que componen Dublineses en 1914. Ulises vería la luz en 1922, aunque su escritura se extendió a lo largo de varios años, de 1914 a 1921. Ese es el tiempo que separa la habitación de los Conroy de la de los Bloom. Las dos mujeres, Gretta y Molly, durmiendo plácidamente en la calidez de la habitación matrimonial. Los dos hombres observándolas en silencio mientras, de repente, asumen los triviales que son para sus esposas. “Qué pobre papel he jugado en tu vida”, se queja amargamente Gabriel al inicio de su soliloquio.

Lo que en la habitación de los Conroy es una calidez acomodada y burguesa, delicada, en la de los Bloom es vulgar y hasta chabacano. Pero en la habitación de los Conroy asistimos al fatalista monólogo de Gabriel, tras oir la historia de Michael Furey contada por Greta, en el que por la ventana ve la nieve caer “tenuemente por todo el universo, y tenuemente caer, como el descenso de un último ocaso, sobre todos los vivos y los muertos”.

Mientras tanto, el monólogo de Molly Bloom pasa de lo más mundano a la de pasión desbocada, la nostalgia y añoranza de los años luminosos de Gibraltar en los que se dejaba arrebatar por los primeros amores a los que en todo momento decía “sí mi flor de la montaña”. Porque “me pidió si quería decir sí mi flor de la montaña y primero le rodeé con mis brazos sí y le atraje encima de mí para que él pudiera sentir los pechos todos perfume sí  y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí”.

Entre ambos, ocho años.  Y ahí sigue Leopold Bloom, en el mismo punto en el que lo dejó Gabriel Conroy, comprendiendo que “cada cual que entra se imagina ser el primero en entrar siendo así que siempre es el último término de una serie precedente aunque el primer término de otra sucesiva, siendo así que no es el primero ni el último ni solo ni único en una serie que se origina en y se repite hasta el infinito”.

Son las cosas que se le vienen a uno a la cabeza en el Bloom’s Day. Algún 16 de junio me gustaría estar en Dublín.

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1 comentario en “Joyce vs. Joyce”

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