De pequeño quería ser Jim Hawkins

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Descubro que hoy 2 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro Infantil. Tiro de memoria y me vienen a la mente títulos como Fray Perico y su Borrico, El Pirata Garrapata, Aniceto Vencecanguelos, Sopaboba o las aventuras de un tal  Borja que leí en EGB. Son de esas lecturas que por primera vez me acercaban al placer de pasar las páginas, de fijarme en las ilustraciones, sumergirme en unos personajes imaginados… Pero reconozco que si hubo un primer viaje literario fue el de La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson en una edición bastante especial. Hace unos años, de hecho, escribí algo sobre aquella primera lectura.

“Cuando el abuelo todavía conducía camiones, de vez en cuando traía cosas al niño. Una vez le trajo el primer libro que tuvo de La isla del tesoro. Se trataba de una edición enorme, de letra enorme, dibujos vistosos y papel de mala calidad. Era una de esas ediciones para jóvenes, que habría comprado en la tienda de alguna gasolinera, en la que sin duda paró a repostar durante su último viaje.

El libro en sí no era diferente del resto de ediciones juveniles, pero incluía una última parte que fascinó al niño y que lo fascinaría para el resto de su imaginación. Al final de todo, después de dejar al loro cantando la de los quince de hombres sobre la caja del muerto, al volver la página, el niño se encontró con un color diferente, con un marrón ajado, envejecido. Se abría ante él un espacio considerable repleto de ilustraciones de barcos, monedas, estandartes, mapas ya no sólo de la isla que daba nombre al título, sino también de la Isla de la Tortuga, célebre refugio de piratas. Además de la Hispaniola, había dibujos de otros barcos, majestuosos y bellos, sobre los que se aportaban diferentes precisiones: el número de cañones, el calibre de estos, la tripulación, la velocidad a la que sus velas le permitían navegar.

El simple hecho de pronunciar los nombres escritos con la misma tipografía que las anotaciones manuales de los mapas de la época, el paladear las letras de alguno de estos barcos en sus labios era una sensación idéntica la de paladear el salitre del mar, que salpica en la cara cuando el barco corta las olas con el viento a favor. Allá a lo lejos, el niño ya divisaba la isla a la que se dirigía, en la que encontrarías cofres repletos de monedas como las dibujadas en las páginas marrones, pesos, doblones, con las mismas enseñas y la misma fecha y lugar de acuñación. Imaginaba también su bandera, tan parecida a las que veía, entre asustado y fascinado, huesos sobre calaveras, esqueletos completos, más y más huesos en diferentes posiciones, que advertían desde muy lejos de las intenciones de la tripulación, caimanes, espadas cruzadas, cofres con doblones de oro, cuernos de la abundancia… Era infinita la combinación que se podía realizar con los mismos y diferentes elementos.

Además, todo se completaba con pequeñas ilustraciones de nudos marineros, de elementos náuticos, de tipos de velas, explicadas con un vocabulario desconocido que le maravillaba y contenía cierta dosis de exotismo, característico de la profesión marina. Todos estos nombres los olvidaría y nunca más lo iba a recordar, como si aquella parte de su infancia hubiera desaparecido. De aquellas páginas marrones que le fascinaron no recuerda ni nombres, ni representaciones más o menos exactas. Tan sólo el regusto del salitre que sentía y esa sensación de que por unos momentos, mientras pasaba aquellas hojas entre sus dedos, su barco zarpaba.”

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