La noche frente al día, y al revés

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Escribir de noche o escribir de día. Una dura elección.

Dejar que llegue la hora intempestiva, una vez que acabe el día, y encender la luz sobre el escritorio cuando la oscuridad afina las sensaciones y los sentidos. Poner algo de música (elegir entre Miles Davis o Chet Baker, recuperar a Art Blakey y sus mensajeros del jazz, o cualquiera de los discos de cabecera) y perder la noción del tiempo, despreciar la esterilidad creativa del sueño, en ese tramo de la noche en el que unos duermen y otros golfean, sintiéndose que el simple hecho de estar ahí ya forma parte de ser escritor. Aunque sea uno de los malos.

O esperar a que llegue el día y salir de la cama rumiando las frases que nos han hecho madrugar. Subir la persiana, que la luz se derrame sobre el escritorio, sobre los folios garabateados, los cuadernos, los libros… Que haya junto a todo eso una taza de café y que sea la música la sinfonía doméstica del patio de luces, con las vecinas tendiendo la ropa y ventilando las habitaciones, las radios encendidas desde el primer piso hasta el ático, la calma de esas horas que van desde que los niños salen al colegio hasta que vuelven.

Difícil elección, sí.

Y todo esto para decir que el otro día terminé de escribir un relato. Hacía casi siete años que no lo conseguía y espero que haya merecido la pena.

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