“Democracia”, de Pablo Gutiérrez. Ed. Seix Barral.

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Democracia, de Pablo Gutiérrez (Seix Barral) se publicó en 2012, pero va a ser uno de los libros de 2013 y, con toda seguridad, de 2014 (ya veremos en 2015). De igual forma, podría haber sido el libro del año en 2011, en 2010, 2009 o 2008, momento en el que revienta la burbuja económico-financiera de la que parte su narración. Porque Democracia será el manual perfecto para entender dentro de unos años las otras consecuencias de la crisis y que no son ni económicas sociales: la repercusión humana, la individual, la íntima, la doméstica, la crisis poética y la creativa.

“El mundo de Marco revienta como en una novela de ciencia ficción”. Eso es lo que le ocurre al protagonista, pero no es una novela de ciencia ficción, sino la historia real de miles de personas que se quedan en la calle sin trabajo un buen día. “Lehman Brothers se desplomó delante de las narices del mundo atónito el mismo día que Marco fue despedido”.

Esos van a ser los dos hilos y niveles que vertebren la historia: el desplome económico global y el desplome íntimo de Marco. Un juego de dominó en el que por fichas tenemos personajes tan caricaturescos como reales, a los que se quiere y se odia, entrañables en sus virtudes y defectos. Del simple Marco al multimillonario George Soros, personaje esperpéntico en la explicación de la crisis, asistimos al colapso de una simple marioneta de la irrealidad a la que contribuyó frente a la presencia de Soros, reconvertido en un Confucio economicista.

El relato de Pablo Gutiérrez, con una prosa de estilo apabullante, avanza con un pulso narrativo constante y ágil, sin tregua para el lector. Resulta ameno sin caer en la ligereza y de lenguaje fácil pero traicionero porque no renuncia a encerrar trampas que enganchan al lector con su verbalidad retorcida y llena de referencias a la cultura popular, en la que asume riesgos que le llevan a entrelazar frases de Rubén Darío y Pedro Salinas con El Señor de los Anillos, Perdidos o Apocalypse Now.

Detrás de todo ello hay amargura, mucha amargura, con la que vamos saltando del ensayo económico con aire de cómic de superhéroes al relato sentimental y con guiños nostálgicos de una generación que creyó vivir la mejor de las vidas posibles, sin darse cuenta de que asistían a un ensayo, una prueba, sólo una “demo” de la versión completa.

Ficha sobre ficha, caen un personaje sobre otro, con sus frustraciones, sueños y miserias. En Democracia no hay concesiones, y eso se agradece. Porque cualquier otro autor hubiera resuelto esta historia con una visión, tal vez, ¿utópica? ¿soñadora? ¿idealista? y no estamos ante un caso así. Ni siquiera ésa es la respuesta para Marco. Por el contrario, alejado de aspiraciones comunitarias, el lector se topa con un muro cargado de poesía, hermoso y sucio al mismo tiempo, como la propia vida.

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